domingo, 28 de septiembre de 2014

Momento decisivo

A sus 20 años, la habían nombrado directora de un centro nutricional. Dada su corta edad, esto marcaba un hito en su currículo. Era su primer trabajo y sus familiares y amigos se alegraban de que desempeñara el puesto más alto de aquella institución.

Lo que nadie sospechaba era que no tenía personal a su cargo  y le pagaban menos que a una encargada de servicios generales. Sus funciones iban desde limpiar los baños, ser maestra, cocinera, así como encargarse de la recaudacion de fondos, finanzas y decisiones estratégicas para que la institución funcionara.  

Aceptar este cargo implicaba vivir en un barrio popular y ser la responsable de la nutrición de un grupo de cien niños y niñas, cuyas edades oscilaban entre los tres y cinco años.

En su primer día de trabajo, la transición con la directora saliente tomó menos de diez minutos. Tan solo le hizo entrega del inventario que podía observarse a simple vista y le indicó que en la olla gigante había sopa preparada; en la otra, arroz; y que en pocos minutos, las familias llegarían por su almuerzo.

La directora se quedó absorta al no recibir ninguna instrucción adicional y vio cómo la mujer tomó sus maletas, atravesó el umbral de la puerta y su imagen fue desapareciendo en el horizonte. El sonido de metal y plástico la sacó de aquel letargo, y reaccionó ante una larga cola de personas con ollas y platos que reclamaban su almuerzo.

La directora cerró la puerta de la casa, abrió la ventana de la cocina y empezó a repartir la sopa y el arroz a las personas de la fila. Mientras repartía el almuerzo, se sentía abrumada por las quejas de la gente que exigía más del almuerzo gratuito y por llevar a cabo una labor que no coincidía con sus expectativas.

Cuando las existencias de arroz y sopa se agotaron, cerró la ventana mientras escuchaba abucheos y quejas de quienes no lograron obtener el alimento. La directora se sentó en el piso apoyando su espalda contra la pared y las lágrimas brotaban como un grifo de agua abierto sin intención de cerrarse y con la idea de huir de aquel lugar.

Unas horas más tarde, cuando el agua aún brotaba por sus ojos y estaba reorganizando las cosas para abandonar el lugar, sonó el teléfono. Era su jefe, quien le preguntaba si había encontrado todo en orden. La directora titubeó al responder y luego le pidió a su jefe que le confirmara si su misión era garantizar la nutrición de aquella niñez. La respuesta la llenó nuevamente de energía y, pese al sistema establecido en aquel lugar, tomó un marcador y escribió una cartel que rezaba: "no habrá más entrega de almuerzos".

Al día siguiente, las personas llegaban y protestaban al leer el letrero. Algunas regresaron a sus casas y otras permanecieron allí esperando por explicaciones. La joven directora presentó un plan que enfantizó en la necesidad de hacer cambios: en vez de entregar almuerzos, iniciarían un jardín infantil que garantizara educación y nutrición para la niñez. El proceso no fue fácil, pero la pasión y energía que le imprimió fue suficiente para ver resultados favorables y duraderos tres años más tarde.


 



domingo, 21 de septiembre de 2014

Apuesta de caballos


Fabián y Sonia habían llegado a la finca de sus tíos. Les encantaba este lugar, pues allí tenían la oportunidad de hacer cosas diferentes a las que hacían en la ciudad. Lo que más les gustaba era pasar horas en el establo donde había varios caballos y podían acicalarlos, montarlos y mantener una comunicación con ellos. A su edad, ya los dejaban ir solos y cabalgar por la pradera. 

Cada uno preparó su caballo, pusieron la montura, el cincho y las riendas. Fabián retó a Sonia a realizar una carrera y ella aceptó con gusto. El primero en llegar a la laguna ganaba.

Apenas inicaron la carrera, Fabian tomó ventaja. Sonia apretaba con fuerza sus pantorrillas y taloneaba al caballo para que galopara más rápido. Su caballo empezó a sacarle ventaja a Fabián, pero él, para no dejarse ganar, taloneó de nuevo a su caballo adelantándose un poco. 

Sonia se levantó en los estribos para reacomodarse, pero notó que la silla se iba a un lado. El cincho no quedó bien puesto y la hebilla se abrió. La silla comenzó a resbalarse del caballo y Sonia asustada por intentar agarrar el cincho perdió las riendas y, para no dejarse caer, se agarró de la crin del caballo.

El caballo galopaba desbocado e iba perdiendo a su paso todos los aditamentos; al sentirse libre, crecía su brío y fuerza, pero Sonia no se soltaba del cuello y se aferraba a él como una garrapata.

Su hermano alcanzó a ver el apuro en el que se encontraba Sonia y trató de alcanzarla para frenar al caballo y salvar a su hermana; pero entre más se acercaba al caballo, más se violentaba.

Sonia resistió con estoicismo y el caballo, al llegar a la laguna, redujo la velocidad; cuando Sonia vio el borde de la laguna, se dejó caer. Su hermano llegó unos instantes después y la encontró sentada en la orilla: trataba de calmar su risa nerviosa mientras le decía "te gané".

El caballo se acercó a ellos y relinchó brioso; lo que ellos interpretaron como una exigencia de libertad. Fabián tomó al otro caballo, le quitó la montura y las riendas y los dos caballos emprendieron huida por un camino desconocido.

Sonia y Fabián regresaron a la casa intentando explicar a sus tíos cómo los caballos apostaron una carrera con ellos y se habían ido victoriosos.

 

domingo, 14 de septiembre de 2014

El baúl

Las musas me habían abandonado y no tenía material para escribir. Intentaba repasar mi vida para recordar alguna anécdota o cuento que llegara a mi imaginacion, pero nada sucedía, todo en mi cabeza estaba en orden, limpio, en blanco. No había vestigios de alguna pieza o hilo conductor que me ligara a algún recuerdo. Era como si viviera un transtorno de la memoria más que un olvido pasajero. 

La única forma de recuperar mis recuerdos era revisar el baúl. Allí guardaba mis papeles, cuadernos y pequeñas notas escritas en pedazos de papel o servilletas. Ese baúl era mi apoyo, mi punto de encuentro con mis ideas, mi soporte y refugio para mis recuerdos. Ese baúl era mi referencia, mi lugar secreto para guardar cartas, tarjetas, fotos y, lo más importante, los pequeños papeles con ideas, muchas ideas de proyectos y sueños.

Solo verlo me producía una gran emoción, era como entrar en un bosque lleno de plantas de miles de formas y colores. Su cerradura era muy antigua y sencilla de abir. No necesitaba de candado, pues no me preocupaba que fuera inseguro y pudiera ser visto por otros, lo importante era que no se fueran las ideas y que lo que guardaba permaneciera allí. Apenas lo abría, se sentía un aroma a papel viejo y chocolate, pues también era el lugar ideal para dejar chocolates que acompañaran mi lectura. 

Pero ahora ni siquiera recordaba donde estaba el baúl. No sabía en qué lugar lo había  dejado después de tantas mudanzas y cambios. Estaba segura de que no podía haberlo dejarlo a la deriva, puesto que el baúl hacía parte de mí. No creía que se lo hubieran robado, pues solo me hacía sentido a mí.

Las grandes tragedias vividas, como el incendio, no lograron quemarlo, porque no recuerdo el olor de papel o cenizas volando. Tampoco recuerdo que fuera afectado por la inundación, pues la humedad carcome las cosas y ya lo habría notado.

Después de mucho buscar, hoy por fin lo encontré. Estaba intacto, parecía como si alguien lo hubiese cuidado por mí. Se veía brilante, como nuevo. Cuando me acerqué y toqué su cerradura, dudé por un instante que fuera mío, pero, al abrirlo, ese olor característico me devolvió mi sonrisa y comprendí que jamás lo había extraviado, pues siempre fue producto de mi imaginación.



domingo, 7 de septiembre de 2014

Fraternidad momentánea

De regreso a casa, después de una ardua labor, me sentía satisfecha por el trabajo realizado y con ganas de abrazar a los míos.

El vuelo había salido a tiempo y la hora del trayecto se fue pasando rápidamente.
La visibilidad era grandiosa y lograba contemplar las montañas, los ríos y las ciudades a su paso. La luz del sol nos acompañaba y se sentía el calor de sus rayos en la cabina creando una atmósfera de paz y tranqulidad.

Cuando nos fuimos acercando a nuestro destino, el capitán del avión llamó nuestra atención diciendo que las condiciones climáticas en la ciudad no eran las adecuadas y teníamos que aterrizar en otra.

Este mensaje provocó un pesar colectivo y la gente empezó a compartir sus sentimientos de tristeza, rabia y decepción por no llegar a su destino. 

Mientras cada quien murmuraba su sinsabor, un pitido chillón silenció a los pasajeros y escuchamos una discusión, que no debimos escuchar, entre el piloto y el copiloto. Claramente estaban en desacuerdo por la decisión de aterrizar en una ciudad diferente.

La discusión versaba sobre la posibilidad o no de aterrizar en ese instante y las consecuencias de atravesar o no una nube negra que impedía la visibilidad. Nuevamente escuchamos al capitán decir en tono de poco amigos: "Señores pasajeros, les informo que aterrizaremos en la ciudad de destino, pero no me hago responsable de lo que pase".

Justo en ese instante, cuando nos preguntábamos qué podía pasar, el avión entró en la nube negra, la cabina se oscureció y el avión se estremeció de tal forma que se abrieron algunos compartimentos y se cayeron algunas maletas. El pánico se apoderó de la gente como un virus y los rezos y gritos auguraban el fin de la vida a 10 mil metros de altura. Los "te amo" y los "perdón" se hicieron escuchar y el miedo nos unía como si fuéramos amigos.

Tras cruzar la nube todo volvió a la calma. El capitan siguió el protocolo de aterizaje y cuando tocamos tierra respiramos hondo. Algunos pasajeros denunciaron el hecho y otros salimos del avión como si nada hubiera pasado. Nuevamente pasamos a ser extraños, nadie quería recordar cómo, en un segundo de pánico colectivo, se había perdido la compostura.