Las campanadas de la catedral no se escucharon por el fuerte estallido de la bomba. El pitido aturdidor del impacto permitía escuchar el silencio. Mientras unos corrían atemorizados a esconderse sin entender lo sucedido, otros corrían en sentido contrario para ver qué ocurría.
La policía intentaba poner orden en medio del caos, asegurar el lugar para establecer que no existían peligros adicionales y buscar pistas para encontrar al responsable del atentado. Las primeras hipótesis arrojaban que era una bomba de baja magnitud colocada en una de las mesas del restaurante Real, situadas al aire libre sobre la vía peatonal.
Sólo en la terraza del edificio opuesto a la vía peatonal, un ojo a través de un telescopio sonreía de satisfacción con el resultado. En una maleta guardaba sin prisa el detonador eléctrico y el telescopio. Sacó de su bolsillo la foto instatánea que minutos antes había tomado a la pareja de estafadores que había destruido su vida; la apretó con furia y la dejó caer sin importarle dejar huellas para que lo atraparan.

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