En lo alto de un palo, un ave acicala sus alas y se prepara para volar. El paisaje que se despliega ante ella es inmenso, lleno de colores exuberantes y mundos por descubrir.
El ave abre sus alas confiada, porque durante su vida ha logrado conquistar sus sueños. Esos sueños en donde remonta las nubes, surca el cielo y se deja llevar por el viento. Esos sueños en donde puede elegir el rumbo y la manera de planear y disfrutar mejor de su vuelo.
Hoy el ave se dispone a volar, pero al abrir sus alas el aire le sabe rancio y el paisaje le aburre ¿Por qué ya no disfruta su vuelo?
Talvez había llegado el momento de renovarse, de cambiar sus plumas, de arrancarse el pico para que le creciera uno nuevo y afilar sus uñas. Talvez debía visitar lugares más distantes donde no se sintiera agobiada por la rutina de su vida acelerada o talvez sólo era cuestión de vivir su realidad sin esperar nada a cambio.
Definitivamente algo no coincidía en sus esquemas y era urgente replantearse la forma de concebir su vida y sentirse a gusto consigo misma. Se alejó de su zona cómoda para cuestionarse su esencia, replantearse sus búsquedas y pensar la manera de lograr un vuelo perenne.
Cansada de su recorrido, quiso tomar un poco de agua de una laguna cercana. El agua estaba diáfana y cada sorbo no sólo saciaba su sed, sino que en cada trago se daba tiempo para inclinar su cabeza al cielo como dando gracias al universo por ese momento.
Su acción era tan parsimoniosa que al agachar la cabeza y querer tomar un poco más de agua contemplaba las ondas que había formado y luego veía cómo la laguna volvía a su natural reposo, quedando tan inmóvil como un espejo.
El ave por primera vez pudo ver su reflejo y contemplarse por un largo rato. Tomó conciencia de su aspecto: un plumaje blanco brillante y sedoso; una cresta roja que coronaba su cabeza, un cuerpo regordeto que le daba un aspecto señorial y unas patas y alas cortas. ¿Cómo podían llevarla lejos?
Metió nuevamente su pico en el agua, como queriendo borrar esa imagen, pero nuevamente cuando el agua recuperó su estado, volvió a reflejar su ser. Sus ojos no daban crédito a lo que veía, el ave descubrió que era una gallina.

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