domingo, 27 de abril de 2014

Simplemente amor

Todos los días almorzaba en el mismo sitio con mis compañeros de trabajo; y en el lugar más discreto del restaurante, se sentaba una pareja de unos 60 o 70 años a tomar café. Generalmente llamaban la atención, pues los besos y caricias que se daban ruborizaba a quienes estaban a su alrededor, e incluso algunas veces la crítica colectiva juzgaba que rayaban en la inmoralidad.
 
A veces ella llegaba primero, otras veces él y otras al tiempo. La constante era que su pasión se desbordaba ante los ojos de los espectadores.
 
Desde nuestra mesa sacábamos conjeturas de si se trataba de unos amantes que quizás trabajaban en la misma oficina y este era su espacio liberador e inventábamos historias retorcidas sobre si ella era la jefa y él el subalterno o viceversa y el porqué aprovechaban esa hora del día.
 
Nuestras conjeturas se basaban en la forma en que se vestían o peinaban, e incluso nos atrevíamos a afirmar que estaban engañando a sus parejas o quemaban su último cartucho y armábamos novelones criticando su edad.
 
A veces pasaban días en los que no los veíamos y nuevamente las especulaciones aparecían. Seguramente las cosas no son para siempre, talvez alguno de los dos se había aburrido de esa aventura y había desistido. Pero luego, cuando los veíamos de nuevo llegar juntos, nuestro guión novelero se alentaba.
 
Pasaron los años, ya trabajaba en otra empresa y de casualidad pasé a almorzar al viejo restaurante. Me senté donde solía hacerlo y en el lugar discreto del restaurante había una pareja joven comiéndose a besos. Su juventud no inquietaba a nadie y de hecho pasaban desapercibidos. Sin embargo, yo veía la misma pasión en la pareja de la novela que habíamos construido y caí en cuenta de que jamás argumentamos que talvez aquella vieja pareja comenzó como estos jóvenes y simplemente su amor había trascendido por años.

domingo, 20 de abril de 2014

Estampida

Me interesé por conocer cómo habían llegado los búfalos al país después de ser perseguida durante medio kilómetro por una manada de estos animales. Yo sólo los había visto en láminas o talvez en el zoológico, pero jamás como ganado y fuente económica de una finca.

La actividad bufalera apenas comenzaba y muchos ganaderos vieron allí un buen negocio, pues los búfalos son más fuertes, comen cualquier pasto y se reproducen más rápido que las vacas.

Lo que no previeron fue que los búfalos llegaría a erosionar el suelo, pues su peso  compactaba la tierra y acabó con los mantos acuíferos del área. Tampoco contaban con su fuerza, pues un búfalo fuera de control es mejor matarlo que dominarlo con lazos.

Aquella tarde cuando me enteré de su existencia, acabábamos de terminar una reunión con los campesinos y regesábamos a la ciudad. Ya era un poco tarde y decidimos acortar el camino atravesando una de las fincas.

Mientras charlábamos, se escuchaba el viento y los pájaros en medio de nuestra conversación, pero un sonido logró acallar nuestras voces. Parecía un resuello potente. Miré hacia atrás y vi la manada de búfalos que resoplaban y escarbaban con sus patas delanteras, tal como lo había visto en una escena de caricatura.

Pregunté a quienes nos acompañaban si esa era una señal de advertencia y me respondieron que no tenían ni idea. Luego sentimos el fuerte galope de la manada que nos embestía. El sonido de la estampida nos hizo correr un sprint que el mismo Bolt envidiaría. Buscamos refugio en un árbol poco robusto que se doblaba con nuestro peso. La persona que trepó más alto, golpeó con su cabeza un avispero, lo cual nos lanzó nuevamente a la faena. Ya no sólo huíamos espantados de los búfalos, sino también de las avispas que nos corretearon hasta salir de su terreno.

Con el corazón en la garganta, sin fuerzas para dar un paso, sin la ovación del público por la carrera terminada, reímos con nerviosismo por nuestra hazaña. 


domingo, 13 de abril de 2014

Prejuicio

Los grandes inversionistas del país se reunieron para discutir la factibilidad de invertir en responsabilidad social; algunos por moda y otros porque de alguna forma ya habían visto experiencias en las que podían incrementar sus utilidades.
El sitio de reunión no podía ser otro que el Salón Dorado de la empresa más prestigiosa del país en donde el derroche hacía gala del poder.

Por sugerencia del presidente de la cámara de industria, se había invitado a un experto para hablar sobre el tema. La reunión había comenzado y el experto no llegaba, lo cual impacientaba a la audiencia mientras se hablaba de banalidades de la vida.

Cuando finalmente apareció el experto, fue anunciado por una de las asistentes, como si fuera un acto solemne. Los ojos atónitos del grupo veían aparecer a una mujer regordeta, bajita, empapada de los pies a la cabeza, que a los ojos de los industriales venía vestida con harapos. 

La asistente le indicó dónde sentarse. Ella iba dejando a su paso un rastro de huellas de lodo, exprimía las gotas de lluvia de su gorra de lana y sacudía una gabardina vieja. Esto ponía nerviosos a los asistentes.

Ella empezó a organizar sus papeles y los meseros le ofrecieron un trago, pero ella quería un chocolate caliente y, como no había, finalmente le dieron un té. Luego le ofrecieron caviar y al ver su rostro de incertidumbre el mesero le explicó que eran huevos de esturión; ella lo rechazó, pese al hambre que tenía. Sólo veía cómo los industriales disfrutaban de estas boquitas y solicitaban a los meseros más whisky. 

Al iniciar su disertación, el lenguaje corporal de los industriales y de la experta cambió y sus mentes se sintonizaron en la realidad del país. La lucidez con la que exponía logró despertar el interés, lo cual se manifestaba en preguntas legítimas que buscaban alternativas. El diálogo surgió de forma inesperada y la discusión  parecía que construía puentes entre dos mundos divorciados. Incluso las alternativas que la experta presentaba eran vistas por los industriales como caminos posibles para contribuir al desarrollo.

En el momento en que la discusión llegaba a buenas conclusiones, los meseros pasaron de nuevo a su lado y la experta decidió probar las boquitas. Tomó la galleta, le colocó caviar encima y se la metió en la boca. El sabor del caviar le pareció desagradable e inmediatamente tomó una servilleta, escupió el bocado y agarró una manotada de galletas para quitarse el mal sabor.

Era como si esta acción los hubiera despertado a los industriales del letargo de la disertación. Ellos volvieron a su fría postura inicial y sus rostros adustos criticaban la reacción de la experta. La experta también cambió su lenguaje corporal y reflejaba incomodidad de estar en medio de tanto glamour y superficialidad. 

La experta se despidió convencida de que su influencia no había sido efectiva y había perdido su tiempo aceptando esta invitación; y los industriales se quedaron comentando el episodio del caviar antes de reconocer que su disertación los había cuestionado y alguno de ellos probarían las alternativas sin que nadie notara cambios en su rutina.


domingo, 6 de abril de 2014

El humo

Federico era el proveedor de la casa y su rutina de trabajo de ocho a cinco no había cambiado en años. Su posición cómoda, debido a una educación tradicional, lo hacía almorzar en casa junto a su esposa e hijos y luego continuar su trabajo.
 
Pero esta situación cambió cuando, cumpliendo la promesa que él le había hecho a su suegro, su esposa decidió que era el momento de iniciar sus estudios universitarios. Entonces los roles cambiaron y Federico tuvo que asumir de un momento a otro habilidades jamás puestas en juego. Dada su inexperiencia, las primeras semanas sólo tenía el encargo de calentar el almuerzo de sus hijos.
 
La tarea era muy simple: primero, llegar a la casa a mediodía; luego, poner a calentar las ollas que su esposa dejaba en el fogón; y por último, servir la comida a los niños que regresaban de la escuela. Sin embargo, cambiar roles después de quince años requiere habilidades básicas que Federico nunca había desarrollado.
 
Él se concentraba en cumplir con las tareas: llegaba a la casa a la hora indicada, prendía los fogones para calentar la comida, pero nunca logró concluir el tercer paso. Apenas iniciaba el paso dos, se dirigía a la sala a leer el periódico y la concentración por realizar las tareas se difundía en la distracción por leer el periódico y esa lectura se convertía en una actividad que lo enajenaba. Nada lo distraía, ni siquiera el olor a comida quemada.
 
Era increíble que esta situación se repitiera a diario. Uno llegaría a pensar que una señal lo sacaría de su ensimismamiento lector, pero su poder de concentración era tan férreo que el error se repetía.
 
Lo mismo sucedió incluso el día más crítico: nuevamente llegó a la hora indicada, prendió los fogones y se sentó en la sala a leer el periódico, desde los titulares hasta los clasificados. Esta vez no sólo se quemaba la comida, sino que las ollas se estaban derritiendo y el humo denso logró distraerlo de su lectura.
 
Ese mismo humo alertó a los vecinos que de inmediato llamaron a los bomberos; éstos irrumpieron en el hogar justo cuando el fogón empezaba a quemarse. Federico se extrañó con su presencia y los bomberos le preguntaron si no se había dado cuenta del incendio. Federico admitió que justamente abrió la ventana porque el humo no lo dejaba leer.