Las tres de la mañana y el único rincón donde siento tranquilidad es el pequeño baño del periódico. Nada lujoso a pesar de su nueva construcción, pero muy acogedor gracias a la puerta hermética que me aleja completamente del murmullo enloquecedor de la sala de prensa.
A esta hora, la gente que se encuentra en el periódico, ofuscada por la edición que saldrá en un par de horas, se olvida completamente de este lugar. Aquí no defiendo mi mediocridad, ni justifico mi falsedad. Aquí, en soledad, no sé que espero. Talvez que mi reflejo me indique el camino a seguir en este sinsentido. Estoy a unos pasos de ser nuevamente galardonado como mejor periodista, pero ¿a costa de qué? Quisiera llorar, gritar con fuerza, cambiar el hecho de haber vivido esta experiencia.
Un día del año pasado, me levanté con pereza de llegar al trabajo, pues consideraba una tarea degradante para mí, un periodista de mi talla, tener que organizar los anuncios clasificados. Sin embargo, no había otra alternativa y el sueldo..., bueno, el sueldo por lo menos me permitía vivir sin tensiones.
Cuando llegué a mi despacho, me encontré con la noticia de que sería reemplazado por un nuevo software que no requería intervención humana y que, solamente con la llamada de los usuarios, el anuncio aparecía sin necesidad de un operario.
El jefe decidió dejarme encargado del archivo, sin embargo, yo quería ejercer como periodista que soy. Le exigí al jefe ponerme al frente de una noticia importante, pero me pidió mi carta de renuncia y me sacó de patitas a la calle riéndose con ironía de si sería capaz de publicar una noticia decente.
Recogí mi cheque y salí furioso del edificio. Cuando me dirigía al parqueo, vi que en la acera de enfrente estaban colocando un anuncio bastante elegante que invitaba a descansar en la nueva sucursal del "Gran Casino", famoso hotel donde asisten grandes personalidades políticas y de farándula.
Lo que me llamó la atención del anuncio fue el lugar, pues las otras sucursales estaban en lugares cálidos, cerca de la playa, pero esta sucursal estaba situada en el páramo Azul, que distaba de la ciudad unas tres horas, a unos tres mil metros de altura, y cuya temperatura promedio es de cinco grados. Bueno, a pesar del clima, el Gran Casino tuvo buena acogida por su excentricidad, por su expectacular fauna y flora y por un lago que le daba un aspecto místico.
Dada su relativa cercanía, decidí ir para disfrutar a mis anchas de mis forzadas vacaciones. Me habían contado que el Gran Casino daba la impresión de ser un silencioso monasterio, pero por dentro se jactaba de lujosas salas de juego, discotecas, piscina, saunas y demás comodidades.
La noche caía lentamente y me dirigí al lugar. Unos diez o doce kilómetros antes de llegar, el auto se descompuso. La luz de la luna atravesaba la densa niebla invitándome a caminar y acepté, pues no quería pasar la noche dentro del carro. Salí de éste un tanto mareado, pues por el camino había estado bebiendo un whisky que por años había guardado para una ocasión especial.
Caminé no sé por cuánto tiempo y tomando un supuesto atajo me perdí. El frío me obligaba a caminar, hasta que resbalé por una pendiente. Cuando desperté, me enteré por unos campesinos de que me encontraba en La Olla.
La Olla era un pequeño pueblo situado en una depresión similar a una olla de barro. Era honda y rodeada de montañas, y daba la sensación de que después de ellas no existiera nada más. Sus habitantes eran hoscos e introvertidos, quizás por el helado viento que jugaba con sus cuerpos cansados de cultivar la poca papa que se desprendía de aquella tierra y que apenas los alimentaba.
Pude escuchar que la pobreza de los ollunos se había incrementado a partir de la construcción del hotel, pues el famoso lago no era natural, sino producto de un dique que había retenido el agua del río, que antes daba de comer y beber a los habitantes de La Olla.
Además, las aguas servidas del hotel eran enviadas hacia el poblado. Los ollunos se quejaron con el alcalde, quien a su vez envió la queja al gobernador. Sin embargo, por compromisos con los dueños del Gran Casino, no se podía devolver el riachuelo a su cauce inicial. La petición pasó a ser un papel deslucido y olvidado junto con otros procesos similares.
Al saber todo esto, decidí escribir una buena historia para solidarizarme con los ollunos. Pero más que solidaridad, fue mi afán por demostrarle al jefe mi potencial como periodista y hacerle tragar sus palabras. Los ollunos, por su parte, insistieron en que con la construcción del dique, su única solicitud al gobierno era que los trasladaran a otro lugar.
La noticia se logró difundir por todo el país y al poco tiempo La Olla estaba atiborrada de periodistas, cada quien haciendo énfasis en la crisis que vivían los habitantes del pueblo a partir de la construcción del Gran Casino. Todo el revuelo de los medios doblegó al hotel, que se comprometió en liberar parte del lago para dar agua al poblado y mejorar sus condiciones de vida.
La primicia no sólo me abrió la puerta de nuevo en el periódico, sino que también obtuve un premio al mejor reportaje del año. Recuerdo las caras de sorpresa de los ollunos cuando se redirigió parte del flujo del agua y recibieron toda aquella ayuda. Parecía un sueño, pero era verdad.
Cuando se dio por terminada la labor, los ollunos quedaron al frente de su pequeña población, aunque en sus corazones albergaban un temor casi intuitivo que ni las comodidades lograban disipar. Tenían miedo de que la rapidez con la que habían hecho el trabajo sin retomar el cauce normal del río, el dique había dejado filtraciones y eso les producía un miedo a una muerte segura.
El temor se hizo palpable cuando en la tranquilidad de una noche comprendieron que el peligro seguía reinando. Cada día cínicamente se acumulaba la fuerza para que el río regresara a su cauce original. El agua del lago artificial del Gran Casino logró tirar abajo el dique y los cadáveres de los habitantes quedaron expuestos para explicar el hecho.
Y yo, de nuevo en aquel lugar, tomaba descaradamente los datos y fotos para publicar otra grandiosa noticia, la misma que saldría en un par de horas…