Como parte de un test, se le preguntó al misionero con cuál animal se identificaba. Inmediatamente vino a su cabeza la hormiga, por su perseverancia, trabajo constante y organización social. Sin embargo, el misionero no lograba escribir la respuesta, pues en tan sólo una semana había vivido ciertas experiencias que lo hacían dudar.
Había salido a pasear por el campo y contemplando un grupo de hormigas, al mejor estilo de San Francisco de Asís, se agachó a observar una fila de hormigas que llevaban en la espalda hojas que habían recolectado. En un acto de plena identificación, tomó una hormiga entre sus manos y la admiró. Sintió la suavidad de sus patas jugueteando por sus dedos, se acercó para contemplar su cabeza y vio cómo, en un abrir y cerrar de ojos, la mandíbula de la hormiga se clavaba en su palma y se cerraba a una velocidad que no le permitió reaccionar. Cuando volteó su mano para obligar a que la hormiga se bajara de ella, ya le había dejado una herida que lo hizo gritar.
Luego, visitando a una comunidad, se quedó a dormir donde una familia campesina, quien le brindó un tablado y una manta para pasar la noche. Cansado por el viaje, había caído como piedra, pero hacía esfuerzos por despertarse, pues sentía que algo caminaba por su cabeza. Se despertó y constató que había un ejército de hormigas atravesando el tablado y justo pasaban por encima de él marchando sin descansar.
Una noche lo despertó el calor y decidió ir a la cocina a tomar un vaso de agua, en donde encontró en pleno trabajo a sus hermanas hormigas que cargaban en su espaldas granos de arroz, de lentejas y de frijol y saqueaban de forma organizada su despensa.
Por eso no lograba responder a la sencilla pregunta del animal con que se identificaba. Su admiración se convirtió en desprecio y empezó a verlas como plaga. Comenzó a usar pesticidas para combatirlas, pues descubrió que por cada siete personas hay mil hormigas adaptándose a nuevos entornos, aprovechando sus recursos y capacidad de defensa.
Su lápiz tocaba la hoja y en un arrebato de rabia escribió con fuerza: hormiga. Cuando expuso la razón al grupo de trabajo, habló de su organización, trabajo incansable, servicio. Incluso mencionó que por eso cuando trabajaba con los niños utilizaba fábulas o cuentos en los que se exaltaba sus características e invitaba a ser como ellas.
Pero nunca mencionó que con sus malas experiencias también reconocía que se identificaba con ellas, porque desconfiaba de los demás, porque hacía respetar su espacio a como diera lugar y saqueaba a otros para mantener su estilo de vida. Las hormigas y los seres humanos nos parecemos en la adversidad y en la fortuna.

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