"¿Doña Margarita, me cuida el niño?"
"Aquí le dejo esta ropita para que la lave".
"Mujer, el almuerzo, que tengo hambre".
"Mamá, mamá déjenos jugar un rato más".
"Mamá, Jorge me pegó".
"Margarita, no me falle el domingo".
"Margarita, Margarita, Margarita..."
Me quiere mucho, poquito, nada, me quiere...
Sí, me quieren mis hijos y también él. Mi esposo me quiere a pesar de que cuando bebe me golpea, pero yo sé que me quiere. Han sido tantos años de luchas y bregas. Salir del campo y llegar a la capital, sin trabajo y con siete hijos, no es cosa fácil y hemos estado unidos en esos momentos.
Espero que mis hijos no sigan mis pasos y sus vidas sean felices. Aunque ya todos se han ido organizando y el círculo de la vida se repite en peores condiciones: golpes, tropiezos, más pobreza, menos oportunidades.
Sufro por mis hijos. Ellos en la calle no aprenden nada nuevo y ya no tienen ganas de continuar en la escuela, van agarrrando mañas y vicios y ya les tengo miedo.
No tuve oportunidad de acompañar su crecimiento. Siempre trabajando, lavando ropas ajenas, guisando para los ricos con la recompensa de un mal pago, de un pago que no alcanza para nada o de regalos cuando alguna doña le estorba algo, como aquel viejo radio o la ropa que llevo puesta. En fin, estoy cansada.
Me quiere mucho, poquito, nada, nada, nada.

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