martes, 5 de abril de 2022

Noche en el cañaveral

Renqueando lo más rápido que podía, sobre la carrilera del tren, Federico sudaba a mares con la ilusión de llegar pronto a casa. 

Esos cuatro kilómetros sobre la línea férrea eran el camino más corto para desplazarse desde la casa de sus tíos hasta la casa de sus padres. 

Cuatro kilómetros que conocía de memoria y que tantas veces había transitado jugueteando entre las rendijas de la antigua vía férrea y que hoy le parecían aterradores.

Su tobillo abotagado y sus manos con raspones latían como si tuvieran vida propia exigiéndole a gritos que se detuviera, pero Federico sentía más miedo que dolor. 

Había salido como un ventarrón de la casa de sus tíos cuando el sol ya se había dormido. Lamentaba no haberle hecho caso a su tía, quien le repitió hasta el cansancio: 

--Fede, tu madre te va a regañar, se te hace tarde y la luna… apenas hay un cachito pa’ ver la carrilera.

Esa carrilera desvencijada por la que los abuelos decían que no pasaba un tren hace más de 30 años, y de la que él solo conocía los rieles y los tablones de quebracho donde vivían algunos animalejos. 

Esa carrilera que era devorada por la maleza y el bosque, pero que se lucía a la altura de la zona donde Federico y su familia vivían, entre los cultivos de caña, que brindaban buena economía a la región.  

Esa carrilera que él recorría sin afanes coleccionando piedras o en ocasiones intentando hacer que las hojas de los cañaverales del oeste se tocaran con los del este, estirando las hojas más largas y fungiendo él como puente, con sus brazos abiertos en cruz. 

Esa carrilera ahora le producía espanto.

Antes de esa noche, los ruidos del cañaveral se los adjudicaba a los ratones o a las culebras que deambulaban por ahí; pero después de escuchar a sus primos hablar largas horas sobre la pata sola, el jinete negro, el cura sin cabeza y la llorona, que se le aparecían a niños como él y se los llevaban por desobedientes, ya no le apetecía hacer el recorrido.

--Fede, mirá la hora. Tu má te va a regañar. No le hagás caso a tus primos. Andate pa’ tu casa --insistió su tía.

--Dejalo dormir aquí --dijo uno de sus primos en tono burlón--. Fede tiene miedo a que lo agarre algún espanto.

--Qué va, mijo, eso no existe, andate pa’ tu casa y mañana te esperamos a desayunar--replicó su tía.

Federico corrió a su casa mareado de leyendas; y tan rápido iba que al alcanzar el riel tronchó su pie contra el metal perdiendo el equilibrio y logrando frenar con sus manos sobre el balastro que separaba los travesaños de madera.

Escuchaba a lo lejos las risas de sus primos. Y entre la rabia por caerse y dejarse embaucar por ellos, tomó aire, se sacudió las piedritas de las manos, se acomodó su gorra y siguió su camino a casa cojeando con desasosiego.

A la mitad del recorrido, vio a lo lejos un bulto blanco. Tragó saliva con dificultad admitiendo lo que le habían narrado. Era una silueta de mujer que flotaba. Federico se quedó petrificado, no lograba mover su cuerpo, aunque sabía que tenía que escapar antes de comprobar si la aparición tenía el rostro huesudo, los ojos rojizos y los cabellos desgreñados, tal como había escuchado.

Decidió regresarse por donde venía, pero al mirar hacia atrás vio de nuevo la figura con sus largas vestiduras sucias y deshilachadas. Incluso podía afirmar que cargaba a un niñito muerto, aquel que según contaban, le presentaba a quien se encontraba por el camino y que utilizaba como artimaña distractora para empezar a gemir y a aullar y a abrir una bocaza tan gigante como la de un engendro para devorar a su víctima. 

Pensó en huir por los cañaverales, pero la figura seguía allí a la misma distancia en todas las direcciones.

Exhausto al verse sin salidas, con palpitaciones en la garganta, sudando como un caballo, vertiendo algunas lágrimas sin lograr descuajar su voz se tumbó de rodillas implorando a Dios que lo salvara. Se quitó su gorra y recitó una breve letanía que había aprendido de su abuela y cuando volvió a alzar la cabeza, la figura con sus lloriqueos y gritos macabros había desaparecido.

Arrodillado, vencido por esta terrible aparición miró a su alrededor para comprobar que podía seguir su marcha. Suspiró con alivio, se levantó, se colocó su gorra y de nuevo salió el fantasma. Devastado y juntando sus manos en el pecho, lloró con la angustia ante lo inevitable y empezó a santiguarse con desesperación. Federico lanzó un grito desgarrador que fue escuchado por todo el cañaveral. 

A la mañana siguiente, sus primos intrigados por el grito que habían escuchado en la noche anterior se agolparon con zozobra para escuchar la historia de Federico y desvelar el misterio. Decepcionados entenderían que el horripilante espanto tan sólo era una hebra de hilo que colgaba de la visera de su gorra.









domingo, 21 de abril de 2019

Vacaciones de ensueño

Miguel había invitado a su esposa a pasar un fin de semana en un balneario famoso aprovechando que por razones laborales él ya se encontraba allí.
Gabriela tenía que tomar el vuelo del viernes a mediodía y el domingo regresarían juntos. Llegado el día, se levantó temprano, cerró la maleta y dejó suficiente comida y agua para el gato. Le envió un mensaje a su esposo diciendo que todo estaba en orden.

Al cerrar la puerta notó que el gato estaba afuera en una de las ramas del árbol y empezó a convencerlo para que bajara ofreciéndole comida. Para evitar demoras, fue directamente por la escalera y con facilidad lo bajó del árbol. Al entrar en la casa, vio que tenía una hoja del árbol en su cabeza, lo que le recordó que no había regado las plantas. Durante el proceso de echarles agua se detuvo en la librera para elegir un buen libro que la acompañara durante el vuelo. Luego fue a la alacena por unas almendras por si le daba hambre y vio que el basurero estaba lleno, así que decidió sacar la basura. Contenta por las acciones que había llevado a cabo, finalmente pidió un taxi, bajó sin prisa y le indicó al conductor que la llevara al aeropuerto.

La mañana estaba soleada, las vías eran muy transitables y todo sonreía a su paso. Durante el trayecto sonó su celular. Era su esposo que le preguntó: “¿Ya vas a despegar?"
Gabriela colgó inmediatamente la llamada sin darle respuesta a su esposo, revisó apresurada el tiquete y efectivamente tenía que estar sentada en el avión. Entre el gato, las plantas, el libro, las almendras y la basura había perdido la noción del tiempo.

La angustia la envolvió y mientras se culpaba por los “hubiera hecho”, le pidió al taxista que avanzara con rapidez. ¿Cómo ganarle tiempo al tiempo?Justo empezó a llover, el tráfico se colapsó, un carro delante de ellos se averió, los semáforos en rojo los perseguían. Era como si el entorno castigara su distracción.

Cuando llegó al aeropuerto el vuelo estaba cerrado. Pese a sus súplicas, había perdido el vuelo. Se sentó desolada y se puso a llorar.
-¿Está bien? -le preguntó una azafata-. Apague su celular –le inquirió.
Ella restregando sus ojos vio el mensaje de su esposo: –¿Ya vas a despegar? Una carita feliz bastó para enviarle la respuesta a su esposo como símbolo de que ya iba en camino. Pero su sonrisa era mucho más amplia y respiró aliviada al comprobar que se había dormido unos instantes.

Durante el vuelo lamentó no llevar consigo ningún libro y notó que tenía hambre. No tenía certeza si el gato había quedado dentro o fuera de la casa. Sabía de sobra que las plantas sobrevivirían, aunque no les hubiera echado agua; y sin duda el mal olor de la basura le recordaría, al regresar a casa, ese pequeño sueño asustador que hubiera frustrado un lindo fin de semana.

domingo, 15 de mayo de 2016

Señor Queso

Algo que he disfrutado desde mi llegada a México, es que en frente al lugar en que vivo se coloca un tianguis, que por cierto es una palabra nahualt que significa mercado.

 

Desde las cinco de la mañana empieza un barullo de voces, bocinas de camiones viejos, el hierro contra el piso y luego el chirrido armando los toldos y la música que va desde rancheras, corridos, boleros, hasta música moderna. Los golpazos que el carnicero da a los huesos y el canto desigual de cada puesto intentando llamar la atención del transeúnte para ofrecer su mercancía.

 

Todos los viernes sea o no necesario, me lo recorro completo como tomando lista de quiénes están presentes y de quiénes se ausentaron. Hay secciones de verduras, frutas, carnes y pescados, ropa juguetes, música, libros, plantas, trastes y mucho más.

 

Cuando hago este recorrido recuerdo a mi abuela. Ella aprovechaba mis visitas para que la acompañara al Samper Mendoza, una plaza de mercado situada en el centro de Bogotá, que quedaba a pocas cuadras de su casa.

 

El objetivo principal de ir al mercado siempre fue el queso. El infaltable queso. 

En mi familia el queso es un un alimento de primera necesidad y no se de dónde surgió la idea que no podíamos vivir sin queso, como si fuéramos ratones de película pues los ratones reales comen de todo.

 

El caso, ir al puesto del queso en el mercado no era uno de mis preferidos. Ese olor a rancio me mareaba e incluso me tapaba la nariz; pero mi abuela me decía que tenía que ser benevolente con el queso y con quien lo vendía.

 

Yo hacía de tripas corazón y aguantaba la respiración lo máximo que podía hasta que mi instinto de supervivencia sucumbaba ante el mal olor e inhalaba inevitablemente el vapor que expedían los quesos frescos y maduros.

 

El vendedor me daba una probadita de queso costeño, otra de doble crema, otra de quesillo, o cuajada o queso pera; en fin, mi sensación de asco ante el hedor que expedían los quesos supongo que iban anestesiando mi cerebro porque cuando el queso llegaba al paladar entendía porqué lo llaman regalo de los dioses.

 

Después de salir del mercado el festín seguía porque mi abuela me daba una rebanada de queso con dulce de guayaba, y hacía buñuelos con el queso costeño y algún plato gratinado.

 

Y este gusto trascendió dejándome llevar por sus aromas y sus propiedades. Ahora cuando visito el  tianguis” y paso por el puesto del queso, me quedo un buen rato mirando e inhalando el aroma distinguiendo los tipos de queso que el vendedor ofrece y agradeciéndole a mi abuela haberme despertado este gusto por el Señor Queso que acompañado de un buen vino es la mejor combinación.

 


domingo, 8 de mayo de 2016

Puntualidad

Un grupo de turistas se divertía conociendo nuevos lugares. En una oportunidad, viajaron a un pueblo, pero al llegar al lugar tuvieron que flexibilizar la agenda minuciosa que habían planeado, pues los aldeanos tenían un ritmo de vida muy pausado.
 
El solo hecho de pedir un desayuno les había tomado una eternidad, como si los ingredientes de su pedido tuvieron que ser cosechados. Igual les había pasado al rentar un carro; quedaron de entregarlo a las siete de la mañana y finalmente se los entregaron tres horas más tarde.
 
Estas situaciones los habían incomodado, no solo por el incumplimiento del horario, sino por la demora y lentitud con los que la gente de la aldea hacía las cosas. El grupo tildó a la población de impuntal y perezosa y se mofaban de un letrero que aparecía por todad partes: “cerramos  de 5:00 a 5:30 de la tarde, sin excepción”. “Cómo si fueran a cumplir con algo tan insignificante”.
 
Pero a medida que recorrieron sus caminos y calles y tomaron fotos a cada fachada colorida y pintoresca, se fueron olvidando del tiempo y empezaron a disfrutar de los pequeños detalles que iban descubriendo en su paseo.
 
Después del mediodía, con el sol en sus espaldas, se dispusieron a almorzar unas truchas acompañadas con unas buenas cervezas. La plática los fue envolviendo y lograron concluir que era el paraje más hermoso que habían visitado y que, de alguna manera, lo vivido al iniciar la mañana era parte de ese paisaje. Decidieron que para un futuro viaje deberían ser menos rígidos en relación al tiempo, no vivir pendientes del reloj y simplemente disfrutar.
 
La calle colorida por alegres mercancías invitaba a los transeúntes a gozar de una gran variedad de productos artesanales y textiles. El grupo decidió hacer unas últimas compras, pero en un santiamén vieron cómo los almecenes cerraban a toda prisa y parecía que la gente corría a esconderse.
 
El grupo miró el reloj y eran las cinco en punto. La calle quedó desierta y solo quedaron ellos en medio de un silencio absoluto sin saber qué rumbo tomar. Decidieron caminar tranquilamente hacia la plaza cuando escucharon un zumbido y al voltear a ver de donde provenía el ruido, apareció una nube de zancudos en el lugar. 

Era tan grande el enjambre que la calle se oscureció y el grupo de turistas asustados por la escena bíblica que tenían ante sus ojos, corrieron tratando de escapar pero el enjambre avanzaba tan rápido que pronto los alcanzó.
 
Los turistas intentaron taparse con lo que pudieron, hacer cuanta maniobra se les ocurría para evitar a los zancudos, pero todo fue infructouso. Los zancudos se metían por cualquier agujero y uno que otro picaba.

Después de media hora de forcejear inútilmente, la nube terminó de pasar. Los turistas aterrados por la experiencia se quitaron de encima algunos insectos que se habían colado en la ropa, la cabeza, las orejas y hasta en la boca. Se sacudían sin parar mientras veían cómo la calle de nuevo recuperaba vida, se abrían ventanas, puertas y todo volvía a funcionar normalmante.
 
Cuando ya recuperaron sus fuerzas, entraron a un almacén y preguntaron sobre lo sucedido. El vendedor les indicó que la nube de zancudos pasaba todos los días a las cinco en punto, pero que desafortunamente los turistas hacían caso omiso al llamado debido a su impuntualidad.
 
 


sábado, 16 de abril de 2016

Amor propio

Recordé que a mis ocho años de edad, un día sin importancia, mis lágrimas salían sin control de rabia y de dolor mientras mi hermana se reía sin remedio. 

Supongo que el llanto y la risa de ambas alertaron a mi madre, quien se apresuró a ir a la cocina. Mi hermana rápidamente le explicó a mi mamá que me había caído de la silla mientras tomaba la sopa.

-Me imagino -dijo mi mamá con reproche- que fue por sentarte en el borde del asiento y jugar como si fuera una silla mecedora.

Sus palabras me hicieron sentir vergüenza, pues ya varias veces me había advertido que podía caerme. 

Yo seguía bajo la mesa llorando sin consuelo. No cabía duda de que me dolían mis posaderas y algunas otras partes de mi cuerpo que aún no determinaba. Mi madre descorrió el mantel para ayudarme a parar y esbozó una leve sonrisa que se fue ampliando hasta convertirse en una gran carcajada.

Miré mi reflejo en la ventana que me quedaba enfrente para comprender su risa y vi que el plato de sopa estaba sobre mi cabeza como un sombrero y su contenido se escurría por mi pelo y mi vestido. Las carcajadas al unísono de mi mamá y mi hermana me fueron contagiando.

Al levantarme, aún adolorida, pero queriendo levantar mi orgullo, decidí desfilar frente a ellas como si se tratara de un concurso de sombreros y aplaudieron con entusiasmo. 

Luego mi madre me dijo que jamás volviera a jugar con la silla y que limpiara el caos ocasionado. Nuevamente el llanto apareció como queriendo librarme del castigo, pero la risa delató que el golpe no había sido tan fuerte y que lo único que aún me dolía era mi dignidad.


sábado, 2 de abril de 2016

Tripulación perdida

Llevaba prisa y me subí enfadado en el taxi que me estaba esperando hace más de media hora. No solo pensaba en el recargo de tarifa, sino en el tráfico de la ciudad para llegar al aeropuerto a tiempo.

No podía creer que estuviera saliendo más tarde de lo que había planeado y todo por atender la noche anterior una reunión interminable en la que no concluimos nada y que me significó dormir tan solo un par de horas.

Aunque me esforzaba por presionar al taxista y contraía mi cuerpo como queriendo, con puro esfuerzo mental, acelerar el coche, sentía que todo se oponía a mis intenciones: semáforos en rojo, gente que se atravesaba, agentes de tránsito que le daban la vía a otros, en fin. El taxista intentaba romper ese témpano de hielo que yo había creado hablándome del clima, de lo linda que era la ciudad, pero sus palabras, de acuerdo con mi percepción, en vez de servir de consuelo, sentía que lo distraían de su objetivo.

Finalmente llegué al aeropuerto con una prisa indescriptible; presenté mi boleto y pasaporte en el mostrador y me indicaron la puerta de embarque. Iba con el tiempo justo para subir al avión y corrí por los pasillos desesperado.

Al llegar a la sala de espera vi que los pasajeros se encontraban sentados y aún no habían abordado el vuelo. Pude respirar hondo y sentir que había alcanzado al tiempo y todo volvía a la normalidad.

Luego, se escuchó por el altavoz la voz de una señorita que informaba que el avión ya estaba en el lugar, que la empresa quería cumplir con el horario acordado, pero que la tripulación estaba perdida.

¿Cómo que perdida? Todos los que estábamos en la sala nos miramos con duda, pues nadie comprendió el término perdida.

¿Acaso no encontraban el rumbo del aeropuerto o la puerta de embarque? ¿Perdida en la vida como cualquier ser humano que no sabe el sentido real de la misma?

Decidí acercarme a preguntar a qué se refería con la tripulación perdida.
La señorita me indicó que simplemente la tripulación asignada no llegaba, ni se había comunicado con la empresa y no se  podía designar a otra; tan solo esperar con paciencia.

Los pasajeros tejieron  hipótesis sobre la tripulación perdida, que variaban desde problemas del pago hasta abducción siniestra alienígena.

Me quedé sentado divagando en mis propias ideas sobre el asunto cuando una azafata tocó mi brazo, confirmó mi nombre y me indicó que debía ir a otra sala.

Miré a mi alrededor y fue como si en un abrir y cerrar de ojos no solo la tripulación se hubiera perdido, sino los pasajeros y hasta el avión.

Le pregunté a la azafata si ya habían encontrado a la tripulación perdida. Ella un poco malhumorada respondió: ¿tripulación perdida?, lo único aquí perdido es su vuelo, y como retribución a su historia lo único encontrado es el enlace que pudimos hacerle.


Me senté en la silla que me indicó y revisé mi reloj.  El tiempo se había esfumado y no tenía claridad si realmente hubo una tripulación perdida o inventé este cuento para poder regresar a casa.


domingo, 20 de marzo de 2016

Sin lágrimas

Agarrada de la mano de mi hermanacaminábamos lentamente entre la multitud para saludar a mis padres, a quienes no veía desde hacía ocho días. Me sentía preocupadaporque de alguna manera pensaba que mis padres iban a estar molestos conmigo, pero eso no me importaba con tal de ver en sus ojos que todo estaba bien.
Nunca había visto la casa tan llena de gente, albergando susurros y lloriqueos. Mi abrigo rosa y el abrigo celeste de mi hermana sobresalían del tumulto que vestía de negroLa puerta de entrada permanecía abierta de par en parcomo si no existiera y las campanitas que anuncian la bienvenida de algún visitante se movían al compás del viento sin sonar.
Me pareció extraño sentir un fuerte olor a café, el cual asociaba con la mañana cuando todos saltábamos de la cama para ir al colegio; este agradable olor en aquella tarde se mezclaba con perfumes desconocidos.
Me alegró ver mi cuarto porque allí me sentía en casa. Aunque no lo reconocí del todo, porque la gente tapaba mis muñecas y juguetes. Una prima abrazó a mi hermana haciendo que me soltara de su mano y empezaron a llorar. Sin comprender sus lágrimas, salí corriendo a buscar a mis padres.
Los adornos de la casa se escondían detrás de jarrones y coronas de flores que no me explicabade dónde habían salido. Pasaba inadvertida entre adultos adustos con caras lánguidas. Mi voz aguda pidiendo permiso para abrirme paso logró hacerme visible.
Hubiera preferido no llamar la atención, pues no soportaba las miradas de lástima y pesar que me caían encima. Incluso hubo un par de brazos y manos que quisieron agarrarme, pero pude quitármelos de encima con fuerza.
Sudaba de calor como si ese fuese el recorrido más largo de mi vida; y tan solo había caminado cinco metros de distancia y la temperatura estaba bastante baja. Se me hizo un nudo en la garganta y solo sentía deseos de llorar y que mis padres vinieran en mi auxilio, me abrazaran y consintieran, como de costumbre. 
Cuando al fin los vi, estaban abrazados consolándose uno al otro en un llanto silencioso, constante y desgarrador. A su lado estaba la foto de mi hermano menor. Dije su nombre en alto y recordé que la última vez que lo vi estaba en el suelo, en medio de la avenidacomo dormido. Yo le dije que se levantara, porque quería seguir jugando con él. Pero permaneció en silencio, inmóvil. En el pavimento quedó su sangre y quedó también mi niñez, pues me sentí culpable por haberle causado daño.
Los juegos quedaron atrás al igual que las salidas a montar bici o volar cometasMe prometí  no volver a llorar porque esas lágrimas podían remitirme a este momento.