A sus 20 años, la habían nombrado directora de un centro nutricional. Dada su corta edad, esto marcaba un hito en su currículo. Era su primer trabajo y sus familiares y amigos se alegraban de que desempeñara el puesto más alto de aquella institución.
Lo que nadie sospechaba era que no tenía personal a su cargo y le pagaban menos que a una encargada de servicios generales. Sus funciones iban desde limpiar los baños, ser maestra, cocinera, así como encargarse de la recaudacion de fondos, finanzas y decisiones estratégicas para que la institución funcionara.
Aceptar este cargo implicaba vivir en un barrio popular y ser la responsable de la nutrición de un grupo de cien niños y niñas, cuyas edades oscilaban entre los tres y cinco años.
En su primer día de trabajo, la transición con la directora saliente tomó menos de diez minutos. Tan solo le hizo entrega del inventario que podía observarse a simple vista y le indicó que en la olla gigante había sopa preparada; en la otra, arroz; y que en pocos minutos, las familias llegarían por su almuerzo.
La directora se quedó absorta al no recibir ninguna instrucción adicional y vio cómo la mujer tomó sus maletas, atravesó el umbral de la puerta y su imagen fue desapareciendo en el horizonte. El sonido de metal y plástico la sacó de aquel letargo, y reaccionó ante una larga cola de personas con ollas y platos que reclamaban su almuerzo.
La directora cerró la puerta de la casa, abrió la ventana de la cocina y empezó a repartir la sopa y el arroz a las personas de la fila. Mientras repartía el almuerzo, se sentía abrumada por las quejas de la gente que exigía más del almuerzo gratuito y por llevar a cabo una labor que no coincidía con sus expectativas.
Cuando las existencias de arroz y sopa se agotaron, cerró la ventana mientras escuchaba abucheos y quejas de quienes no lograron obtener el alimento. La directora se sentó en el piso apoyando su espalda contra la pared y las lágrimas brotaban como un grifo de agua abierto sin intención de cerrarse y con la idea de huir de aquel lugar.
Unas horas más tarde, cuando el agua aún brotaba por sus ojos y estaba reorganizando las cosas para abandonar el lugar, sonó el teléfono. Era su jefe, quien le preguntaba si había encontrado todo en orden. La directora titubeó al responder y luego le pidió a su jefe que le confirmara si su misión era garantizar la nutrición de aquella niñez. La respuesta la llenó nuevamente de energía y, pese al sistema establecido en aquel lugar, tomó un marcador y escribió una cartel que rezaba: "no habrá más entrega de almuerzos".
Al día siguiente, las personas llegaban y protestaban al leer el letrero. Algunas regresaron a sus casas y otras permanecieron allí esperando por explicaciones. La joven directora presentó un plan que enfantizó en la necesidad de hacer cambios: en vez de entregar almuerzos, iniciarían un jardín infantil que garantizara educación y nutrición para la niñez. El proceso no fue fácil, pero la pasión y energía que le imprimió fue suficiente para ver resultados favorables y duraderos tres años más tarde.


