Todos los días almorzaba en el mismo sitio con mis compañeros de trabajo; y en el lugar más discreto del restaurante, se sentaba una pareja de unos 60 o 70 años a tomar café. Generalmente llamaban la atención, pues los besos y caricias que se daban ruborizaba a quienes estaban a su alrededor, e incluso algunas veces la crítica colectiva juzgaba que rayaban en la inmoralidad.
A veces ella llegaba primero, otras veces él y otras al tiempo. La constante era que su pasión se desbordaba ante los ojos de los espectadores.
Desde nuestra mesa sacábamos conjeturas de si se trataba de unos amantes que quizás trabajaban en la misma oficina y este era su espacio liberador e inventábamos historias retorcidas sobre si ella era la jefa y él el subalterno o viceversa y el porqué aprovechaban esa hora del día.
Nuestras conjeturas se basaban en la forma en que se vestían o peinaban, e incluso nos atrevíamos a afirmar que estaban engañando a sus parejas o quemaban su último cartucho y armábamos novelones criticando su edad.
A veces pasaban días en los que no los veíamos y nuevamente las especulaciones aparecían. Seguramente las cosas no son para siempre, talvez alguno de los dos se había aburrido de esa aventura y había desistido. Pero luego, cuando los veíamos de nuevo llegar juntos, nuestro guión novelero se alentaba.
Pasaron los años, ya trabajaba en otra empresa y de casualidad pasé a almorzar al viejo restaurante. Me senté donde solía hacerlo y en el lugar discreto del restaurante había una pareja joven comiéndose a besos. Su juventud no inquietaba a nadie y de hecho pasaban desapercibidos. Sin embargo, yo veía la misma pasión en la pareja de la novela que habíamos construido y caí en cuenta de que jamás argumentamos que talvez aquella vieja pareja comenzó como estos jóvenes y simplemente su amor había trascendido por años.



