sábado, 25 de enero de 2014

Aparición

Estaba sentada en mi oficina firmando algunos documentos de interés institucional y tomando un rico café. El sol de la tarde caía sobre la ventana y el clima se sentía agradable. Estaba concentrada en mi labor cuando noté que alguien me miraba. Alcé la vista y vi que una pequeña niñade unos 8 añosme estaba mirando fijamente con sus codos apoyados en mi escritorio y sus manos sosteniendo su linda carita. Me pareció algo pálida.

 

Al vernos a los ojos me dijo: "¿Qué haces?". En ese instante repasé en mi mente si era la hija de alguno de la oficina y sólo atiné a decirle: "Hola, ¿quién eres tú?"Creo que mi pregunta la inquietó y salió corriendo.

 

Sentí pena de haberla asustado y salí detrás de ella para alcanzarla y charlar con ella. Sin embargo, cuando salí al corredor la vi en el fondo, pero no corría, simplemente flotaba,y no alcanzaba a ver sus piernas. Su imagen era difusa, transparente y se esfumó.

 

Me quedé petrificada y mi mente buscaba explicaciones coherentes con lo que había visto. Sin duda fue un error, un producto de mi imaginación. Pero fue tan real que sentí su respiración y escuché su vocesita. ¿Cómo pude imaginar algo así?

 

En ese instante una amiga que pasaba por allí, al verme pálida, me preguntó qué me pasaba. No quise dar explicaciones puesto que hablar de la existencia o no de fantasmas es inusual y además lo que uno afirme puede rayar en la locura o la estupidez.

 

Ella me invitó a sentarme y puso sus manos sobre mi cabeza para calmarme. Nuevamente vi a la niña y salté de la silla. Mi amiga preguntó: "¿Qué pasa?". El silencio fue mi respuesta."¿Acaso es esa niña la que te inquieta?". Eso sí era raro, ¿acaso leía mi mente?, ¿o realmente podía ver lo que yo veíaFinalmente confesé lo que observaba y en la confinza de lo que implica un aquelarre, aprendí algunas habilidades para exorizar muchas historias como esta que me habían acompañado hasta esa fecha.



sábado, 18 de enero de 2014

Chihuahua

"El chihuahua es una de las razas más pequeñas", dijo mi padre de camino a la casa de unos amigos. Como buen veterinario, le encantaba hablar de las características de los perros. La visita no solo era para saludar, sino para revisar al pequeño chihuahua que habían comprado. El perro me pareció muy frágil, como un bambi diminuto, con las orejas y los ojos más grandes que el cuerpo, pero con algo de ternura como todo cachorro.

Después del examen de rigor, le colocaron un collar que lo hacía ver más pequeño; empezó a husmear por todos lados. Me inquietaba su ladrido. Era muy agudo y continuo y no dejaba que nadie se acercara. Ladraba para evidenciar que allí estaba, gritarle al mundo sus ideas, no quedarse callado y mostrar su fiereza. 

Unos minutos después, las hijas del dueño me invitaron a salir al parque para pasear al chihuahua. El perro ladraba sin cesar y espantaba a quienes querían acariciarlo.
En el parque había un viejo pastor alemán, que paseaba con tranquilidad. Se veía noble y dulce. El pastor se acercó al chihuahua y se sentó en frente de él como contemplándolo. El chihuahua ladraba y ladraba y el pastor solo lo observaba. 

Después de escuchar con atención los ladridos del chihuahua, el pastor, sin moverse, ladró. Su ladrido no fue fuerte, parecía que le contestaba al chihuahua con una sola palabra y el "guau" del pastor enmudeció al chihuahua. Más que enmudecerlo, lo dejó petrificado. Las niñas alzaron al chihuahua y regresamos corriendo a la casa, en donde mi papá verificó que su corazón se había detenido tras un paro cardiaco. "El Chihuahua no solo es pequeño, es de corazón frágil", fueron las palabras de mi padre cuando lo auscultó. Las niñas empezaron a llorar y el "guau" del pastor se quedó grabado en mi mente como la palabra sabia que enmudece al charlatán.

sábado, 11 de enero de 2014

Me declaro chiquita

Crecí con la presunción de ser alta. Para quienes me conocen, saben que a duras penas alcanzo los 1.58 m y, gracias a mi abundante y ensortijada cabellera, llego a medir los 1.60 m que indica mi documento de identidad.

En casa se estimuló dicha ínfula cada que alguien me expresaba ideas que reafirmaban mi visión de una persona alta: "por favor, alcánzame esa taza, tú que eres más alta"; "cierra la cortina, que con tu estatura no dañas el riel"; "cambia el foco de la alcoba que seguramente es más fácil para ti" y otra serie de expresiones que emocionaron mi inconsciente haciendo realidad mi conducta como una persona alta. Mi punto de comparación para reafirmar mi realidad fueron mi hermana y mi madre, a quienes superaba por tan solo unos centímetros.

Mi creencia de ser alta creció no solo en el ámbito familiar, sino también escolar. En el salón de clase me esforzaba por sentarme en la parte de atrás para no tapar a los más pequeños y no entendía por qué la profesora siempre terminaba ubicándome al frente. Y cuando nos pedían hacer una fila en orden de estatura, me ubicaba al final de la fila, de donde mis compañeros comenzaban a empujarme hacia adelante hasta que terminaba en el inicio de la fila. Al verme de primeras, mi primer pensamiento era: "que altos somos en este salón de clase". Comprar zapatos altos no era buena idea, pues no quería sobresalir del resto de la gente y mi postura un tanto jorobada era para poder mirar a la gente a los ojos.

Tuvieron que pasar cuatro décadas para comprender que esa no era mi realidad, que hago parte del promedio con tendencia a la baja y que el apodo de Chiqui, que cariñosamente me dice mi esposo, proviene de la palabra chiquita. Ahora disfruto de mi presunción de ser baja.


domingo, 5 de enero de 2014

Punto de partida


Me encanta narrar historias, contar cuentos y, aunque socialmente puedo ser bastante retraída o reservada, debo admitir que cuando tengo oportunidad de contarlas me conecto con mis sentimientos y mi lado creativo.

Los cuentos o historias que comparto surgen principalmente de experiencias que he vivido o de ideas ingenuas o astutas que afloran sin darme cuenta de pequeños detonantes que me rodean. Algunas de estas historias se han vuelto célebres y en ocasiones me piden que las narre nuevamente. 

Por eso decidí lanzarme a escribirlas sin más propósito que regocijarme con ellas y sentir placer al expresarlas. Sin duda, escribirlas es la mejor forma de plasmar mejor mi ideas, sumergirme en mis sueños y fantasías, decantar mis experiencias, expresar lo que siento, dejar una pequeña huella e interactuar con quien las lee.