domingo, 23 de marzo de 2014

Desde el ático

Estaba en mi lugar favorito: el ático. Éste tenía una ventana que daba a la calle y desde allí podía contemplar todo el paisaje o simplemente dormir. La casa estaba situada al frente de una avenida concurrida y me gustaba ver los carros que pasaban a toda velocidad y las personas caminando hacia el parque. 
 
De repente, sentí que la temperatura bajaba y parecía como si el tiempo se hubiera detenido. Era extraño no ver pasar a ninguna persona, ni siquiera un carro. Escudriñaba por qué de un momento a otro todo había quedado solo y sin mucha luz. En ese instante, vi a lo lejos dos hombres altos, rubios, con chaquetas de colores vivos y lentes oscuros que se acercaban. Su cara era extraña y daba la impresión de que ellos traían el frío y esa densa niebla que entristecía el paisaje. Miré atentamente cómo caminaban y esperé a que pasaran de largo, pero para mi sorpresa se detuvieron en la casa.
 
Desde allí pude observar que forzaban la puerta principal para entrar. Bajé enseguida del ático para advertir a mi familia de que unos extraños entraban, pero no encontré a nadie. Al parecer todos se habían ido y estaba sola en casa. Los hombres empezaron a destruir todo a su paso. Yo me quedé perpleja mirándolos en silencio cuando ellos se dieron cuenta de mi presencia.
 
Salí corriendo por el corredor y empecé a subir las escaleras. Pude sentir que uno de ellos alcanzó a tocar mi tobillo, pero no logró agarrarme. No entendía por qué me perseguían y sentí más temor cuando vi que empuñaban armas cortopunzantes. 
 
Llegué hasta el ático y me escondí, pero rápidamente me encontraron y me tomaron de los brazos. Empecé a forcejear para que me soltaran y les preguntaba quiénes eran y qué era lo que querían, pero no hablaban. Uno de ellos intentó apuñalarme, pero pude esquivarlo y su cuchillo se clavó en la repisa. Mientras sacaba el cuchillo de la madera, logré botar unos libros y tarros de pintura y puse distancia entre ellos y yo.
 
Bajé corriendo, intenté llamar por teléfono, pero no había señal, así que salí huyendo de la casa en busca de apoyo. Ellos seguían persiguiéndome, pero mientras yo corría como desaforada, ellos tan sólo daban grandes pasos y lograban alcanzar mis talones.
 
A mi paso no veía a nadie en la cuadra, tocaba puertas, gritaba, era como si todo el mundo hubiera desaparecido. Me sentía desfallecer y agarré en dirección al parque con la seguridad de que ya no había salvación y debía rendirme, pues era imposible huir.
 
Cuando por fin llegué, vi a lo lejos dos personas sentadas en los columpios. Entonces la esperanza volvió a mi cuerpo. Por fin encontraba a alguien que podía defenderme de esos hombres. Corrí a su lado para sentirme protegida y al verlos me di cuenta de que ambos estaban degollados y su sangre escurría por el cuello. Los hombres finalmente me alcanzaron, me sujetaron de los brazos y grité con tal fuerza que desperté nuevamente en el ático.

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