domingo, 28 de diciembre de 2014

Crónica de primera página

Las tres de la mañana y el único rincón donde siento tranquilidad es el pequeño baño del periódico. Nada lujoso a pesar de su nueva construcción, pero muy acogedor gracias a la puerta hermética que me aleja completamente del murmullo enloquecedor de la sala de prensa. 

A esta hora, la gente que se encuentra en el periódico, ofuscada por la edición que saldrá en un par de horas, se olvida completamente de este lugar. Aquí no defiendo mi mediocridad, ni justifico mi falsedad. Aquí, en soledad, no sé que espero. Talvez que mi reflejo me indique el camino a seguir en este sinsentido. Estoy a unos pasos de ser nuevamente galardonado como mejor periodista, pero ¿a costa de qué? Quisiera llorar, gritar con fuerza, cambiar el hecho de haber vivido esta experiencia.

Un día del año pasado, me levanté con pereza de llegar al trabajo, pues consideraba una tarea degradante para mí, un periodista de mi talla, tener que organizar los anuncios clasificados. Sin embargo, no había otra alternativa y el sueldo..., bueno, el sueldo por lo menos me permitía vivir sin tensiones.
 
Cuando llegué a mi despacho, me encontré con la noticia de que sería reemplazado por un nuevo software que no requería intervención humana y que, solamente con la llamada de los usuarios, el anuncio aparecía sin necesidad de un operario. 

El jefe decidió dejarme encargado del archivo, sin embargo, yo quería ejercer como periodista que soy. Le exigí al jefe ponerme al frente de una noticia importante, pero me pidió mi carta de renuncia y me sacó de patitas a la calle riéndose con ironía de si sería capaz de publicar una noticia decente. 

Recogí mi cheque y salí furioso del edificio. Cuando me dirigía al parqueo, vi que en la acera de enfrente estaban colocando un anuncio bastante elegante que invitaba a descansar en la nueva sucursal del "Gran Casino", famoso hotel donde asisten grandes personalidades políticas y de farándula.
 
Lo que me llamó la atención del anuncio fue el lugar, pues las otras sucursales estaban en lugares cálidos, cerca de la playa, pero esta sucursal estaba situada en el páramo Azul, que distaba de la ciudad unas tres horas, a unos tres mil metros de altura, y cuya temperatura promedio es de cinco grados. Bueno, a pesar del clima, el Gran Casino tuvo buena acogida por su excentricidad, por su expectacular fauna y flora y por un lago que le daba un aspecto místico.

Dada su relativa cercanía, decidí ir para disfrutar a mis anchas de mis forzadas vacaciones. Me habían contado que el Gran Casino daba la impresión de ser un silencioso monasterio, pero por dentro se jactaba de lujosas salas de juego, discotecas, piscina, saunas y demás comodidades. 
 
La noche caía lentamente y me dirigí al lugar. Unos diez o doce kilómetros antes de llegar, el auto se descompuso. La luz de la luna atravesaba la densa niebla invitándome a caminar y acepté, pues no quería pasar la noche dentro del carro. Salí de éste un tanto mareado, pues por el camino había estado bebiendo un whisky que por años había guardado para una ocasión especial.
 
Caminé no sé por cuánto tiempo y tomando un supuesto atajo me perdí. El frío me obligaba a caminar, hasta que resbalé por una pendiente. Cuando desperté, me enteré por unos campesinos de que me encontraba en La Olla.
 
La Olla era un pequeño pueblo situado en una depresión similar a una olla de barro. Era honda y rodeada de montañas, y daba la sensación de que después de ellas no existiera nada más. Sus habitantes eran hoscos e introvertidos, quizás por el helado viento que jugaba con sus cuerpos cansados de cultivar la poca papa que se desprendía de aquella tierra y que apenas los alimentaba.
 
Pude escuchar que la pobreza de los ollunos se había incrementado a partir de la construcción del hotel,  pues el famoso lago no era natural, sino producto de un dique que había retenido el agua del río, que antes daba de comer y beber a los habitantes de La Olla.

Además, las aguas servidas del hotel eran enviadas hacia el poblado. Los ollunos se quejaron con el alcalde, quien a su vez envió la queja al gobernador. Sin embargo, por compromisos con los dueños del Gran Casino, no se podía devolver el riachuelo a su cauce inicial. La petición pasó a ser un papel deslucido y olvidado junto con otros procesos similares. 
 
Al saber todo esto, decidí escribir una buena historia para solidarizarme con los ollunos. Pero más que solidaridad, fue mi afán por demostrarle al jefe mi potencial como periodista y hacerle tragar sus palabras. Los ollunos, por su parte, insistieron en que con la construcción del dique, su única solicitud al gobierno era que los trasladaran a otro lugar.

La noticia se logró difundir por todo el país y al poco tiempo La Olla estaba atiborrada de periodistas, cada quien haciendo énfasis en la crisis que vivían los habitantes del pueblo a partir de la construcción del Gran Casino. Todo el revuelo de los medios doblegó al hotel, que se comprometió en liberar parte del lago para dar agua al poblado y mejorar sus condiciones de vida.

La primicia no sólo me abrió la puerta de nuevo en el periódico, sino que también obtuve un premio al mejor reportaje del año. Recuerdo las caras de sorpresa de los ollunos cuando se redirigió parte del flujo del agua y recibieron toda aquella ayuda. Parecía un sueño, pero era verdad.

Cuando se dio por terminada la labor, los ollunos quedaron al frente de su pequeña población, aunque en sus corazones albergaban un temor casi intuitivo que ni las comodidades lograban disipar. Tenían miedo de que la rapidez con la que habían hecho el trabajo sin retomar el cauce normal del río,  el dique había dejado filtraciones y eso les producía un miedo a una muerte segura.

El temor se hizo palpable cuando en la tranquilidad de una noche comprendieron que el peligro seguía reinando. Cada día cínicamente se acumulaba la fuerza para que el río regresara a su cauce original. El agua del lago artificial del Gran Casino logró tirar abajo el dique y los cadáveres de los habitantes quedaron expuestos para explicar el hecho. 

Y yo, de nuevo en aquel lugar, tomaba descaradamente los datos y fotos para publicar otra grandiosa noticia, la misma que saldría en un par de horas… 



domingo, 21 de diciembre de 2014

Hormigas

Como parte de un test, se le preguntó al misionero con cuál animal se identificaba. Inmediatamente vino a su cabeza la hormiga, por su perseverancia, trabajo constante y organización social. Sin embargo, el misionero no lograba escribir la respuesta, pues en tan sólo una semana había vivido ciertas experiencias que lo hacían dudar. 

Había salido a pasear por el campo y contemplando un grupo de hormigas, al mejor estilo de San Francisco de Asís, se agachó a observar una fila de hormigas que llevaban en la espalda hojas que habían recolectado. En un acto de plena identificación, tomó una hormiga entre sus manos y la admiró. Sintió la suavidad de sus patas jugueteando por sus dedos, se acercó para contemplar su cabeza y vio cómo, en un abrir y cerrar de ojos, la mandíbula de la hormiga se clavaba en su palma y se cerraba a una velocidad que no le permitió reaccionar. Cuando volteó su mano para obligar a que la hormiga se bajara de ella, ya le había dejado una herida que lo hizo gritar.

Luego, visitando a una comunidad, se quedó a dormir donde una familia campesina, quien le brindó un tablado y una manta para pasar la noche. Cansado por el viaje, había caído como piedra, pero hacía esfuerzos por despertarse, pues sentía que algo caminaba por su cabeza. Se despertó y constató que había un ejército de hormigas atravesando el tablado y justo pasaban por encima de él marchando sin descansar.

Una noche lo despertó el calor y decidió ir a la cocina a tomar un vaso de agua, en donde encontró en pleno trabajo a sus hermanas hormigas que cargaban en su espaldas granos de arroz, de lentejas y de frijol y saqueaban de forma organizada su despensa.
  
Por eso no lograba responder a la sencilla pregunta del animal con que se identificaba. Su admiración se convirtió en desprecio y empezó a verlas como plaga. Comenzó a usar pesticidas para combatirlas, pues descubrió que por cada siete personas hay mil hormigas adaptándose a nuevos entornos, aprovechando sus recursos y capacidad de defensa. 

Su lápiz tocaba la hoja y en un arrebato de rabia escribió con fuerza: hormiga. Cuando expuso la razón al grupo de trabajo, habló de su organización, trabajo incansable, servicio. Incluso mencionó que por eso cuando trabajaba con los niños utilizaba fábulas o cuentos en los que se exaltaba sus características e invitaba a ser como ellas.

Pero nunca mencionó que con sus malas experiencias también reconocía que se identificaba con ellas, porque desconfiaba de los demás, porque hacía respetar su espacio a como diera lugar y saqueaba a otros para mantener su estilo de vida. Las hormigas y los seres humanos nos parecemos en la adversidad y en la fortuna. 

 


domingo, 14 de diciembre de 2014

Interludio

Su rostro empezó a dibujar una sonrisa, que se fue ampliando hasta convertirse en una carcajada, una de aquellas que te llevan hasta las lágrimas y que produce paz interior, porque esa carcajada revela uprofundo entendimiento.

 

Como ráfaga, le venían a la mente sus angustias y preocupaciones, sus búsquedas y miedos, sus inquietudes y desvelos. Todo contribuía a que su risa se propagara. Tambiérecordaba rostros apiñados de personas con las que compartió intereses y a los que amaba profundamente, así como otras,que tan solo le habían generado rabia rencor. De todas se reíahora con nostalgia por sus encuentros y desencuentros.

 

Se reía, además, de las banderas que había enarbolado, de la pasión por pequeñas y grandes ideas que había defendido, desu interés a veces genuino y otras espurio por contribuir a un mundo mejor, de su necesidad de protagonismo o de las veces que se habícallado

 

Se reía de su idea de justicia y libertad, de haber seguido modelos económicos, políticos o sociales, como si fueran la forma correcta de vivir en armonía. Le producía gracia las veces que quiso hacer primar su razópor sobre la de los demás, cuando quiso demostrarle al mundo su originalidad, su diferencia. Incluso se reía de su idea de paz y amor.

 

Ya nada de eso importaba, sintió que todos esos años habían sido un simple sueño. Ahora caminaba por un túnel de luz pensando en que la vida toda era tan solo un paso, un momento en el que se distrajo de lo verdaderamente importante. Podía ver la angustia de los médicos por salvar su vida y el dolor de sus seres queridos, pero solo sonreía al comprender que toda la vida era solo un pequeñinterludio.


domingo, 7 de diciembre de 2014

Con dignidad

Albeiro, un niño de ocho años, le pide a su maestra que le ayude a ahorrar. Él recauda algunas monedas ayudando a sus vecinos a sacar las bolsas de basura o haciendo favores ocasionales, como si fuera un encargado de entrega a domicilio. También puede simplemente conseguirlas jugando canicas con sus amigos.
 
Tomó la decisión de pedirle apoyo a su maestra para evitar la tentación de tener dinero en su bolsillo y luego gastárselo en helados o dulces, que son su mayor fascinación.
 
Cuando llega el fin de mes, Albeiro se acerca a su profesora, quien le ha guardado en el cajón del escritorio, en un tarro de lata, las monedas y billetes que el chico le ha entregado durante el transcurso de las semanas. Luego cuenta el dinero ahorrado y se va a su casa con el dinero en un sobre y una gran sonrisa.
 
El año escolar está llegando a su fin y la maestra, aplaudiendo el esfuerzo del chico por el ahorro, tiene inquietud de saber cuál es el fin del mismo. Le pregunta y el chico responde que se lo entrega a la sociedad mutual.
 
La maestra no está familiarizada con el término, así que le pregunta a un colega, quien le explica que muchos grupos sociales utilizan el sistema de auxilio mutuo, en especial en la iglesia católica, para la creación de un fondo común que permita ayudar a los más pobres con los gastos funerarios. Y que, desde hace un par de años, en el barrio existe una sociedad mutual que ayuda con los entierros de las familias que allí viven.
 
La maestra perpleja decide visitar el lugar para entender qué le puede ofrecer la sociedad mutual a un chico de ocho años como Albeiro. La encargada de la sociedad mutual le explica que ellos a cambio de un pago mensual, garantizan que la persona, al momento de morir, pueda tener un entierro de alta calidad con honras fúnebres acorde al plan que elijan.
 
Impaciente por su descubrimiento, siente urgencia de hablar con Albeiro. El chico sonriendo le explica que, como ella ya sabe, sus padres y hermanos fueron víctimas de la violencia barrial y tuvieron que meterlos en una fosa común, donde él no puede ir a llorarlos. Él no quiere correr con la misma suerte, sabe que no es dueño de su vida, porque el lugar en donde vive está contaminado por las drogas, por el dinero fácil y la pobreza extrema. Sin embargo, a pesar de su corta edad, está convencido de que en cualquier momento la muerte lo puede alcanzar y por eso decidió acudir a la sociedad mutual para que por lo menos le garantice un entierro digno.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Poeta frustrado

Durante la década de los 50, cuando el mundo empezó a conocer el significado de la Guerra Fría, en el país se vivía una convulsión política tras la muerte de un líder político liberal y sobrevino la dictadura de un militar. En esos días, un joven empezaba sus estudios en la universidad, lejos de su ciudad de origen.
 
Atrás había dejado a sus padres, que con gran esfuerzo le enviaban cada mes dinero para su sustento a través del correo. También había dejado una novia, a la que prometió escribirle versos de amor para que su llama no se apagara.
 
Pese a que sus estudios no tenían nada que ver con las letras, su pasión se desbordaba en ellas y se veía a sí mismo como un poeta incurable. La poesía le permitía desnudar las cosas y aclarar sus sentimientos sin reservas.
 
De hecho, ese amor por las letras lo hizo famoso entre sus compañeros y amigos,  que después de alguna fiesta al son de la guarachera o de boleros se sentaban a disfrutar del ocio escuchando algunos de sus escritos.
 
Esos mismos versos los reprochaba su familia, dado que la poesía era mal vista por la sociedad y quien la escribía estaba condenado al fracaso.
 
Sin embargo, el joven sabía que sus poemas nutrían su relación amorosa y confiaba en la agilidad y prontitud del correo para mantener viva la relación, aunque sus amigos se quejaban del servicio, en especial porque las cartas se perdían.
 
Cada mes, recibía dos cartas: una de su novia y otra de su padre con su mesada. En el instante, se sentaba a responder las cartas, detallando a su padre los avances de sus estudios y otra a su novia enviando sus inspiraciones más sentidas.
 
Su vida en la gran ciudad lo contagiaba de un ritmo acelerado en donde de manera mecánica, después de responder las cartas, compraba en el correo los sobres, se aseguraba de escribir correctamente el destinatario, le ponía las estampillas y enviaba las cartas.
 
Una mañana, el joven se apresura al correo y recibe carta de su amada y de su padre. Su corazón palpita con emoción. Abre la carta de su novia, quien le da consejos de cómo seguir sus estudios, incluyendo cómo terminar su relación con ella; al final firma con ironía: “Tu padre”. Presuroso abre la carta de su padre, quien en versos asonantes le pide que no pierda tiempo con poesías insulsas y que estudie.
 
Las cartas que envió siguieron su ruta pasando por cerca de 15 manos antes de llegar a su destino. Aunque algunas de ellas se perdían, éstas no fueron la excepción porque había claridad en el destinatario y ahora el  joven comprendía que en medio de la prisa él intercambió su contenido perdiendo un amor y olvidándose para siempre de las letras.






domingo, 23 de noviembre de 2014

Invisible

La primera vez que notó que podía ser invisible fue un día en el que en una ruta de bus tres muchachos con arma blanca se subieron a atracar a los pasajeros. En cuanto dijeron "esto es un asalto, entreguen lo que tienen" empezó a despedirse de su billetera, celular y un reloj que le había regalado su abuelo. 

Los ladrones iban pasando por cada fila recogiendo su botín en una bolsa y al momento de llegar su turno estiró sus objetos, pero el ladrón cerró la bolsa y volvió a abrirla en la siguiente fila como si él no estuviera presente.
 
Cuando los ladrones se bajaron, él aún con las cosas en las manos no lograba entender por qué no le habían robado y concluyó que simplemente quien recogía los objetos, por la rapidez de la acción, no lo había visto y pasó de largo.
 
En otra oportunidad, hubo un enfrentamiento entre dos grupos armados y él quedo en medio de la balacera. Decidió refugiarse bajo un puente, pero cuando vio que uno de los armados le apuntaba con el arma, levantó las manos implorando piedad. 

El hombre disparó justo enfrente de él y asustado empezó a revisarse para ver en dónde lo había alcanzado la bala; el hombre seguía apuntando y alguien a sus espaldas salió huyendo, mientras que quien le había disparado lo perseguía y él perplejo no lograba entender cómo había pasado desapercibido.
 
Situaciones como estas se repetían y se preguntaba continuamente si tenía un ángel guardián que lo protegía, o lograba camuflarse en el entorno como lo hacen los pulpos, o simplemente es que hay un destino cifrado y él salía ileso porque no hacía parte del evento.
 
Nunca había compartido estas historias con nadie, pues siempre había considerado que eran poco creíbles. Sin embargo, en un diálogo con una mujer que había conquistado su corazón, decidió compartirle sus historias de invisibilidad para conocer su opinión. Ella, al mejor estilo investigativo, comenzó a bombardearlo con preguntas y a recrear las escenas y concluyó que él había quedado en el punto ciego de estos eventos y por eso pasó invisible ante los otros.
 
Él, después de escuchar cada uno de sus argumentos y ver su interés genuino en develar el misterio, estuvo de acuerdo con la conclusión, dado que eso explicaba de forma coherente sus experiencias.
 
Nunca volvió a pensar en el tema, ni a sentir que fuera invisible aunque a su alrededor seguían pasando situaciones de riesgo que solo quedaron grabadas en cámaras en las que se veía que siempre salía ileso y que la teoría sobre el punto ciego no era cierta.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Conexión eclipsar

Último eclipse de sol del milenio y muchos amantes de los fenómeos naturales no iban a perderse de esta maravillosa función. Sebastián era uno de ellos y sin importarle los costos, las penurias o sacrificios, hizo lo posible e imposible para vivir el encuentro romántico entre el sol y la luna sumergido en una quebrada. 

Apenas escuchó la noticia en la que señalaban el día y la hora del suceso, abrió un mapa y determinó el lugar más estratégico según las coordenadas publicadas por la NASA para presenciar el eclipse total.

Llegado el día, tuvo que viajar 18 horas en bus y luego caminar otras tres y media para llegar al lugar que había elegido.

La prensa dedicó espacio a hacerle publicidad al eclipse y sacaron notas que  hablaban de los riesgos para los ojos o de las desgracias que, según Nostradamus, vendrían después de este evento y de las diferentes interpretaciones culturales. Los comerciantes también sacaron provecho vendiendo souvenirs y paquetes turísticos para disfrutar del eclipse desde lugares clave; pero Sebastián quería vivir este proceso solo, ser un simple observador, como buen ecologista.

Arribó a la quebrada hacia el medio día en que el sol estaba brillante y alto. Se detuvo a contemplar su entorno: algunas aves buscando alimento, uno que otro pez en la quebrada, las flores y plantas en medio de su fotosíntesis y el viento cálido.

Se desnudó y entró a la quebrada; a medio día empezó a atardecer. Sumergido en el agua, la noche producida por el eclipse llegó y pudo ver más peces en la quebrada, observó cómo las aves volvían a sus nidos, las plantas se desgonzaban y aparecían animales nocturnos, como búhos, roedores y murciélagos. Los sonidos de la naturaleza fueron cambiando al igual que los aromas.

La noche duró siete minutos y la temperatura descendió casi unos nueve grados. Pasado este corto plazo, empezó a amanecer y, ante sus ojos, de nuevo la naturaleza se despertaba de la corta noche. Se sintió complacido por presenciar el día y la noche en fracciones de segundo en medio de aquella quebrada.

A su regreso a la ciudad, no podía borrar esa sonrisa de satisfacción por la cantidad de sensaciones acumuladas por sus sentidos. Su jefe lo recibió con regaños y reclamos por abandonar el puesto; sus amigos y novia, por perderse sin avisar; y sus familiares, por reconfirmar que así era él. Sin embargo, nada de eso pudo sacarlo de su conexión eclipsar.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Batalla contra Cronos

Miguel había invitado a su esposa a pasar un fin de semana en un balneario famoso para celebrar su aniversarioPor razones laboralesél ya se encontraba en el lugar. Gabriela  tenía que tomar un avión desde la ciudad hasta ese plácido lugar ycomo de costumbre, con días de anticipación ya había empacado la maleta para no olvidar nada.

 

Llegado el día, se levantó temprano, cerró la maleta y le dejó comida y agua suficiente al gato. Al cerrar la ventananotó que el gato estaba en una de las ramas del árbol del jardín y para no perder tiempo convenciéndolo con alguna golosina o uno de sus juguetes para que entrara en casa, decidió trepar al árbol y bajarlo con sus propias manos. 

 

Al llegar a la rama y estirar su brazo para alcanzarlo, sintió que la rama se partía y cayó al suelo. Al abrir los ojos, sintió un fuerte dolor en la cabeza; su gato estaba en su pecho y le lamía la cara. Finalmente entró al gato en la casa, pidió un taxi y le indicó al conductor que la llevara al aeropuerto.

 

La mañana estaba soleada, los carros avanzaban sin problema mientras ella agradecía a la vida por poder conocer por primera vez ese hermoso lugar y celebrar junto con su amado. Su dolor de cabeza se iba disminuyendo, pero notó que tenía unos arañazos en el pecho. Durante el trayecto, sonó su celular. Era su esposo que le dijo"ya debes estar a punto de despegar, que tengas un lindo viaje".

 

Gabriela colgó inmediatamente la llamada, miró su reloj y no podía creer que ya habían pasado dos horas desde el instante en que se subió al árbol y el momento en que llegó el taxi. Iba tarde al aeropuerto. Sin duda, debía haberse desmayado al caer del árbol, pues no había ninguna otra explicación para que el tiempo no le alcanzara. Ahora comprendía por qué al abrir los ojos, después de la caída, el gato estaba lamiéndola y tenía arañazos en el pecho.

 

Como por arte de magia, al confirmar que iba tarde, el tráfico empezó a congestionarse cerrándole el paso al taxista. Los semáforos se tornaron rojos y no faltó el carro que quedó varado obstruyendo el paso.

 

El tiempo es implacable y cuando se ha perdido es imposible de recuperar. Es como si se iniciara una batalla contra Cronos, dios del tiempo, que tiene en su mano una guadaña y un reloj de arena para indicar que el tiempo todo lo destruye y pasa insensiblemente. Pero en esta oportunidad no era su error, había planificado por semanas este encuentro y no podía creer que iba a perder el vuelo. Gabriela no había desperdiciado el tiempo, no era justo que la guadaña de Cronos la acosara, pues necesitaba dejar al gato dentro de la casa. Los "hubiera hecho esto" empezaron a suscitarse como latigazos en su espalda, mientras se envolvía en una angustia existencial.

 

Cuando llegó al aeropuerto, la encargada le informó que el vuelo estaba cerrado. Ella suplicó con vehemencia, pues no podía creer que esto le pudiera estar pasando. Le contó sobre el gato, el árbol, el golpe que tenía en la cabeza y le mostró los arañazos en el pecho, pero nada conmovía a la encargada.

 

Perder este vuelo implicaba perder el fin de semana que había planeado con su esposo, pues el siguiente vuelo era en un par de días. Empezó a llorar en su desesperación y se agarró del brazo de la encargada para que la dejara subir. La encargada retiró su brazo con fuerza y dejó caer el intercomunicador. Gabriela lo recogió y escuchó una voz: "no podemos despegar, enviar paramédicos a la nave".

 

Gabriela le entregó el intercomunicador a la encargada con una sonrisa de esperanza. Después de hablar en clave por el intercomunicador, la encargada le dijo que una maleta del compartimento superior se había caído sobre un pasajero provocándole una herida y necesitaba una sutura. Los paramédicos iban en camino y era su oportunidad de entrar al avión.

 

Corrió emocionada por los pasillos, pasó migración, llegó a la sala de embarque y subió agradecida al avión. Nunca pensó que lograría alcanzar el vuelo. Vio a los paramédicos atendiendo al herido. El pasajero herido le guiñó un ojo y le sonrió, ella le sonrió de vuelta; no le pareció una herida tan terrible para demorar un vuelo, pero gracias a este hombre pudo alcanzar el vuelo. Cuando pasó por su lado, cubrió con su mano los arañazos de su gato mientras veía que el hombre tenía un pisacorbata de un gato como si se hubieran confabulado para ganarle a Cronos la partida, compensar el tiempo perdido y realizar su viaje.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Limosna

Me partía el corazón ver a aquella viejecita sentada en el atrio de la iglesia, extendiendo su mano para recibir alguna limosna. Su semblante daba lástima, con sus zapatos viejos, su ropa desgastada y esa cara de ternura que me recordaba a mi abuela.
 
Algunas veces, al darle unas monedas, aprovechaba para sacarle conversación y me contaba sus tristezas. Sus hijos la habían abandonado a su suerte y no tenía un lugar donde recostar su cabeza. Lo que más me impactaba eran sus historias sobre las noches frías y lluviosas que sorteaba deambulando por el parque.
 
Diariamente pasaba por aquel lugar; algunas veces tan solo la veía desde la distancia y otras aprovechaba para brindarle algo de comida o simplemente conversar.
 
Un día noté que la anciana no estaba en el atrio, como de costumbre. Era como si faltara una parte del paisaje y me extrañé de no verla sentada allí. Los días fueron pasando y su ausencia me producía muchas preguntas. ¿Será que está enferma? ¿Quién podrá brindarle abrigo? ¿Será que murió y nadie ha notado su partida?
 
Pasó más del mes sin volverla a ver y decidí entrar a la iglesia y elevar una plegaria por ella. A mi salida de la iglesia, me encontré con el sacerdote, le pregunté por la anciana y le comenté mi conjetura sobre su deceso. El sacerdote me respondió que la viejita a veces se perdía unos meses, pero luego regresaba a su puesto como si fuera parte de la decoración del atrio.
 
Meses después, se cumplió el vaticinio del sacerdote y volví a ver a la abuela en su lugar pidiendo limosna a los transeúntes. Mi corazón se animó de verla, compré café y pan para compartir con ella y me senté a su lado preguntándole qué se había hecho.
 
Me respondió que tenía un secreto y que le encantaría compartirlo conmigo; me pidió que le regalara un pedazo de papel, en él anotó una dirección y me dijo que nos encontráramos allí en la noche.
 
Intrigada y con suspicacia llegué al lugar, toqué el timbre y me abrió una señora muy afable que se veía elegante y refinada y me hizo pasar. Le pregunté por la anciana, comentándole que ella me había dado esa dirección y me respondió: "¿acaso no me reconoces?" Yo no salía de mi sorpresa.
 
El lugar donde vivía era sencillo, cómodo, sin opulencias, pero sin pobrezas. Su trabajo era sentarse en el atrio de la iglesia, como cualquier empleado público, cumpliendo un horario, recibiendo su sueldo en cada limosna y luego sacaba vacaciones. Ese año había viajado a Tierra Santa. Me enseñó su pasaporte y fotos y me contó muchas historias divertidas. No logré modular palabra, tan sólo agradecer por el té con leche y las galleticas que me brindó.
 
A la mañana siguiente, en mi ruta hacia el trabajo, volví a verla ataviada con su uniforme de harapos, trabajando con su cara lastimera y viendo cómo recolectaba su sueldo. Decidí cambiar mi ruta hacia el trabajo y olvidarme del secreto contado.

domingo, 26 de octubre de 2014

Quiromancia

Camino al trabajo, conversaba con una compañera en el bus. No recuerdo exactamente el tema de conversación, pero, como siempre, gesticulaba con las manos para enfatizar mis ideas.
 
A nuestro lado, había un hombre con una túnica color naranja, con su cabeza rasurada, excepto por un mechón de cabello que salía de la parte posterior de su cabeza y que estaba anudado con una cinta dorada. Este monje hare krishna me observaba.
 
Para confirmar que mi apreciación era correcta, empecé a exagerar mis movimientos y confirmé que el hombre se fijaba en mis manos. Estiré mi mano tan alta como pude y sus ojos la siguieron hasta que con ellas conduje su mirada a mi cara e hice un ademán de saludo: el tipo enrojeció al ver que lo había descubierto.
 
Se disculpó indicándome que le habían atraído mis manos y que si podía verlas en detalle. Mi amiga señaló la banca de atrás que acababa de desocuparse para que nos sentáramos juntos, y así lo hicimos.
 
El tipo tomó mis manos y dijo que mis líneas eran fascinantes. Nos explicó que los surcos y pliegues de las palmas de las manos muestran el perfil psicológico de una persona y que entre más líneas tuviera la persona significaba que había vivido más reencarnaciones.
 
En mi caso, según él, era la primera vez que veía a una persona con tantas reencarnaciones y por eso se había sentido atraído: sin duda tenía una misión que cumplir y posiblemente ésta podría ser mi última reencarnación.
 
Continuó su discurso afirmando que mi alma había viajado por distintos cuerpos, aprendiendo en diversas vidas las lecciones que proporciona la existencia terrena y que ya era hora de alcanzar una forma de unión con un estado de conciencia más alto.
 
Yo le respondí que era bastante escéptica a sus palabras y que sin duda simplemente tenían arrugas como las de cualquier persona. Él estiró sus manos, me mostró las suyas y noté que efectivamente las líneas de sus manos no estaban tan marcadas como las mías o como las de mi amiga, y eso que ambos tenían la misma edad que yo.
 
Nuevamente tomó mis manos, me preguntó si tenía alguna idea sobre mi misión y le respondí, para salir del paso, que tan solo quería hacer algo glorioso para que la gente sonriera. En una actitud de oración, tomó mis manos entre las suyas y dijo que no debía desafiar la energía divina y que debía aceptar mi misión.
 
Cuando me esaba diciendo estas palabras, el conductor frenó con tal fuerza que el monje soltó mis manos para agarrarse de un tubo, mientras yo rodaba por el corredor y terminaba al pie de la puerta de entrada. Debí perder la conciencia unos segundos, pues cuando abrí los ojos había muchas personas a mi alrededor y exclamé: "morí y resucité". La gente comenzó a reír mientras me ayudaban a ponerme en pie.
 
Caí en cuenta que mi misión se había cumplido y después de tremendo golpe era como que naciera de nuevo reencarnada en el mismo cuerpo con el imperativo de pensar de forma mesurada en mi verdadera misión.

domingo, 19 de octubre de 2014

Solidaridad

A las tres de la mañana un fuerte dolor la despierta. No logra identificar exactamente qué es lo que le pasa. Intenta levantarse de la cama, pero su cuerpo no responde. Verifica si está despierta, pues lo que vive parece producto de una pesadilla. 

Observa sus manos y se ven inflamadas y deformadas. Sus piernas tienen el mismo aspecto y el dolor en las coyunturas es insoportable. Parece como si su cuerpo estuviera amarrado de pies y manos. No puede creer que su cuerpo se haya deformado durante la noche. Intenta gritar, pero no le sale la voz.

Forcejea con su cuerpo para poderse levantar y termina cayéndose de la cama. El golpe despierta a dos de sus compañeras misioneras, quienes dan la alarma al resto de la comunidad religiosa sobre la situación de la hermana. Observan que la monja está engarrotada y con fiebre; una de ellas que es enfermera le toma los signos vitales y anuncia la urgencia de llevarla al hospital. 

Rápidamente alistan las principales pertenencias y papeles para llevar a la monja enferma. Las misioneras viven a cinco horas de la ciudad, en un área rural, y deben esperar el bus para poderla llevar al hospital, puesto que no hay otra opción de transporte. Entre tres la llevan al paradero, envuelta en una manta y esperan junto con otras personas a que pase "La Consentida", único medio de transporte en el área.

"La Consentida" es una chiva o bus escalera construido sobre un chasis normal de camión, con siete hileras de bancas anchas de madera, que van de un costado al otro donde se acomodan tanto personas como animales, según la decisión del conductor y su ayudante. Después de un par de horas de espera en medio de un aguacero, por fin arriba la chiva. Como un costado del bus está cerrado, la gente se abalanza para entrar por un lado de cada banca. Hay sobrecupo y el conductor informa que ese será el único viaje del día, porque con la lluvia los ríos se han desbordado y no es posible tener el servicio de transporte regular.  

Las monjas le comentan la conductor la situación de la hermana enferma y la urgencia de llevarla al hospital. Mientras tanto, el ayudante está en la parte trasera de la chiva subiendo por la escalera bultos de plátano a la parrilla, que está abarrotada de maletas, canastos con gallinas, bultos de arroz, yuca, perros y pasajeros. La chiva no da abasto y el ayudante le informa que el único espacio posible es colocar a la hermana enferma en una pequeña parrilla al lado de la escalera en donde viajan cuatro cerdos que van al matadero. Las monjas aceptan, pues no tienen otra opción.  Acuestan a la monja al lado de los cerdos y la enfermera va sentada al otro lado sosteniéndola y a su vez agarrándose de la escalera. 

Durante el viaje, la carga del bus se mueve de un la do a otro, pues la ruta a la ciudad es un camino de herradura: cada piedra, cada hoyo, hace que los cuerpos se fusionen. Cada salto del bus es un suplicio para la monja enferma y para los cerdos que van amarrados. A mitad de camino, la carga de cerdos parece de cinco pues, a lo lejos, las dos monjas parecen otro cerdo y en medio de la lluvia se han agrupado de tal forma que se ven hermanados. El calor de los cerdos y su suave piel ayudan a la monja a sentirse cómoda a pesar de sus dolencias. 

Cuando por fin entran a la ciudad, la primera parada es el matadero. Y desde que el bus entra a la finca, los cerdos empiezan a chillar. Los gritos de los cerdos aturden a los pasajeros y la monja enferma comprende su dolor; los cerdos saben que les llegó su hora y ella llora con ellos, pues siente que su dolor es el mismo que el de ellos. 

La monja se hace la dormida y se reacomoda encima de los cerdos para protegerlos e impedir que los saquen. El ayudante no sabe cómo proceder, pues por respeto a la religiosa no puede tocarla. Sin embargo, pese a los esfuerzos de la monja, uno a uno los van bajando del bus y la monja se despide de cada uno llorando y con una mirada de lástima por su solidaridad frustrada. La segunda parada es el hospital; allí la monja sabe que tendrá mejor suerte que sus amigos.      

domingo, 12 de octubre de 2014

Detrás del discurso

Ayer, en su discurso, estuvo lúcido, espectacular. La gente sabía que iba a llegar a la ciudad y corrió para oírlo. Volvió a llenar la plaza, a expresar con mucha fuerza sus ideales y a remover los sentimientos de quienes lo escuchaban. 

Sus ideas, expresadas con tanta elocuencia, son compartidas por la mayoría. Sin embargo, no nos atrevemos a mencionarlas, porque van en contra de la sociedad imperante y, cuando las repetimos, mencionamos que provienen de él, pues preferimos escondernos detrás de las palabras de otro a admitir que pensamos igual. 

Hace rato que no se le veía tan apasionado y embebido en el tema. Volvió a animarnos para que no perdamos oportunidad de expresar lo que pensamos y actuar en conformidad. Cuestionó por qué nuevamente repetimos las prácticas vigentes cuando sabemos que van en contra de los derechos. 

En un punto de su disertación, criticó fuertemente nuestros actos, en especial el miedo a romper esquemas impuestos. Argumentó que por eso llevamos una máscara que no nos permite demostrar tristeza, pero que en el fondo sabemos que el llanto brota constantemente cuando nos sentimos desamparados, desprotegidos del papel básico que el Estado debe cumplir. 

Continuó diciendo que esa máscara tampoco nos permite expresar alegría, esa alegría profunda y satisfecha, no la que es producto de una algarabía y que, empujados por el alcohol, nos hace sonreír de forma pasajera. Por eso nuestros rostros son adustos, serios, pero formales para decir buenos días o gracias entre los dientes, casi de cajón, sin sentirlo. 

Finalizando el discurso, manifestó que se retiraba, que no quería seguir siendo el líder, pues había comprendido que detrás de su liderazgo se escondían muchos que lo veían como un caudillo, un nombre, una cara, pero que no estaban dispuestos a actuar en forma coherente. 

Se valían de su rostro para decir tal o cual cosa, pero sin ser capaces de sostener esa verdad, porque nos ganaba el miedo y preferíamos que nuestras acciones tomaran distancias de nuestras ideas. 

Cuando bajó del escenario, salió caminando de la plaza. Y nos quedamos atónitos, viendo cómo su figura se perdía. La multitud permaneció inmóvil, incluso cuando empezó la lluvia. Uno a uno empezamos a salir de la plaza, arrastrando los pies, con vergüenza, porque el miedo nos había vencido, éramos incapaces de ser líderes como él.

domingo, 5 de octubre de 2014

Pandemia

Son las cinco de la tarde, hora en la que los empleados deberían salir, pero las puertas están selladas por la policía y el departamento de sanidad. Los 120 empleados están en cuarentena, porque surgió una amenaza de SARS, ese síndrome respiratorio agudo severo que se catalogó como una pandemia.
 
Dicho síndrome surgió como una neumonía atípica que se transmite por contacto directo cuando la persona tose o estornuda, y quien tiene la enfermedad presenta fiebre alta, tos, dificultad al respirar y produce la muerte; el síndrome, a la fecha, ya había reportado más de 5,000 casos en el mundo y más de 500 muertos.
 
Todo inició en la mañana, cuando al empezar la jornada laboral, notaron que la recepcionista estaba estornudando y se veía bastante congestionada, con fiebre y tos. Alguien de la empresa, sin duda de aquellos que no se pierden los noticieros, denunció el hecho agregando que la recepcionista por aquel entonces tenía un novio  de Canadá y, dado que este era uno de los países con alerta roja, el caso fue tomado como relevante.
 
A las 10 de la mañana, cuando la encargada de recursos humanos la estaba ayudando a regresar a su casa para tomarse un par de días, llegaron los servicios de sanidad a atender a la paciente, mientras la policía colocaba la cinta de seguridad y etiquetas que no dejaban entrar o salir a ninguna persona de la institución.
 
La encargada de recursos humanos reunió a todo el personal y un vocero del departamento de sanidad, ataviado con guantes, mascarilla, gafas, traje y botas especiales para riesgo biológico, químico y nuclear, explicó que se trataba simplemente de una sospecha de SARS y que por eso se había declarado la cuarentena hasta probar si la sospecha era real. También indicó que cualquier persona que presentara síntomas tenía que ser reportada y bajar al primer piso para brindarle atención.
 
Pese a que según las investigaciones del síndrome, si alguien se contagia, los síntomas aparecen dos o tres días después, algunos empleados comenzaron a sentir los síntomas. Una gripe tan contagiosa podía haberse incubado días antes y esparcirse por los conductos del aire acondicionado.
 
Trabajar en esas circunstancias era imposible, pues cada cierto tiempo el cuerpo de sanidad revisaba a las personas y empezaron a bajar a los que tenían síntomas. Hacia el medio día, había una veintena de enfermos, todos con fiebre y tos.
 
Los rumores en los pasillos al saber que el virus había cobrado una nueva víctima angustiaba al personal. Un estornudo sorpresivo generaba temor y muchos sentían fiebre y dolor de cabeza. Hacia las cinco de la tarde, el 60% del personal estaba enfermo y el resto desesperado por irse a su hogar.
 
La tensión era alta pues afuera empezaron a llegar los familiares, que presionaban para que dejaran salir a las personas sanas. Otros llegaron con deseos de apoyar a los enfermos en sus últimas horas. La muerte empezó a hacerse inminente y las despedidas telefónicas manifestando deseos, perdones y "te amos" congestionaron las líneas.
 
Finalmente a las 7 de la noche llegaron los resultados de la prueba de sangre de la recepcionista; se estableció que era una gripa común, que el novio canadiense jamás había tenido contacto con ella, pues por el momento era una relación por internet. Los enfermos se curaron milagrosamente y quedó el recuerdo de haberse dejado influenciar por la presión psicológica de una pandemia.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Momento decisivo

A sus 20 años, la habían nombrado directora de un centro nutricional. Dada su corta edad, esto marcaba un hito en su currículo. Era su primer trabajo y sus familiares y amigos se alegraban de que desempeñara el puesto más alto de aquella institución.

Lo que nadie sospechaba era que no tenía personal a su cargo  y le pagaban menos que a una encargada de servicios generales. Sus funciones iban desde limpiar los baños, ser maestra, cocinera, así como encargarse de la recaudacion de fondos, finanzas y decisiones estratégicas para que la institución funcionara.  

Aceptar este cargo implicaba vivir en un barrio popular y ser la responsable de la nutrición de un grupo de cien niños y niñas, cuyas edades oscilaban entre los tres y cinco años.

En su primer día de trabajo, la transición con la directora saliente tomó menos de diez minutos. Tan solo le hizo entrega del inventario que podía observarse a simple vista y le indicó que en la olla gigante había sopa preparada; en la otra, arroz; y que en pocos minutos, las familias llegarían por su almuerzo.

La directora se quedó absorta al no recibir ninguna instrucción adicional y vio cómo la mujer tomó sus maletas, atravesó el umbral de la puerta y su imagen fue desapareciendo en el horizonte. El sonido de metal y plástico la sacó de aquel letargo, y reaccionó ante una larga cola de personas con ollas y platos que reclamaban su almuerzo.

La directora cerró la puerta de la casa, abrió la ventana de la cocina y empezó a repartir la sopa y el arroz a las personas de la fila. Mientras repartía el almuerzo, se sentía abrumada por las quejas de la gente que exigía más del almuerzo gratuito y por llevar a cabo una labor que no coincidía con sus expectativas.

Cuando las existencias de arroz y sopa se agotaron, cerró la ventana mientras escuchaba abucheos y quejas de quienes no lograron obtener el alimento. La directora se sentó en el piso apoyando su espalda contra la pared y las lágrimas brotaban como un grifo de agua abierto sin intención de cerrarse y con la idea de huir de aquel lugar.

Unas horas más tarde, cuando el agua aún brotaba por sus ojos y estaba reorganizando las cosas para abandonar el lugar, sonó el teléfono. Era su jefe, quien le preguntaba si había encontrado todo en orden. La directora titubeó al responder y luego le pidió a su jefe que le confirmara si su misión era garantizar la nutrición de aquella niñez. La respuesta la llenó nuevamente de energía y, pese al sistema establecido en aquel lugar, tomó un marcador y escribió una cartel que rezaba: "no habrá más entrega de almuerzos".

Al día siguiente, las personas llegaban y protestaban al leer el letrero. Algunas regresaron a sus casas y otras permanecieron allí esperando por explicaciones. La joven directora presentó un plan que enfantizó en la necesidad de hacer cambios: en vez de entregar almuerzos, iniciarían un jardín infantil que garantizara educación y nutrición para la niñez. El proceso no fue fácil, pero la pasión y energía que le imprimió fue suficiente para ver resultados favorables y duraderos tres años más tarde.


 



domingo, 21 de septiembre de 2014

Apuesta de caballos


Fabián y Sonia habían llegado a la finca de sus tíos. Les encantaba este lugar, pues allí tenían la oportunidad de hacer cosas diferentes a las que hacían en la ciudad. Lo que más les gustaba era pasar horas en el establo donde había varios caballos y podían acicalarlos, montarlos y mantener una comunicación con ellos. A su edad, ya los dejaban ir solos y cabalgar por la pradera. 

Cada uno preparó su caballo, pusieron la montura, el cincho y las riendas. Fabián retó a Sonia a realizar una carrera y ella aceptó con gusto. El primero en llegar a la laguna ganaba.

Apenas inicaron la carrera, Fabian tomó ventaja. Sonia apretaba con fuerza sus pantorrillas y taloneaba al caballo para que galopara más rápido. Su caballo empezó a sacarle ventaja a Fabián, pero él, para no dejarse ganar, taloneó de nuevo a su caballo adelantándose un poco. 

Sonia se levantó en los estribos para reacomodarse, pero notó que la silla se iba a un lado. El cincho no quedó bien puesto y la hebilla se abrió. La silla comenzó a resbalarse del caballo y Sonia asustada por intentar agarrar el cincho perdió las riendas y, para no dejarse caer, se agarró de la crin del caballo.

El caballo galopaba desbocado e iba perdiendo a su paso todos los aditamentos; al sentirse libre, crecía su brío y fuerza, pero Sonia no se soltaba del cuello y se aferraba a él como una garrapata.

Su hermano alcanzó a ver el apuro en el que se encontraba Sonia y trató de alcanzarla para frenar al caballo y salvar a su hermana; pero entre más se acercaba al caballo, más se violentaba.

Sonia resistió con estoicismo y el caballo, al llegar a la laguna, redujo la velocidad; cuando Sonia vio el borde de la laguna, se dejó caer. Su hermano llegó unos instantes después y la encontró sentada en la orilla: trataba de calmar su risa nerviosa mientras le decía "te gané".

El caballo se acercó a ellos y relinchó brioso; lo que ellos interpretaron como una exigencia de libertad. Fabián tomó al otro caballo, le quitó la montura y las riendas y los dos caballos emprendieron huida por un camino desconocido.

Sonia y Fabián regresaron a la casa intentando explicar a sus tíos cómo los caballos apostaron una carrera con ellos y se habían ido victoriosos.

 

domingo, 14 de septiembre de 2014

El baúl

Las musas me habían abandonado y no tenía material para escribir. Intentaba repasar mi vida para recordar alguna anécdota o cuento que llegara a mi imaginacion, pero nada sucedía, todo en mi cabeza estaba en orden, limpio, en blanco. No había vestigios de alguna pieza o hilo conductor que me ligara a algún recuerdo. Era como si viviera un transtorno de la memoria más que un olvido pasajero. 

La única forma de recuperar mis recuerdos era revisar el baúl. Allí guardaba mis papeles, cuadernos y pequeñas notas escritas en pedazos de papel o servilletas. Ese baúl era mi apoyo, mi punto de encuentro con mis ideas, mi soporte y refugio para mis recuerdos. Ese baúl era mi referencia, mi lugar secreto para guardar cartas, tarjetas, fotos y, lo más importante, los pequeños papeles con ideas, muchas ideas de proyectos y sueños.

Solo verlo me producía una gran emoción, era como entrar en un bosque lleno de plantas de miles de formas y colores. Su cerradura era muy antigua y sencilla de abir. No necesitaba de candado, pues no me preocupaba que fuera inseguro y pudiera ser visto por otros, lo importante era que no se fueran las ideas y que lo que guardaba permaneciera allí. Apenas lo abría, se sentía un aroma a papel viejo y chocolate, pues también era el lugar ideal para dejar chocolates que acompañaran mi lectura. 

Pero ahora ni siquiera recordaba donde estaba el baúl. No sabía en qué lugar lo había  dejado después de tantas mudanzas y cambios. Estaba segura de que no podía haberlo dejarlo a la deriva, puesto que el baúl hacía parte de mí. No creía que se lo hubieran robado, pues solo me hacía sentido a mí.

Las grandes tragedias vividas, como el incendio, no lograron quemarlo, porque no recuerdo el olor de papel o cenizas volando. Tampoco recuerdo que fuera afectado por la inundación, pues la humedad carcome las cosas y ya lo habría notado.

Después de mucho buscar, hoy por fin lo encontré. Estaba intacto, parecía como si alguien lo hubiese cuidado por mí. Se veía brilante, como nuevo. Cuando me acerqué y toqué su cerradura, dudé por un instante que fuera mío, pero, al abrirlo, ese olor característico me devolvió mi sonrisa y comprendí que jamás lo había extraviado, pues siempre fue producto de mi imaginación.



domingo, 7 de septiembre de 2014

Fraternidad momentánea

De regreso a casa, después de una ardua labor, me sentía satisfecha por el trabajo realizado y con ganas de abrazar a los míos.

El vuelo había salido a tiempo y la hora del trayecto se fue pasando rápidamente.
La visibilidad era grandiosa y lograba contemplar las montañas, los ríos y las ciudades a su paso. La luz del sol nos acompañaba y se sentía el calor de sus rayos en la cabina creando una atmósfera de paz y tranqulidad.

Cuando nos fuimos acercando a nuestro destino, el capitán del avión llamó nuestra atención diciendo que las condiciones climáticas en la ciudad no eran las adecuadas y teníamos que aterrizar en otra.

Este mensaje provocó un pesar colectivo y la gente empezó a compartir sus sentimientos de tristeza, rabia y decepción por no llegar a su destino. 

Mientras cada quien murmuraba su sinsabor, un pitido chillón silenció a los pasajeros y escuchamos una discusión, que no debimos escuchar, entre el piloto y el copiloto. Claramente estaban en desacuerdo por la decisión de aterrizar en una ciudad diferente.

La discusión versaba sobre la posibilidad o no de aterrizar en ese instante y las consecuencias de atravesar o no una nube negra que impedía la visibilidad. Nuevamente escuchamos al capitán decir en tono de poco amigos: "Señores pasajeros, les informo que aterrizaremos en la ciudad de destino, pero no me hago responsable de lo que pase".

Justo en ese instante, cuando nos preguntábamos qué podía pasar, el avión entró en la nube negra, la cabina se oscureció y el avión se estremeció de tal forma que se abrieron algunos compartimentos y se cayeron algunas maletas. El pánico se apoderó de la gente como un virus y los rezos y gritos auguraban el fin de la vida a 10 mil metros de altura. Los "te amo" y los "perdón" se hicieron escuchar y el miedo nos unía como si fuéramos amigos.

Tras cruzar la nube todo volvió a la calma. El capitan siguió el protocolo de aterizaje y cuando tocamos tierra respiramos hondo. Algunos pasajeros denunciaron el hecho y otros salimos del avión como si nada hubiera pasado. Nuevamente pasamos a ser extraños, nadie quería recordar cómo, en un segundo de pánico colectivo, se había perdido la compostura.




domingo, 24 de agosto de 2014

Déjà vu

En medio de la conferencia, él se levanta, toma su portafolio y su abrigo e inicia su partida. Ella, desde el lado opuesto de la sala, lo vigila, se apresura, toma sus cosas y sale del salón unos pasos adelante de él.

Después de cruzar la puerta, chequea que él está detrás de ella. Camina por el corredor que conduce al lobby y se desmaya tal como lo venía ensayando, aunque temía que su caída la lastimara o que él pasara indiferente frente a ella; pero tenía que intentarlo.

Afortunadamente, él al verla caer intenta socorrerla, pide auxilio y la levanta en sus brazos. El personal del lobby los conduce a la enfermería, le ayudan a recostarla en una camilla y le indican que pronto vendrá el paramédico. Ella no sabe si es momento de despertar, pero el tiempo que puede estar a solas con él es corto. 

Ella empieza a reaccionar para no perder la oportunidad de hablar con él y, mientras murmura algunas palabras, se va incorporando de la camilla y le pregunta cómo llegó hasta allí. Él le explica lo sucedido y le indica que espere a que el paramédico venga. Ella le dice que no es necesario, que ya se siente bien y que prefiere irse. Mientras se acomoda los zapatos y toma sus cosas, le agradece su apoyo y sale del cuarto hacia el lobby, en donde explica que ya no es necesaria la ayuda y luego sale del hotel. 

Él la sigue intrigado, pues recuerda que ya había vivido una situación similar, es como si viviera un "déjà vu". Él ve que ella entra en una cafetería y la sigue con la urgencia de preguntarle por qué esa experiencia le es tan familiar; en la entrada, ella sonriente, lo invita a compartir un café.

Después de un largo silencio, él sabe que lo ha timado y que su desmayo ficticio lo ha conectado con el pasado y que ahora su soledad será compartida. Él la mira a los ojos fijamente, le toma sus manos como queriendo leer su historia en ellas y las besa.

Ella le cuenta la manera como ha planeado ese encuentro y los detalles que ha sacado del diario de su difunta madre para no perder la oportunidad de conocer a su papá.


domingo, 17 de agosto de 2014

No sólo somos un número

La manera en la que el Estado nos identifica es a través de un número. Dicho número de identificación es válido para todos los actos civiles, políticos, administrativos y judiciales y es indispensable saberlo de memoria. A veces, cuando convives con alguien, es útil saber el número de dicha persona, pero si a duras penas recuerdo el mío, ¿cómo puedo recordar el de otro? Sólo con un poema fue posible hacerlo.

Consiete (7) de tu amor,
renueve (9) mi cariño;
mirando desde el cuatro (4),
el anocheseis (6) te dedico.
Cada nueve (9) luna llena,
mi corazón se trescocija (3),
me connueve (9) tu dedicación
en el recinco (5) de la luz que nos cobija.

domingo, 10 de agosto de 2014

Ciudad enladrillada

A sus 6 años parecía un anciano. Sus manos se veían desproporcionadas en relación a su cuerpo. Esas manos llenas de ampollas, carrasposas, hablaban de sus hazañas y de la dureza de su existencia. 

Desde que nació vivía en los chircales, el lugar en donde se fabrican ladrillos, y desde bebé ya hacía parte de la fuerza laboral. Sus dedos se veían deformados de tanto apilar y cargar ladrillos. Tenía sus dedos mutilados como parte del trabajo. Incluso, cuando se lastimaba, solito se amarraba un pedazo de trapo y seguía su trabajo sin dejar que la herida lo distrajera.

Sus padres sólo le pedían que tuviera más cuidado, pues ya sabían de las vicisitudes de este trabajo. Aunque perder un dedo no era lo importante, allí lo crucial era cumplir con la cuota asignada para recibir el pago diario, que el niño entregaba a su mamá para comprar algo de comida para todos.

Él era el mayor de 4 hermanos y, mientras su papá vendía los ladrillos, él manejaba la fábrica como un experto e instruía a sus hermanos en lo que tenían que hacer. Dando órdenes a los demás, se veía como un capataz enano.

Mi invitación a jugar lo tomó por sorpresa, aunque no la aceptó de inmediato. Él sentía que debía continuar con su jornada y sólo cuando su madre accedió, se unió al grupo casi a regañadientes.

Cuando vi que se acercaba, le tendí mi mano y él gustoso la aceptó. Sentir su mano fría, tosca, agrietada, hacía un gran contraste con la mía. 

Él, por su parte, no soltaba mi mano y con sus dedos acariciaba el dorso de mi mano. Cuando podía, acercaba mi mano a su mejilla, que era igual de arcillosa que el material con el que hacían los ladrillos.

Después de varios juegos, en los que recobró su esencia de niño y conocí su sonrisa, su padre apareció en el horizonte y empezó a gritarle que regresara a trabajar, mientras su madre le explicaba que ella le había dado permiso de jugar. El niño, con los ojos llenos de lágrimas, comenzó a temblar y me dijo que tenía que regresar a su labor.

Yo lo acompañé de vuelta a su trabajo y su padre me dijo que no volviera a ese lugar, pues distraía a los niños y ellos debían continuar la jornada. No había lugar para un discurso sobre derechos, pues era obvio que el niño sufriría las consecuencias de cualquier cuestionamiento.

Sólo atiné a estirar mi mano para despedirme del  niño y él estiró la suya. Juntamos nuestros dedos y se entrelazaron con fuerza. Nunca más volví a saber de él, pero siempre lo recuerdo cuando contemplo el ladrillo de mi ciudad. De la misma manera, pienso en los miles de niños y niñas que como él se mutilaron sus manos en el silencio cómplice de una ciudad que crece.

domingo, 3 de agosto de 2014

La entrevista

Me tomó un par de horas arreglarme para la entrevista. Tenía los requisitos básicos de la posición a la que aplicaba, pero sabía que la competencia era fuerte. Además, confiaba en mi experiencia y encanto personal. Cuando llegué a la sala de espera, vi que había otras personas interesadas en la posición, pero esta era mi oportunidad y nada podía echarla a perder.
 
Por fin escuché mi nombre y me hicieron pasar a la sala de juntas. Habían tres personas elegantemente vestidas que me recibieron con mucha cordialidad. Después del saludo y de llevar una conversación muy amena sobre el clima y el tránsito, iniciaron las preguntas de rigor.
 
Empecé a hablar sobre mi experiencia y estudios y la terna calificadora me bombardeaba con preguntas relativas al trabajo que tendría que realizar. No había llegado a la mitad de la entrevista cuando sentí que había algo en el ambiente que irritaba mi nariz. No sé si el perfume o colonia de alguno de ellos o el desinfectante del piso o el polvo del salón, pero algo provocó que estornudara.
 
Todos respondieron con un "salud" como la normas de cortesía lo demandan. Luego seguí adelante con mis respuestas, pero nuevamente otro estornudo me tomó por sorpresa y otra vez el "salud" apareció en la mesa.
 
Yo seguí respondiendo a sus preguntas, pero la sensación de estornudar continuaba y no la podía reprimir. Achú tras achú, era imposible de frenar y aunque después da cada  estornudo me disculpaba con la audiencia, mis interlocutores no me volvieron a decir "salud" después del tercer estornudo.
 
La entrevista siguió su curso, pero yo seguía lidiando con los estornudos; era la primera vez que me ocurría algo así. Saqué de mi bolso un pañuelo y apreté mi nariz con fuerza para parar los estornudos, pero todo era imposible.
 
A esa altura de la entrevista, estornudando cada tres segundos, mi atención estaba centrada en cómo detenerlos, aunque el panel seguía preguntando. Yo me sentía avergonzada y agotada por tanto estornudo. Del desespero, respondía a sus preguntas de una forma resumida para evitar estornudar más frente a ellos.
 
El tiempo se hizo eterno y no entendía cómo querían seguir adelante con la entrevista con  alguien que a duras penas podía responder a sus preguntas entre estornudos. De hecho, daba la impresión que no notaban que yo estuviera estornudando o en una fase de desespero.
 
Como no veía que la entrevista fuera a terminar, decidí levantarme y me excusé para ir al baño. Al mirarme en el espejo del baño, vi los estragos: la nariz roja  y los ojos hinchados. Llené el lavamanos con agua fría y metí mi cara en el agua unos minutos. Esto me refrescó un poco y me sentí aliviada.
 
Luego volví a la sala y en el trayecto eché una mirada a los demás postulantes. Recordé el objetivo que me había propuesto para el día y no podía dejarme ganar por los estornudos. Al regresar al salón, el panel siguió haciéndome preguntas y los estornudos se hicieron presentes de nuevo.
 
Era obvio que había algo en el ambiente que me causaba esa alergia imprevista. Así que para manejar mejor la situación y no caer en responder con monosílabos a sus preguntas, esperaba a que pasara el estornudo, tomaba aire, respondía rápidamente y en la pausa dejaba salir el siguiente estornudo.
 
Empecé a pasearme por la sala buscando el foco que causaba mi tragedia interna. Me acerqué a cada uno para ver si se aceleraban los estornudos; hice el mismo proceso con las cortinas y con unas flores buscando una causa.
 
Después de mi exhaustiva investigación por todo el salón sin obtener ningún indicio, recordé que en el colegio nos habían dicho que durante una batalla un emperador le hablaba a sus soldados y uno de ellos estornudó. El emperador interpretó este estornudo como una señal favorable de los dioses.
 
Por tanto, al igual que la audiencia, hice caso omiso a la alergia hasta que concluyó la entrevista. Cuando salí a la calle la alergia paró para siempre y una semana más tarde recibí una llamada en la que me indicaban que había sido seleccionada para el cargo confirmando que mi hipótesis era buena.