domingo, 9 de marzo de 2014

Devorada por la ciudad

La pastora dormía en medio de sus ojevas. El rebaño la acompañaba a donde fuera. Más que un medio de subsistencia, las ovejas eran su familia. No había duda de que su compromiso por dar la vida por ellas se mantenía intacto. 

El terreno donde creció era amplio y sus ovejas podían pastar desde el riachuelo hasta la colina. Cuando niña, junto a sus padres contemplaba las luces de la ciudad y las contaba. Así aprendió a contar hasta cien. Luego dejó de contar, pues las luces crecían sin parar.

La pastora aprendió con destreza los secretos pastoriles y después de la muerte de sus padres, para perpetuar la sabiduría ancestral, continuó con la venta de lana, leche y una que otra oveja.

Con el paso del tiempo, las ventas empezaron a decaer y, para sobrevivir, vendía pedazos de tierra. En otras ocasiones, perdía terrenos y los litigios con el Estado no los entendía. De esta forma, fue perdiendo espacio y la ciudad terminó por comerse su terreno y quedó confiscada en un lote de tres metros por cuatro.

La pastora y sus ovejas, pese a la invasión urbana, siguieron su vida cotidiana y se adaptaron a los cambios. Ahora caminaba en medio del tráfico y, como los pastos desaparecieron, las ovejas vivían de alimentos biodegradables que recolectaba del mercado o de sus vecinos. 

Visitarla se convertía en un juego de rompecabezas, pues para entrar a su casa y sentarse a charlar tenía uno que hacerse espacio entre las ovejas. Entonces comenzaba un baile al ritmo de balidos donde para dar un paso se mueven dos ovejas y así sucesivamente hasta que finalmente nos acomodábamos.

La gente la creía loca y la criticaba por su ingenuidad. Incluso había una demanda en su contra por tener animales en un barrio residencial, pero pocos sabían que la pastora y sus ovejas fueron las primeras habitantes de estas tierras que quedaban en las afueras de la ciudad y ahora eran el último vestigio de vida campesina que existía en la zona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario