domingo, 30 de marzo de 2014

Soñadores


Puerto Bello era una comunidad que nació con la ilusión de hacerle honor a su nombre. Cinco aventureros, conociendo los planes de desarrolllo de la región, comprendieron que ese lugar se convertiría en un punto estratégico para el comercio, porque conectaría el transporte fluvial con la carretera principal, que estaba en construcción.

Me impresionaba la entereza y resulución de estas familias al fundar el pueblo, cuya segunda generación ya estaba jóven y, como dicen las abuelas, en edad de merecer; pero seguían convencidos de que sus esfuerzos serían recompensados en cinco o diez años con regalías, como ya lo habían escuchado de otros lugares.

Desde donde yo vivía hasta Puerto Bello había unos 25 kilómetros, que un medio maratonista puede recorrer en menos de dos horas y que yo tardé siete horas. Estos colonos tardaron días en su primer viaje cargando sus pertenencias y lo necesario para sobrevivir.

Mientras transitaba por el trayecto, pensaba en cómo estas familias habían hecho el viaje. Yo apenas lograba caminar con una mochila en la espalda, sorteaba cañadas, subía y bajaba colinas y hasta escalaba rocas. El camino era impredecible y el guía llevaba un machete para ir abriendo trocha. 

El día en que viajé, llovía a cántaros y la humedad hacía ver más imponente la vegetación. El terreno se volvía más fangoso, de forma que mis pasos eran lentos y requerían de mucha fuerza; cuando sentía que caminaba con libertad era porque mis botas se habían quedado ancladas en el lodazal y tenía que volver a buscarlas.

Los colonos me enseñaron el lugar como si necesitara un mapa turístico, pero con un sólo vistazo lograbas conocerlo. Luego sacaron una copia amarillenta de la oficina de planeación, me regalaron un pedazo de tierra y lo marcaron en el mapa, tal como lo hacían con todo aquel que los visitaba. Me insistían en que podía colocar allí una escuela. Su afán era convencer a otras personas para hacer crecer el caserío y convertirlo en pueblo, pero los planes de desarrollo habían cambiado años atrás y el nombre de Puerto Bello nunca llegó a coincidir con la realidad.


domingo, 23 de marzo de 2014

Desde el ático

Estaba en mi lugar favorito: el ático. Éste tenía una ventana que daba a la calle y desde allí podía contemplar todo el paisaje o simplemente dormir. La casa estaba situada al frente de una avenida concurrida y me gustaba ver los carros que pasaban a toda velocidad y las personas caminando hacia el parque. 
 
De repente, sentí que la temperatura bajaba y parecía como si el tiempo se hubiera detenido. Era extraño no ver pasar a ninguna persona, ni siquiera un carro. Escudriñaba por qué de un momento a otro todo había quedado solo y sin mucha luz. En ese instante, vi a lo lejos dos hombres altos, rubios, con chaquetas de colores vivos y lentes oscuros que se acercaban. Su cara era extraña y daba la impresión de que ellos traían el frío y esa densa niebla que entristecía el paisaje. Miré atentamente cómo caminaban y esperé a que pasaran de largo, pero para mi sorpresa se detuvieron en la casa.
 
Desde allí pude observar que forzaban la puerta principal para entrar. Bajé enseguida del ático para advertir a mi familia de que unos extraños entraban, pero no encontré a nadie. Al parecer todos se habían ido y estaba sola en casa. Los hombres empezaron a destruir todo a su paso. Yo me quedé perpleja mirándolos en silencio cuando ellos se dieron cuenta de mi presencia.
 
Salí corriendo por el corredor y empecé a subir las escaleras. Pude sentir que uno de ellos alcanzó a tocar mi tobillo, pero no logró agarrarme. No entendía por qué me perseguían y sentí más temor cuando vi que empuñaban armas cortopunzantes. 
 
Llegué hasta el ático y me escondí, pero rápidamente me encontraron y me tomaron de los brazos. Empecé a forcejear para que me soltaran y les preguntaba quiénes eran y qué era lo que querían, pero no hablaban. Uno de ellos intentó apuñalarme, pero pude esquivarlo y su cuchillo se clavó en la repisa. Mientras sacaba el cuchillo de la madera, logré botar unos libros y tarros de pintura y puse distancia entre ellos y yo.
 
Bajé corriendo, intenté llamar por teléfono, pero no había señal, así que salí huyendo de la casa en busca de apoyo. Ellos seguían persiguiéndome, pero mientras yo corría como desaforada, ellos tan sólo daban grandes pasos y lograban alcanzar mis talones.
 
A mi paso no veía a nadie en la cuadra, tocaba puertas, gritaba, era como si todo el mundo hubiera desaparecido. Me sentía desfallecer y agarré en dirección al parque con la seguridad de que ya no había salvación y debía rendirme, pues era imposible huir.
 
Cuando por fin llegué, vi a lo lejos dos personas sentadas en los columpios. Entonces la esperanza volvió a mi cuerpo. Por fin encontraba a alguien que podía defenderme de esos hombres. Corrí a su lado para sentirme protegida y al verlos me di cuenta de que ambos estaban degollados y su sangre escurría por el cuello. Los hombres finalmente me alcanzaron, me sujetaron de los brazos y grité con tal fuerza que desperté nuevamente en el ático.

domingo, 16 de marzo de 2014

Venganza en la mira

Las campanadas de la catedral no se escucharon por el fuerte estallido de la bomba. El pitido aturdidor del impacto permitía escuchar el silencio. Mientras unos corrían atemorizados a esconderse sin entender lo sucedido, otros corrían en sentido contrario para ver qué ocurría.

 

La policía intentaba poner orden en medio del caos, asegurar el lugar para establecer que no existían peligros adicionales y buscar pistas para encontrar al responsable del atentado. Las primeras hipótesis arrojaban que era una bomba de baja magnitud colocada en una de las mesas del restaurante Real, situadas al aire libre sobre la vía peatonal.

 

Sólo en la terraza del edificio opuesto a la vía peatonal, un ojo a través de un telescopio sonreía de satisfacción con el resultado. En una maleta guardaba sin prisa el detonador eléctrico y el telescopio. Sacó de su bolsillo la foto instatánea que minutos antes había tomado a la pareja de estafadores que había destruido su vida; la apretó con furia y la dejó caer sin importarle dejar huellas para que lo atraparan.

 


domingo, 9 de marzo de 2014

Devorada por la ciudad

La pastora dormía en medio de sus ojevas. El rebaño la acompañaba a donde fuera. Más que un medio de subsistencia, las ovejas eran su familia. No había duda de que su compromiso por dar la vida por ellas se mantenía intacto. 

El terreno donde creció era amplio y sus ovejas podían pastar desde el riachuelo hasta la colina. Cuando niña, junto a sus padres contemplaba las luces de la ciudad y las contaba. Así aprendió a contar hasta cien. Luego dejó de contar, pues las luces crecían sin parar.

La pastora aprendió con destreza los secretos pastoriles y después de la muerte de sus padres, para perpetuar la sabiduría ancestral, continuó con la venta de lana, leche y una que otra oveja.

Con el paso del tiempo, las ventas empezaron a decaer y, para sobrevivir, vendía pedazos de tierra. En otras ocasiones, perdía terrenos y los litigios con el Estado no los entendía. De esta forma, fue perdiendo espacio y la ciudad terminó por comerse su terreno y quedó confiscada en un lote de tres metros por cuatro.

La pastora y sus ovejas, pese a la invasión urbana, siguieron su vida cotidiana y se adaptaron a los cambios. Ahora caminaba en medio del tráfico y, como los pastos desaparecieron, las ovejas vivían de alimentos biodegradables que recolectaba del mercado o de sus vecinos. 

Visitarla se convertía en un juego de rompecabezas, pues para entrar a su casa y sentarse a charlar tenía uno que hacerse espacio entre las ovejas. Entonces comenzaba un baile al ritmo de balidos donde para dar un paso se mueven dos ovejas y así sucesivamente hasta que finalmente nos acomodábamos.

La gente la creía loca y la criticaba por su ingenuidad. Incluso había una demanda en su contra por tener animales en un barrio residencial, pero pocos sabían que la pastora y sus ovejas fueron las primeras habitantes de estas tierras que quedaban en las afueras de la ciudad y ahora eran el último vestigio de vida campesina que existía en la zona.

domingo, 2 de marzo de 2014

Juro que lo vi

Clasificado 1
 
Busco entomólogo especializado en insectos de la selva tropical que certifique existencia de un insecto cuyas características básicas son las siguientes: del tamaño de un abejorro, alas de escarabajo, cara de ardilla y hormiga a la vez, peludo, de seis patas, fácilmente reconocido por dos brazos pequeños que salen del cuello en cuyas extremidades tienen tres dedos muy hábiles. Ofrezco pago único contra entrega de informe y fotos que acrediten que cuando lo conocí no estaba bajo efectos del yagé, ni fue producto de mi imaginación.
 
Clasificado 2

Busco insecto extraído de su hábitat natural. La última vez fue visto en la frontera entre la selva y la sabana. La portadora del insecto lo llevaba como evidencia de su existencia, pero simplemente desapareció. Si lo encuentra, no tema en acercarse a él, dado que es un insecto amigable y hasta la fecha no se conoce que muerda o pique. Eso sí, vuela. No lo meta en recipientes, pues puede abrirlos con sus deditos; es un gran escapista. Ofrezco buena recompensa y reconocimiento en investigación entomológica. 
 

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