sábado, 16 de abril de 2016

Amor propio

Recordé que a mis ocho años de edad, un día sin importancia, mis lágrimas salían sin control de rabia y de dolor mientras mi hermana se reía sin remedio. 

Supongo que el llanto y la risa de ambas alertaron a mi madre, quien se apresuró a ir a la cocina. Mi hermana rápidamente le explicó a mi mamá que me había caído de la silla mientras tomaba la sopa.

-Me imagino -dijo mi mamá con reproche- que fue por sentarte en el borde del asiento y jugar como si fuera una silla mecedora.

Sus palabras me hicieron sentir vergüenza, pues ya varias veces me había advertido que podía caerme. 

Yo seguía bajo la mesa llorando sin consuelo. No cabía duda de que me dolían mis posaderas y algunas otras partes de mi cuerpo que aún no determinaba. Mi madre descorrió el mantel para ayudarme a parar y esbozó una leve sonrisa que se fue ampliando hasta convertirse en una gran carcajada.

Miré mi reflejo en la ventana que me quedaba enfrente para comprender su risa y vi que el plato de sopa estaba sobre mi cabeza como un sombrero y su contenido se escurría por mi pelo y mi vestido. Las carcajadas al unísono de mi mamá y mi hermana me fueron contagiando.

Al levantarme, aún adolorida, pero queriendo levantar mi orgullo, decidí desfilar frente a ellas como si se tratara de un concurso de sombreros y aplaudieron con entusiasmo. 

Luego mi madre me dijo que jamás volviera a jugar con la silla y que limpiara el caos ocasionado. Nuevamente el llanto apareció como queriendo librarme del castigo, pero la risa delató que el golpe no había sido tan fuerte y que lo único que aún me dolía era mi dignidad.


sábado, 2 de abril de 2016

Tripulación perdida

Llevaba prisa y me subí enfadado en el taxi que me estaba esperando hace más de media hora. No solo pensaba en el recargo de tarifa, sino en el tráfico de la ciudad para llegar al aeropuerto a tiempo.

No podía creer que estuviera saliendo más tarde de lo que había planeado y todo por atender la noche anterior una reunión interminable en la que no concluimos nada y que me significó dormir tan solo un par de horas.

Aunque me esforzaba por presionar al taxista y contraía mi cuerpo como queriendo, con puro esfuerzo mental, acelerar el coche, sentía que todo se oponía a mis intenciones: semáforos en rojo, gente que se atravesaba, agentes de tránsito que le daban la vía a otros, en fin. El taxista intentaba romper ese témpano de hielo que yo había creado hablándome del clima, de lo linda que era la ciudad, pero sus palabras, de acuerdo con mi percepción, en vez de servir de consuelo, sentía que lo distraían de su objetivo.

Finalmente llegué al aeropuerto con una prisa indescriptible; presenté mi boleto y pasaporte en el mostrador y me indicaron la puerta de embarque. Iba con el tiempo justo para subir al avión y corrí por los pasillos desesperado.

Al llegar a la sala de espera vi que los pasajeros se encontraban sentados y aún no habían abordado el vuelo. Pude respirar hondo y sentir que había alcanzado al tiempo y todo volvía a la normalidad.

Luego, se escuchó por el altavoz la voz de una señorita que informaba que el avión ya estaba en el lugar, que la empresa quería cumplir con el horario acordado, pero que la tripulación estaba perdida.

¿Cómo que perdida? Todos los que estábamos en la sala nos miramos con duda, pues nadie comprendió el término perdida.

¿Acaso no encontraban el rumbo del aeropuerto o la puerta de embarque? ¿Perdida en la vida como cualquier ser humano que no sabe el sentido real de la misma?

Decidí acercarme a preguntar a qué se refería con la tripulación perdida.
La señorita me indicó que simplemente la tripulación asignada no llegaba, ni se había comunicado con la empresa y no se  podía designar a otra; tan solo esperar con paciencia.

Los pasajeros tejieron  hipótesis sobre la tripulación perdida, que variaban desde problemas del pago hasta abducción siniestra alienígena.

Me quedé sentado divagando en mis propias ideas sobre el asunto cuando una azafata tocó mi brazo, confirmó mi nombre y me indicó que debía ir a otra sala.

Miré a mi alrededor y fue como si en un abrir y cerrar de ojos no solo la tripulación se hubiera perdido, sino los pasajeros y hasta el avión.

Le pregunté a la azafata si ya habían encontrado a la tripulación perdida. Ella un poco malhumorada respondió: ¿tripulación perdida?, lo único aquí perdido es su vuelo, y como retribución a su historia lo único encontrado es el enlace que pudimos hacerle.


Me senté en la silla que me indicó y revisé mi reloj.  El tiempo se había esfumado y no tenía claridad si realmente hubo una tripulación perdida o inventé este cuento para poder regresar a casa.