domingo, 21 de abril de 2019

Vacaciones de ensueño

Miguel había invitado a su esposa a pasar un fin de semana en un balneario famoso aprovechando que por razones laborales él ya se encontraba allí.
Gabriela tenía que tomar el vuelo del viernes a mediodía y el domingo regresarían juntos. Llegado el día, se levantó temprano, cerró la maleta y dejó suficiente comida y agua para el gato. Le envió un mensaje a su esposo diciendo que todo estaba en orden.

Al cerrar la puerta notó que el gato estaba afuera en una de las ramas del árbol y empezó a convencerlo para que bajara ofreciéndole comida. Para evitar demoras, fue directamente por la escalera y con facilidad lo bajó del árbol. Al entrar en la casa, vio que tenía una hoja del árbol en su cabeza, lo que le recordó que no había regado las plantas. Durante el proceso de echarles agua se detuvo en la librera para elegir un buen libro que la acompañara durante el vuelo. Luego fue a la alacena por unas almendras por si le daba hambre y vio que el basurero estaba lleno, así que decidió sacar la basura. Contenta por las acciones que había llevado a cabo, finalmente pidió un taxi, bajó sin prisa y le indicó al conductor que la llevara al aeropuerto.

La mañana estaba soleada, las vías eran muy transitables y todo sonreía a su paso. Durante el trayecto sonó su celular. Era su esposo que le preguntó: “¿Ya vas a despegar?"
Gabriela colgó inmediatamente la llamada sin darle respuesta a su esposo, revisó apresurada el tiquete y efectivamente tenía que estar sentada en el avión. Entre el gato, las plantas, el libro, las almendras y la basura había perdido la noción del tiempo.

La angustia la envolvió y mientras se culpaba por los “hubiera hecho”, le pidió al taxista que avanzara con rapidez. ¿Cómo ganarle tiempo al tiempo?Justo empezó a llover, el tráfico se colapsó, un carro delante de ellos se averió, los semáforos en rojo los perseguían. Era como si el entorno castigara su distracción.

Cuando llegó al aeropuerto el vuelo estaba cerrado. Pese a sus súplicas, había perdido el vuelo. Se sentó desolada y se puso a llorar.
-¿Está bien? -le preguntó una azafata-. Apague su celular –le inquirió.
Ella restregando sus ojos vio el mensaje de su esposo: –¿Ya vas a despegar? Una carita feliz bastó para enviarle la respuesta a su esposo como símbolo de que ya iba en camino. Pero su sonrisa era mucho más amplia y respiró aliviada al comprobar que se había dormido unos instantes.

Durante el vuelo lamentó no llevar consigo ningún libro y notó que tenía hambre. No tenía certeza si el gato había quedado dentro o fuera de la casa. Sabía de sobra que las plantas sobrevivirían, aunque no les hubiera echado agua; y sin duda el mal olor de la basura le recordaría, al regresar a casa, ese pequeño sueño asustador que hubiera frustrado un lindo fin de semana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario