domingo, 29 de junio de 2014

Margarita

"¿Doña Margarita, me cuida el niño?"
"Aquí le dejo esta ropita para que la lave".
"Mujer, el almuerzo, que tengo hambre".
"Mamá, mamá déjenos jugar un rato más".
"Mamá, Jorge me pegó".
"Margarita, no me falle el domingo".
"Margarita, Margarita, Margarita..."

Me quiere mucho, poquito, nada, me quiere...

Sí, me quieren mis hijos y también él. Mi esposo me quiere a pesar de que cuando bebe me golpea, pero yo sé que me quiere. Han sido tantos años de luchas y bregas. Salir del campo y llegar a la capital, sin trabajo y con siete hijos, no es cosa fácil y hemos estado unidos en esos momentos.

Espero que mis hijos no sigan mis pasos y sus vidas sean felices. Aunque ya todos se han ido organizando y el círculo de la vida se repite en peores condiciones: golpes, tropiezos, más pobreza, menos oportunidades.

Sufro por mis hijos. Ellos en la calle no aprenden nada nuevo y ya no tienen ganas de continuar en la escuela, van agarrrando mañas y vicios y ya les tengo miedo.

No tuve oportunidad de acompañar su crecimiento. Siempre trabajando, lavando ropas ajenas, guisando para los ricos con la recompensa de un mal pago, de un pago que no alcanza para nada o de regalos cuando alguna doña le estorba algo, como aquel viejo radio o la ropa que llevo puesta. En fin, estoy cansada.

Me quiere mucho, poquito, nada, nada, nada.


domingo, 22 de junio de 2014

Inadvertido

Tomás partía de la premisa de que cualquier mortal tiene conciencia de la finitud de su existencia, aunque nadie sabe cuándo le llega el fin. Afirmaba que mientras llega ese momento nos entretenemos en miles de opciones para darle sentido a nuestra vida y por eso se nos olvida ese detalle del tiempo limitado.
 
A sus 66 años, sentía que ya había cumplido con sus metas y por eso decidió descifrar cuándo llegaría el fin de su vida para dejar su testamento y otros asuntos en orden antes de ser acechado por la muerte. No era que tuviera deseos de morirse, simplemente quería prepararse para que la muerte no lo tomara por sorpresa y, aunque sabía que no podría detener ningún tipo de catástrofe accidental, sí podría detectar el final si empezaba a fallarle alguno de sus órganos.
 
Se volvió bastante minucioso en su cuidado personal y cualquier leve cambio lo interpretaba como un síntoma que podría ser el inicio de su desenlace. Revisaba si sus lunares cambiaban de tamaño, se medía los signos básicos: la tensión arterial, temperatura y pulsaciones, y acudía con frecuencia al médico para constatar que sus exámenes de laboratorio no arrojaran información preocupante.
 
Llevar al extremo algún síntoma, le permitía adelantarse a los hechos y por eso, si en su rutina diaria sentía cierta fatiga, asociaba que ésta podría tratarse del inicio de una diabetes, o un dolor de cabeza podría ser un síntoma de un tumor cerebral, o un dolor abdominal podría ser el origen de una peritonitis.
 
Tomás compartía sus ideas con sus familiares y amigos, quienes empezaron a tildarlo de hiponcondriaco. Él refutaba este término, pues su interés y conciencia en la finitud humana distaban bastante de la hipersensibilidad a síntomas inexistentes que de manera infundada podría considerar que padecía una enfermedad grave.
 
Tomás no se sentía enfermo, sólo quería atrapar el inicio de aquello que culminaría su vida. "De algo tendrá uno que morirse", se repetía, "y yo estaré preparado para eso".
 
Así que para no especular sobre enfermedades y la posible relación de éstas con su muerte, su vida como contador quedó relegada, y empezó a visitar la biblioteca para conocer más sobre anatomía y el diagnóstico y tratamiento de enfermedades raras y comunes; y decidió comprarse un vademécum, que se convirtió en su libro de cabecera.
 
Dado que su salud era como la de un roble, para poder seguirle la pista a su consumación y evitar el sarcasmo de sus allegados, decidió continuar con su propósito, pero cambió de estrategia. En vez de autoexaminarse, empezó a observar los síntomas de otros para que el principio de comparación le ayudara a determinar la proximidad de su muerte.
 
Esta aventura lo llevó a ser muy popular entre sus vecinos, a iniciar conversaciones de forma espontánea en un bus o en una cafetería y a abordar personas que consideraba que pudieran estar en un punto sin retorno y que le darían información precisa sobre su propio deceso.
 
Su experimento empezó a salirse de proporción, pues cuando la gente veía su interés en indagar sobre sus síntomas, le pedían consejo y le contaban los resultados de los exámenes y consultas médicas para saber qué opinaba él.
 
Incluso lo llamaban para consultarle sobre dolencias y las personas comenzaron a llamarlo "Doc". Este apodo lo desvió del objetivo trazado, entreteniéndose con las consultas y enfermedades de otros, guiando a las personas a estar atentas a los síntomas y remitirlas al doctor, encontrando para él mismo una nueva meta.
 
Pero para morir sólo basta con estar vivo. La muerte no le dio la oportunidad a Tomás de despedirse, simplemente lo encontró distraído replanteándose su existencia, con una sonrisa en sus labios y creyendo en la eternidad de la vida.

domingo, 15 de junio de 2014

Ilusión


En lo alto de un palo, un ave acicala sus alas y se prepara para volar. El paisaje que se despliega ante ella es inmenso, lleno de colores exuberantes y mundos por descubrir. 

El ave abre sus alas confiada, porque durante su vida ha logrado conquistar sus sueños. Esos sueños en donde remonta las nubes, surca el cielo y se deja llevar por el viento. Esos sueños en donde puede elegir el rumbo y la manera de planear y disfrutar mejor de su vuelo.

Hoy el ave se dispone a volar, pero al abrir sus alas el aire le sabe rancio y el paisaje le aburre ¿Por qué  ya no disfruta su vuelo? 

Talvez había llegado el momento de renovarse, de cambiar sus plumas, de arrancarse el pico para que le creciera uno nuevo y afilar sus uñas. Talvez debía visitar lugares más distantes donde no se sintiera agobiada por la rutina de su vida acelerada o talvez sólo era cuestión de vivir su realidad sin esperar nada a cambio. 

Definitivamente algo no coincidía en sus esquemas y era urgente replantearse la forma de concebir su vida y sentirse a gusto consigo misma. Se alejó de su zona cómoda para cuestionarse su esencia, replantearse sus búsquedas y pensar la manera de lograr un vuelo perenne. 

Cansada de su recorrido, quiso tomar un poco de agua de una laguna cercana. El agua estaba diáfana y cada sorbo no sólo saciaba su sed, sino que en cada trago se daba tiempo para inclinar su cabeza al cielo como dando gracias al universo por ese momento. 

Su acción era tan parsimoniosa que al agachar la cabeza y querer tomar un poco más de agua contemplaba las ondas que había formado y luego veía cómo la laguna volvía a su natural reposo, quedando tan inmóvil como un espejo.

El ave por primera vez pudo ver su reflejo y contemplarse por un largo rato. Tomó conciencia de su aspecto: un plumaje blanco brillante y sedoso; una cresta roja que coronaba su cabeza, un cuerpo regordeto que le daba un aspecto señorial y unas patas y alas cortas. ¿Cómo podían llevarla lejos?

Metió nuevamente su pico en el agua, como queriendo borrar esa imagen, pero nuevamente cuando el agua recuperó su estado, volvió a reflejar su ser. Sus ojos no daban crédito a lo que veía, el ave descubrió que era una gallina.
 

domingo, 8 de junio de 2014

Grito de guerra

La maestra le había pedido a los alumnos de cuarto de primaria que llevaran una maqueta del relieve y sus principales hechos geográficos como parte de la evalaución final de la materia y les aseguró que al mejor trabajo de la clase le daría un punto extra en la nota.

Néstor no sólo quería ganar ese punto extra, sino que lo necesitaba para salvar la materia y poder disfrutar de sus vacaciones con tranquilidad.

Inmediatamente terminó la jornada escolar, se fue corriendo al río a conseguir arcilla para la tarea. No se dejó tentar por sus amigos que le gritaban que lo necesitaban para jugar con ellos un partido de fútbol, ni tampoco jugueteó en el río buscando peces o ranas como era su costumbre. Esa tarde, Néstor sabía que nada podía distraerlo.

En su casa se abrió espacio en la mesa del comedor, sacó una tabla del taller de su papá de las que utilizaba para tapizar muebles y con la arcilla empezó moldear el relieve.

Sus habilidades plásticas no eran muy fuertes y, pese a la flexibilidad del material, Néstor no lograba que las colinas, ríos y volcanes quedaran como él quería. Después de muchos intentos quedó satisfecho con su resultado y, cuando la arcilla se secó, empezó a colorearlo con témperas.

Se preparó un pan con miel y mientras le daba pequeños mordiscos, con la otra mano daba pinceladas a los lugares donde aún la pintura no había penetrado en la arcilla. El olor de la miel atrajo a una mosca que empezó a zumbar sin parar. Néstor, con sus manos ocupadas, intentaba quitarla de la maqueta y que no se acercara a su pan.

Cuando vio que se posó en la esquina de la maqueta, intentó espantarla con el pincel, pero su brazo tropezó con un tarro de pintura roja que empezó a derramarse por la maqueta. Arreglando el desastre con una mano, intentaba dar bocados más grandes al pan, pues la miel se le escurría en la otra mano y la mosca seguía su faena jugueteando entre la cabeza y las manos de Néstor. 

El zumbido de la mosca y la agilidad para anticiparse a la maniobras de Néstor incrementaban su impaciencia. Mientras la mosca saboreaba unas migas de pan que habían caído sobre la maqueta, Néstor lanzó un sablazo con su pincel y alejó a la mosca. De esta manera tuvo tiempo de empezar a limpiar las gotas de miel que habían caido en su trabajo y el desastre de la pintura.

Ocupado en esta tarea, con sus manos llenas de pintura y miel, intentando componer el caos que había causado la mosca, vio que la mosca tomaba impulso para atacarlo, pero sus manos estaban impedidas y sabía que no podían hacer otro movimiento o dañaría aún más el trabajo escolar, así que su último recurso fue tomar aire y lanzar un grito de guerra desde lo más profundo de su ser para intimidar a su atacante.

Su potente grito fue como un rugido y pudo ver frente a sus ojos cómo la mosca intentaba vencer el fuerte viento y sonido de su grito sostenido tirando abajo la teoría de la sordera de las moscas. El aire de sus pulmones se estaba terminando cuando vio que la mosca cayó muerta sobre el charco de pintura roja de su maqueta. Con el pincel corroboró que estaba inerte y decidió dejarla en la maqueta como trofeo de su contienda.

Al siguente día, Néstor esperó a presentar su trabajo frente a la clase para contar cómo había llegado esa mosca a su maqueta, puesto que el hecho de haber matado a una mosca de un grito era una historia digna de contar a esa audiencia y superior a cualquier esfuerzo por ganar la materia.






domingo, 1 de junio de 2014

Campanillas

A sus 83 años, Adela le contaba a sus nietos historias sobre su infancia: la casa en la que vivió, los juegos con sus hermanos, las aventuras en la escuela y las travesuras que hacía.

Sus historias deleitaban a los pequeños y su ánimo revivía en aquellos recuerdos. Incluso ella se admiraba de que a su edad aún recordara detalles con las preguntas de sus nietos y lograra conectar cada uno de sus sentidos con ese instante de su pasado.

Un día, sus nietos fueron a visitarla y le llevaron unas flores silvetres, que ella las conocía con el nombre de campanillas. Inmediatamentamente su mente viajó en el tiempo y recordó que a sus siete años estaba en una competencia con su hermana para saber cúal de las dos recogía más campanillas. Esas flores silvestres sobresalían del prado donde jugaban  y era muy raro verlas. Adela iba perdiendo; apenas tenía dos campanillas en su mano, mientras que su hermana ya tenía cinco.

Su padre, que las acompañaba, les dio la señal de regresar a casa. En ese momento, Adela vio una última campanilla. Ambas corrieron a atraparla y Adela, al ver que su hermana se quedaba atrás, sintió que la victoria era suya. Alcanzó a rozar la campanilla con sus dedos, pero no logró arrancarla, pues unos centímetros antes cayó en un hoyo profundo.

En esa época el lote donde jugaban se había vendido y sin ningún tipo de advertencia comenzaron a cavar los cimientos de una nueva casa.

Metida en la zanja, Adela lloraba por los raspones en brazos y piernas, por la impotencia de intentar escalar la pared de barro lodosa sin ningún éxito, por el olor a humedad que no la dejaba respirar con comodidad y por el miedo producido por la poca luz que había. Cada segundo era una eternidad y mientras gritaba auxilio pensaba que podría encontrarse con algún animal peligroso, que nadie podría sacarla de allí, que los bomberos tardarían mucho en llegar y terminaría asfixiada o que simplemente seguirían construyendo la casa encima de ella. 

Mientras su cabeza giraba en torno a miles de posibilidades, vio que su padre entró en el hoyo para rescatarla. Al salir, sintió que tenía una nueva oportunidad, que su vida tenía un antes y un después de esa caída.

Al llegar a casa su madre limpió sus heridas y al escuchar la historia que su padre y hermana le narraban a su familia supo que su aventura no había durado más de tres minutos, que su padre también había sido víctima del hoyo, que perdió sus campanillas y que su hermana había aprovechado la situación para arrancar la última campanilla completando así la media docena que le regaló a su madre.