domingo, 27 de julio de 2014

Herencia

Cuando veo alguna paca o tienda de ropa de segunda mano, siempre recuerdo la sonrisa amplia y hermosa de Chinquinquirá, aunque le faltaban algunos dientes a causa de su edad. Ella se encargó de presentarme a su familia, hablarme de sus sueños, compartirme su vida y abrirme espacio en su corazón.

En sus grandes ojos negros revelaba su ternura y bastaba saludarla para que se abalanzara a mi cuello y me besara repetidas veces. Me abrazaba fuertemente, como si el momento fuera eterno.

Su casa, una pieza de cinco metros cuadrados con piso de tierra y construida con cartón y lámina, tan solo contaba con dos camas y una cocineta. La letrina, ubicada a unos metros afuera del cuarto, estaba forrada con plásticos de los que regalan los almacenes de cadena. 

Chiquinquirá vivía con su mamá y un hermano. Su madre lavaba, planchaba y arreglaba ropa. También pedía ropa usada de puerta en puerta en los barrios elegantes en donde a veces la dejaban entrar y luego la vendía. 

Había ropa por doquier. Ropa vieja, usada, dañada, de mal olor, ropa que tal vez nunca utilizaban, ropa de todos los colores y tamaños; lo único cierto es que la ropa era su riqueza.

Para sentarse en alguna de las camas, había que correr una montaña de ropa. Había que tener cuidado de no tumbarla al piso pues, por la lluvia, dentro de la casa había un lodazal imposible de sortear.

Pero la familia sabía que la ropa era su riqueza y sacaba provecho de ella con retazos y ropa descartada. Por lo tanto, se podía observar que en cada rincón de la casa los retazos eran parte del entorno. Fácilmente se decubría que esta ropa se usaba para las cortinas de la casa, para tapizar una silla, para colchones mullidos, para juguetes, para una pelota de trapo, tapetes, manteles... incluso ayudaban a no dejar entrar el aire que se colaba por entre las láminas. 

Un día, Chiquinquirá y su hermano, aprovechando mi visita, hacían guerra con la ropa y se botaban de una cama a otra persiguiéndose. Su mamá no podía detenerlos pues estaba a punto de dar a luz y sin fuerzas. Sin embargo, estaba contenta  pues ese bebé, como todos, "vienen con más ropa debajo del brazo".

Después de 10 años, Chiquinquirá me cuenta que es madre soltera y quiere que conozca a su hijo y que le lleve ropa vieja. Quiere narrarme sus historias, sus miedos y luchas y cómo después de la muerte de su madre ella ha heredado el emporio de ropa vieja que seguirá siendo la herencia y  la riqueza de la siguiente generación.


 

domingo, 20 de julio de 2014

Septiembre


Abel se peina con los dedos su cabellera ondulada y negra y arregla el cuello de su chaqueta. A pesar de que no puede evitar que le suden las manos y sienta temor de que alguien lo vea, su figura resuelta toca la puerta. Tiene confianza en sí mismo y una gran energía que lo cobija.
 
Toca nuevamente la puerta. Zaib frente al espejo, escucha desde dentro, pero no se afana en abrirla. Se mira fijamente al espejo y se ve encantadora. Siente que con su mirada lo puede todo. Nuevamente el aldabón hace sonar el frío hierro. Zaib acomoda sus rizos y le da brillo a sus labios. Camina hasta la puerta y torna sus ojos como pidiéndole al cielo que le conceda lo mejor para este encuentro.
 
Abel se siente impaciente. Ocho días atrás, en medio de un bombardeo, se habían declarado su amor, un amor que ambos sentían desde el momento en que se conocieron y ahora era imposible esconder. Sonreía al recordar el momento en el que se conocieron, cuando sus miradas se cruzaron. Descubrieron que cada cual defendía una bandera diferente, por eso pasaron largas horas explicando las razones que los llevó a empuñar su bandera.
 
Durante un largo año de encuentros y desencuentros, en el que ninguno de los dos expresaba sus sentimientos, se enfocaron en conocer sus argumentos. Esto los condujo a cuestionar sus propios ideales y dejar atrás su fanatismo, porque ambos coincidían en que las consecuencias de la guerra les había traído a ambos grandes dolores y pérdidas.
 
Zaib abrió la puerta y expresó algunas palabras aceleradas sin sentido. Abel dio un saludo corto y le dio un beso en la mejilla. Se sentía sorprendido por la desenvoltura de Zaib; a pesar de tener su misma edad, aparentaba ser más madura que él.
Zaib cerró la puerta y lo condujo  al cuarto del fondo sin formalismos de ninguna clase. Él la seguía con la mirada, la encontraba hermosa, llena de vida y sueños; sueños que él iba perdiendo desde su entrada al ejército.
 
Zaib vivía en una escuela que ahora era un albergue y se encargaba de cuidar a algunos niños huérfanos; sentía que el espacio era acogedor, pero a Abel toda la casa le parecía horrible; de hecho no la veía nada acogedora, pero eso no le importaba, lo único interesante era ella.
 
Se sentaron e iniciaron una conversación bastante animada, aunque ninguno de los dos prestaba atención a lo que hablaban. Sus corazones estaban conectados en descubrir los rasgos, ademanes y detalles del otro.
 
Zaib le comentó a Abel los retos que tenía con los huérfanos y su frustración por no poder lograr resultados.
 
Esa frustración fue la disculpa perfecta para que Zaib llorara y desahogara su rabia y dolor en contra de esa guerra absurda. Abel se acercó a ella y la consoló. De alguna forma se sentía responsable por tanta barbarie. La abrazó tiernamente. Luego le besó su cabellera, el cuello, su mejilla y por fin logró alcanzar esa boca que desde hace meses había querido besar. Zaib respondió a su beso, el cual pasó de tierno a pasional.
 
Ambos sentían que sus bocas se fundían como si fueran parte del otro. El beso se hacía suyo, se hacía música y legitimaba el amor que vivían. Se extasiaron en aquel beso por largo tiempo e hicieron caso omiso del zumbido del bombardeo que permitía a las personas salir corriendo y esconderse. Solo tomaron sus banderas y se abrazaron.
 
Días después, entre los escombros, los encontraron y esta historia septembrina, como muchas otras similares, fueron parte de las semillas que contribuyeron a repensar un camino dialogado hacia la paz.



 

domingo, 13 de julio de 2014

Por ahí

Soy una mujer y por nada del mundo cambiaría esta condición, aunque debo confesar que algo que envidio de los hombres es la facilidad para orinar de pie.

Parte de mi trabajo consistía en visitar comunidades campesinas y muchas veces debía caminar largas horas por veredas antes de encontrar una escuela o una casa en donde se tuviera un baño o al menos una letrina. Desafortunadamente, en muchos casos, cuando arribaba al lugar de destino, me encontraba con la noticia de que no había baño y era cuesion de buscar un lugar "por ahí".

Aunque en el campo la nauraleza es amplia y hay un millón de posibilidades de encontrar un lugar, no siempre es sencillo. Primero hay que buscar un lugar seguro e íntimo donde nadie pueda verte. Segundo, verificar que el lugar elegido no tenga elementos sorpresa, porque en plena función no se puede salir corriendo si se pisa un hormiguero, aparece un sapo o una serpiente o te roza una hoja que atente contra tu vida, como la ortiga. Por último, acuclillarte sin perder el equlibrio para cumplir con esta función natural.

Después de hacer este proceso de forma repetitiva ya me sentía una experta y no me tomaba mucho tiempo decidir el "por ahí".

Un día fui a una comunidad, cuyos líderes estaban firmando un acuerdo para el cese de la violencia. El lugar elegido fue el límite comunitario, donde no había casas, ni escuela, ni siquiera árboles o arbustos. Simplemente era un lugar abierto, neutral, para dar posibilidad a las partes de resolver sus conflictos. 

Los líderes llevaron algunas sillas plásticas, que se colocaron en medio de la nada para las conversaciones, y unas ollas de barro con una bebida alcohólica no destilada hecha a base de plátano. A esta bebida la llamaban "Alcides".

También llevaron una vaca, clavaron una estaca como a unos diez metros del lugar y la amarraron allí. Porque al final, si todo salía bien, la vaca sería sacrificada y las dos comunidades harían una celebración. Éramos 10 o 12 personas y sólo estábamos dos mujeres: una señora que tenía a su hijo de 8 años a la par, quien tomaba las notas, y yo.

Se inició la reunión, retomando el contexto histórico, narrando las dificultades vividas, los horrores de sus actos violentos y las formas de reconstruir la paz.  Mientras cada líder habalaba, se iba rotando el cuenco con el "Alcides".

Con tanto "Alcides", las ganas de orinar se incrementan y los hombres se alejaban del grupo unos metros, orinaban y volvían al lugar. Mi vejiga estaba llena y sobrepasaba el umbral de retención. Era imposible aguantar más, así que empecé a considerar mis posibilidades: el entono estaba desierto, no tenía opción de esperar más, así que mi única alternativa era hacer lo que ellos hacían o esconderme detrás de la vaca. 

La vaca estaba sentada y dormida, era lo suficientemente grande para taparme, así que no lo dudé. Me levanté decidida, me oculté detrás de la vaca, vi que este era un lugar seguro y no vi ningún elemento sopresa, así que me acuclillé y liberé el líquido.

En el momento en que comencé a orinar, el ruidito asustó a la vaca, que mugió y se levantó asustada atrayendo la atención del grupo. Cuando me vieron acuclillada, no tuve otra opción que mover mi mano en señal de saludo y terminar lo que había comenzado llena de vergüenza y con mi dignidad herida.

Mientras me vestía, le vociferaba a la vaca por su poca complicidad. Al regresar no mencionaron nada, sólo dijeron que ya podíamos proceder a la firma del acuerdo y le dijeron a la señora que fuera a avisar a la comunidad. La señora codeó al niño y le dijo: "avísales". El niño se levantó y preguntó a la mamá: "¿les digo que la seño asustó a la vaca?" La madre respondió: "No, que ya  pueden venir a la celebracion". En ese instante todos se carcajearon por lo ocurrido y no tuve más remedio que reír con ellos. Desde entonces envidio esa opción de orinar de pie.

 

domingo, 6 de julio de 2014

Caminata ecológica

Con el deseo de cambiar de ambiente y conectarnos con la naturaleza, decidimos hacer un paseo por un sendero ecológico. El sendero quedaba en las afueras de la ciudad, en una zona boscosa que garantizaba un encuentro grato con la naturaleza. Tendríamos la oportunidad de ver ardillas, monos y diferentes clases de pájaros.

La recomendación era ir en grupo y con un guía, aunque el camino estaba bien marcado. En su recorrido de ocho kilómetros, tenía algunas estaciones de descanso con mapas y unos troncos para sentarse. También se podía disfrutar de unos culumpios gigantes y puentes colgantes con una vista sensacional.

Cuando iniciamos el recorrido, nos unieron a un grupo de la tercera edad que durante el trayecto cantaba alabanzas; así que dada nuestra juventud e ímpetu aventurero, decidimos tomar la delantera y seguir el camino por nuestra cuenta, dejando atrás al grupo y al guía.

La caminata era agradable y en un punto del sendero vimos una cascada cercana, así que nos desviamos para tomar fotos y remojarnos los pies. Después intentamos volver al sendero, pero no lo encontramos. Incluso perdimos de vista la cascada y los puntos de referencia que teníamos. La angustia empezó a hacer parte del paseo.

Sentíamos que los espacios abiertos nos alejaban y por eso decidimos meternos en la vegetación mas cerrada con la idea de estar acortando camino y volver al sendero.

Sin embargo, esta decisión era una locura, pues teníamos que luchar con los arbustos y abrir camino con nuestros cuerpos. Para pasar con mayor velocidad, era más facil caminar agachados por aquel túnel espeso de vegetación. En un momento, llegamos a un claro del bosque y sentimos alivio pensando que habíamos llegado al sendero, pero no fue así. Seguíamos perdidos.

Aproveché para estirar la espalda, pero apenas lo hice sentí un golpe en la cabeza. Era como si me hubieran lanzado una piedra. Me agaché para corrobar qué era y descubrí que me habían golpeado con un chontaduro. No hizo falta más análisis, pues empezó una lluvia de chontaduros y una gritería impresionante que nos apabullaron. Se trataba de una manada de monos que nos atacaron por invadir su lugar.

Huímos por donde llegamos muertos de miedo por los monos que nos atacaban. En la carrera, perdimos la botella de agua que nos garantizaba la hidratación y los ánimos estaban caldeados entre nosotros, pues cada quien quería liderar el rumbo y a esa altura no había acuerdos.

Cuando arribamos a un lugar seguro, me tumbé exhausta en el prado, mientras mis compañeros discutían cuál camino tomar. Yo sólo deseaba estar en casa y dormir. Mi cuerpo agradecía esta posición de descanso, en especial mi rodilla que justo quedó sobre un montículo acolchonado. En un par de minutos, comprendí que el montículo era una colonia de hormigas cuando sentí que me picaban por dañar su terreno. Di un salto y comencé a gritar y zarandearme para quitarme el ejército de hormigas, pero sus mandíbulas eran tan fuertes que salí corriendo sin rumbo hasta llegar a la cascada, en donde pude deshacerme de la mayoría.

Mis amigos corrieron detrás de mí y, al verme en el agua luchando contra las hormigas, se rieron, se metieron tambien en el agua y me abrazaron con alivio por haber encontrado de nuevo el punto inicial en que nos distanciamos del sendero.

Agotados por lo sucedido, sin saber para dónde ir, el cántico de los abuelos irrumpió en el bosque. Escuchamos sus voces y apresuramos el paso rogando que no se quedaran en silencio para poder encontrar de nuevo el sendero. 

Finalmente los encontramos. Al vernos mojados, embarrados, cansados y con lágrimas en los ojos, no hubo necesidad de disculparnos por nuestra jactancia juvenil, pues era obvio que habíamos pasado un mal rato. El resto del recorrido contamos nuestra historia varias veces, cada vez con nuevos detalles entreteniendo al grupo hasta el final del recorrido.