domingo, 28 de diciembre de 2014

Crónica de primera página

Las tres de la mañana y el único rincón donde siento tranquilidad es el pequeño baño del periódico. Nada lujoso a pesar de su nueva construcción, pero muy acogedor gracias a la puerta hermética que me aleja completamente del murmullo enloquecedor de la sala de prensa. 

A esta hora, la gente que se encuentra en el periódico, ofuscada por la edición que saldrá en un par de horas, se olvida completamente de este lugar. Aquí no defiendo mi mediocridad, ni justifico mi falsedad. Aquí, en soledad, no sé que espero. Talvez que mi reflejo me indique el camino a seguir en este sinsentido. Estoy a unos pasos de ser nuevamente galardonado como mejor periodista, pero ¿a costa de qué? Quisiera llorar, gritar con fuerza, cambiar el hecho de haber vivido esta experiencia.

Un día del año pasado, me levanté con pereza de llegar al trabajo, pues consideraba una tarea degradante para mí, un periodista de mi talla, tener que organizar los anuncios clasificados. Sin embargo, no había otra alternativa y el sueldo..., bueno, el sueldo por lo menos me permitía vivir sin tensiones.
 
Cuando llegué a mi despacho, me encontré con la noticia de que sería reemplazado por un nuevo software que no requería intervención humana y que, solamente con la llamada de los usuarios, el anuncio aparecía sin necesidad de un operario. 

El jefe decidió dejarme encargado del archivo, sin embargo, yo quería ejercer como periodista que soy. Le exigí al jefe ponerme al frente de una noticia importante, pero me pidió mi carta de renuncia y me sacó de patitas a la calle riéndose con ironía de si sería capaz de publicar una noticia decente. 

Recogí mi cheque y salí furioso del edificio. Cuando me dirigía al parqueo, vi que en la acera de enfrente estaban colocando un anuncio bastante elegante que invitaba a descansar en la nueva sucursal del "Gran Casino", famoso hotel donde asisten grandes personalidades políticas y de farándula.
 
Lo que me llamó la atención del anuncio fue el lugar, pues las otras sucursales estaban en lugares cálidos, cerca de la playa, pero esta sucursal estaba situada en el páramo Azul, que distaba de la ciudad unas tres horas, a unos tres mil metros de altura, y cuya temperatura promedio es de cinco grados. Bueno, a pesar del clima, el Gran Casino tuvo buena acogida por su excentricidad, por su expectacular fauna y flora y por un lago que le daba un aspecto místico.

Dada su relativa cercanía, decidí ir para disfrutar a mis anchas de mis forzadas vacaciones. Me habían contado que el Gran Casino daba la impresión de ser un silencioso monasterio, pero por dentro se jactaba de lujosas salas de juego, discotecas, piscina, saunas y demás comodidades. 
 
La noche caía lentamente y me dirigí al lugar. Unos diez o doce kilómetros antes de llegar, el auto se descompuso. La luz de la luna atravesaba la densa niebla invitándome a caminar y acepté, pues no quería pasar la noche dentro del carro. Salí de éste un tanto mareado, pues por el camino había estado bebiendo un whisky que por años había guardado para una ocasión especial.
 
Caminé no sé por cuánto tiempo y tomando un supuesto atajo me perdí. El frío me obligaba a caminar, hasta que resbalé por una pendiente. Cuando desperté, me enteré por unos campesinos de que me encontraba en La Olla.
 
La Olla era un pequeño pueblo situado en una depresión similar a una olla de barro. Era honda y rodeada de montañas, y daba la sensación de que después de ellas no existiera nada más. Sus habitantes eran hoscos e introvertidos, quizás por el helado viento que jugaba con sus cuerpos cansados de cultivar la poca papa que se desprendía de aquella tierra y que apenas los alimentaba.
 
Pude escuchar que la pobreza de los ollunos se había incrementado a partir de la construcción del hotel,  pues el famoso lago no era natural, sino producto de un dique que había retenido el agua del río, que antes daba de comer y beber a los habitantes de La Olla.

Además, las aguas servidas del hotel eran enviadas hacia el poblado. Los ollunos se quejaron con el alcalde, quien a su vez envió la queja al gobernador. Sin embargo, por compromisos con los dueños del Gran Casino, no se podía devolver el riachuelo a su cauce inicial. La petición pasó a ser un papel deslucido y olvidado junto con otros procesos similares. 
 
Al saber todo esto, decidí escribir una buena historia para solidarizarme con los ollunos. Pero más que solidaridad, fue mi afán por demostrarle al jefe mi potencial como periodista y hacerle tragar sus palabras. Los ollunos, por su parte, insistieron en que con la construcción del dique, su única solicitud al gobierno era que los trasladaran a otro lugar.

La noticia se logró difundir por todo el país y al poco tiempo La Olla estaba atiborrada de periodistas, cada quien haciendo énfasis en la crisis que vivían los habitantes del pueblo a partir de la construcción del Gran Casino. Todo el revuelo de los medios doblegó al hotel, que se comprometió en liberar parte del lago para dar agua al poblado y mejorar sus condiciones de vida.

La primicia no sólo me abrió la puerta de nuevo en el periódico, sino que también obtuve un premio al mejor reportaje del año. Recuerdo las caras de sorpresa de los ollunos cuando se redirigió parte del flujo del agua y recibieron toda aquella ayuda. Parecía un sueño, pero era verdad.

Cuando se dio por terminada la labor, los ollunos quedaron al frente de su pequeña población, aunque en sus corazones albergaban un temor casi intuitivo que ni las comodidades lograban disipar. Tenían miedo de que la rapidez con la que habían hecho el trabajo sin retomar el cauce normal del río,  el dique había dejado filtraciones y eso les producía un miedo a una muerte segura.

El temor se hizo palpable cuando en la tranquilidad de una noche comprendieron que el peligro seguía reinando. Cada día cínicamente se acumulaba la fuerza para que el río regresara a su cauce original. El agua del lago artificial del Gran Casino logró tirar abajo el dique y los cadáveres de los habitantes quedaron expuestos para explicar el hecho. 

Y yo, de nuevo en aquel lugar, tomaba descaradamente los datos y fotos para publicar otra grandiosa noticia, la misma que saldría en un par de horas… 



domingo, 21 de diciembre de 2014

Hormigas

Como parte de un test, se le preguntó al misionero con cuál animal se identificaba. Inmediatamente vino a su cabeza la hormiga, por su perseverancia, trabajo constante y organización social. Sin embargo, el misionero no lograba escribir la respuesta, pues en tan sólo una semana había vivido ciertas experiencias que lo hacían dudar. 

Había salido a pasear por el campo y contemplando un grupo de hormigas, al mejor estilo de San Francisco de Asís, se agachó a observar una fila de hormigas que llevaban en la espalda hojas que habían recolectado. En un acto de plena identificación, tomó una hormiga entre sus manos y la admiró. Sintió la suavidad de sus patas jugueteando por sus dedos, se acercó para contemplar su cabeza y vio cómo, en un abrir y cerrar de ojos, la mandíbula de la hormiga se clavaba en su palma y se cerraba a una velocidad que no le permitió reaccionar. Cuando volteó su mano para obligar a que la hormiga se bajara de ella, ya le había dejado una herida que lo hizo gritar.

Luego, visitando a una comunidad, se quedó a dormir donde una familia campesina, quien le brindó un tablado y una manta para pasar la noche. Cansado por el viaje, había caído como piedra, pero hacía esfuerzos por despertarse, pues sentía que algo caminaba por su cabeza. Se despertó y constató que había un ejército de hormigas atravesando el tablado y justo pasaban por encima de él marchando sin descansar.

Una noche lo despertó el calor y decidió ir a la cocina a tomar un vaso de agua, en donde encontró en pleno trabajo a sus hermanas hormigas que cargaban en su espaldas granos de arroz, de lentejas y de frijol y saqueaban de forma organizada su despensa.
  
Por eso no lograba responder a la sencilla pregunta del animal con que se identificaba. Su admiración se convirtió en desprecio y empezó a verlas como plaga. Comenzó a usar pesticidas para combatirlas, pues descubrió que por cada siete personas hay mil hormigas adaptándose a nuevos entornos, aprovechando sus recursos y capacidad de defensa. 

Su lápiz tocaba la hoja y en un arrebato de rabia escribió con fuerza: hormiga. Cuando expuso la razón al grupo de trabajo, habló de su organización, trabajo incansable, servicio. Incluso mencionó que por eso cuando trabajaba con los niños utilizaba fábulas o cuentos en los que se exaltaba sus características e invitaba a ser como ellas.

Pero nunca mencionó que con sus malas experiencias también reconocía que se identificaba con ellas, porque desconfiaba de los demás, porque hacía respetar su espacio a como diera lugar y saqueaba a otros para mantener su estilo de vida. Las hormigas y los seres humanos nos parecemos en la adversidad y en la fortuna. 

 


domingo, 14 de diciembre de 2014

Interludio

Su rostro empezó a dibujar una sonrisa, que se fue ampliando hasta convertirse en una carcajada, una de aquellas que te llevan hasta las lágrimas y que produce paz interior, porque esa carcajada revela uprofundo entendimiento.

 

Como ráfaga, le venían a la mente sus angustias y preocupaciones, sus búsquedas y miedos, sus inquietudes y desvelos. Todo contribuía a que su risa se propagara. Tambiérecordaba rostros apiñados de personas con las que compartió intereses y a los que amaba profundamente, así como otras,que tan solo le habían generado rabia rencor. De todas se reíahora con nostalgia por sus encuentros y desencuentros.

 

Se reía, además, de las banderas que había enarbolado, de la pasión por pequeñas y grandes ideas que había defendido, desu interés a veces genuino y otras espurio por contribuir a un mundo mejor, de su necesidad de protagonismo o de las veces que se habícallado

 

Se reía de su idea de justicia y libertad, de haber seguido modelos económicos, políticos o sociales, como si fueran la forma correcta de vivir en armonía. Le producía gracia las veces que quiso hacer primar su razópor sobre la de los demás, cuando quiso demostrarle al mundo su originalidad, su diferencia. Incluso se reía de su idea de paz y amor.

 

Ya nada de eso importaba, sintió que todos esos años habían sido un simple sueño. Ahora caminaba por un túnel de luz pensando en que la vida toda era tan solo un paso, un momento en el que se distrajo de lo verdaderamente importante. Podía ver la angustia de los médicos por salvar su vida y el dolor de sus seres queridos, pero solo sonreía al comprender que toda la vida era solo un pequeñinterludio.


domingo, 7 de diciembre de 2014

Con dignidad

Albeiro, un niño de ocho años, le pide a su maestra que le ayude a ahorrar. Él recauda algunas monedas ayudando a sus vecinos a sacar las bolsas de basura o haciendo favores ocasionales, como si fuera un encargado de entrega a domicilio. También puede simplemente conseguirlas jugando canicas con sus amigos.
 
Tomó la decisión de pedirle apoyo a su maestra para evitar la tentación de tener dinero en su bolsillo y luego gastárselo en helados o dulces, que son su mayor fascinación.
 
Cuando llega el fin de mes, Albeiro se acerca a su profesora, quien le ha guardado en el cajón del escritorio, en un tarro de lata, las monedas y billetes que el chico le ha entregado durante el transcurso de las semanas. Luego cuenta el dinero ahorrado y se va a su casa con el dinero en un sobre y una gran sonrisa.
 
El año escolar está llegando a su fin y la maestra, aplaudiendo el esfuerzo del chico por el ahorro, tiene inquietud de saber cuál es el fin del mismo. Le pregunta y el chico responde que se lo entrega a la sociedad mutual.
 
La maestra no está familiarizada con el término, así que le pregunta a un colega, quien le explica que muchos grupos sociales utilizan el sistema de auxilio mutuo, en especial en la iglesia católica, para la creación de un fondo común que permita ayudar a los más pobres con los gastos funerarios. Y que, desde hace un par de años, en el barrio existe una sociedad mutual que ayuda con los entierros de las familias que allí viven.
 
La maestra perpleja decide visitar el lugar para entender qué le puede ofrecer la sociedad mutual a un chico de ocho años como Albeiro. La encargada de la sociedad mutual le explica que ellos a cambio de un pago mensual, garantizan que la persona, al momento de morir, pueda tener un entierro de alta calidad con honras fúnebres acorde al plan que elijan.
 
Impaciente por su descubrimiento, siente urgencia de hablar con Albeiro. El chico sonriendo le explica que, como ella ya sabe, sus padres y hermanos fueron víctimas de la violencia barrial y tuvieron que meterlos en una fosa común, donde él no puede ir a llorarlos. Él no quiere correr con la misma suerte, sabe que no es dueño de su vida, porque el lugar en donde vive está contaminado por las drogas, por el dinero fácil y la pobreza extrema. Sin embargo, a pesar de su corta edad, está convencido de que en cualquier momento la muerte lo puede alcanzar y por eso decidió acudir a la sociedad mutual para que por lo menos le garantice un entierro digno.