domingo, 24 de agosto de 2014

Déjà vu

En medio de la conferencia, él se levanta, toma su portafolio y su abrigo e inicia su partida. Ella, desde el lado opuesto de la sala, lo vigila, se apresura, toma sus cosas y sale del salón unos pasos adelante de él.

Después de cruzar la puerta, chequea que él está detrás de ella. Camina por el corredor que conduce al lobby y se desmaya tal como lo venía ensayando, aunque temía que su caída la lastimara o que él pasara indiferente frente a ella; pero tenía que intentarlo.

Afortunadamente, él al verla caer intenta socorrerla, pide auxilio y la levanta en sus brazos. El personal del lobby los conduce a la enfermería, le ayudan a recostarla en una camilla y le indican que pronto vendrá el paramédico. Ella no sabe si es momento de despertar, pero el tiempo que puede estar a solas con él es corto. 

Ella empieza a reaccionar para no perder la oportunidad de hablar con él y, mientras murmura algunas palabras, se va incorporando de la camilla y le pregunta cómo llegó hasta allí. Él le explica lo sucedido y le indica que espere a que el paramédico venga. Ella le dice que no es necesario, que ya se siente bien y que prefiere irse. Mientras se acomoda los zapatos y toma sus cosas, le agradece su apoyo y sale del cuarto hacia el lobby, en donde explica que ya no es necesaria la ayuda y luego sale del hotel. 

Él la sigue intrigado, pues recuerda que ya había vivido una situación similar, es como si viviera un "déjà vu". Él ve que ella entra en una cafetería y la sigue con la urgencia de preguntarle por qué esa experiencia le es tan familiar; en la entrada, ella sonriente, lo invita a compartir un café.

Después de un largo silencio, él sabe que lo ha timado y que su desmayo ficticio lo ha conectado con el pasado y que ahora su soledad será compartida. Él la mira a los ojos fijamente, le toma sus manos como queriendo leer su historia en ellas y las besa.

Ella le cuenta la manera como ha planeado ese encuentro y los detalles que ha sacado del diario de su difunta madre para no perder la oportunidad de conocer a su papá.


domingo, 17 de agosto de 2014

No sólo somos un número

La manera en la que el Estado nos identifica es a través de un número. Dicho número de identificación es válido para todos los actos civiles, políticos, administrativos y judiciales y es indispensable saberlo de memoria. A veces, cuando convives con alguien, es útil saber el número de dicha persona, pero si a duras penas recuerdo el mío, ¿cómo puedo recordar el de otro? Sólo con un poema fue posible hacerlo.

Consiete (7) de tu amor,
renueve (9) mi cariño;
mirando desde el cuatro (4),
el anocheseis (6) te dedico.
Cada nueve (9) luna llena,
mi corazón se trescocija (3),
me connueve (9) tu dedicación
en el recinco (5) de la luz que nos cobija.

domingo, 10 de agosto de 2014

Ciudad enladrillada

A sus 6 años parecía un anciano. Sus manos se veían desproporcionadas en relación a su cuerpo. Esas manos llenas de ampollas, carrasposas, hablaban de sus hazañas y de la dureza de su existencia. 

Desde que nació vivía en los chircales, el lugar en donde se fabrican ladrillos, y desde bebé ya hacía parte de la fuerza laboral. Sus dedos se veían deformados de tanto apilar y cargar ladrillos. Tenía sus dedos mutilados como parte del trabajo. Incluso, cuando se lastimaba, solito se amarraba un pedazo de trapo y seguía su trabajo sin dejar que la herida lo distrajera.

Sus padres sólo le pedían que tuviera más cuidado, pues ya sabían de las vicisitudes de este trabajo. Aunque perder un dedo no era lo importante, allí lo crucial era cumplir con la cuota asignada para recibir el pago diario, que el niño entregaba a su mamá para comprar algo de comida para todos.

Él era el mayor de 4 hermanos y, mientras su papá vendía los ladrillos, él manejaba la fábrica como un experto e instruía a sus hermanos en lo que tenían que hacer. Dando órdenes a los demás, se veía como un capataz enano.

Mi invitación a jugar lo tomó por sorpresa, aunque no la aceptó de inmediato. Él sentía que debía continuar con su jornada y sólo cuando su madre accedió, se unió al grupo casi a regañadientes.

Cuando vi que se acercaba, le tendí mi mano y él gustoso la aceptó. Sentir su mano fría, tosca, agrietada, hacía un gran contraste con la mía. 

Él, por su parte, no soltaba mi mano y con sus dedos acariciaba el dorso de mi mano. Cuando podía, acercaba mi mano a su mejilla, que era igual de arcillosa que el material con el que hacían los ladrillos.

Después de varios juegos, en los que recobró su esencia de niño y conocí su sonrisa, su padre apareció en el horizonte y empezó a gritarle que regresara a trabajar, mientras su madre le explicaba que ella le había dado permiso de jugar. El niño, con los ojos llenos de lágrimas, comenzó a temblar y me dijo que tenía que regresar a su labor.

Yo lo acompañé de vuelta a su trabajo y su padre me dijo que no volviera a ese lugar, pues distraía a los niños y ellos debían continuar la jornada. No había lugar para un discurso sobre derechos, pues era obvio que el niño sufriría las consecuencias de cualquier cuestionamiento.

Sólo atiné a estirar mi mano para despedirme del  niño y él estiró la suya. Juntamos nuestros dedos y se entrelazaron con fuerza. Nunca más volví a saber de él, pero siempre lo recuerdo cuando contemplo el ladrillo de mi ciudad. De la misma manera, pienso en los miles de niños y niñas que como él se mutilaron sus manos en el silencio cómplice de una ciudad que crece.

domingo, 3 de agosto de 2014

La entrevista

Me tomó un par de horas arreglarme para la entrevista. Tenía los requisitos básicos de la posición a la que aplicaba, pero sabía que la competencia era fuerte. Además, confiaba en mi experiencia y encanto personal. Cuando llegué a la sala de espera, vi que había otras personas interesadas en la posición, pero esta era mi oportunidad y nada podía echarla a perder.
 
Por fin escuché mi nombre y me hicieron pasar a la sala de juntas. Habían tres personas elegantemente vestidas que me recibieron con mucha cordialidad. Después del saludo y de llevar una conversación muy amena sobre el clima y el tránsito, iniciaron las preguntas de rigor.
 
Empecé a hablar sobre mi experiencia y estudios y la terna calificadora me bombardeaba con preguntas relativas al trabajo que tendría que realizar. No había llegado a la mitad de la entrevista cuando sentí que había algo en el ambiente que irritaba mi nariz. No sé si el perfume o colonia de alguno de ellos o el desinfectante del piso o el polvo del salón, pero algo provocó que estornudara.
 
Todos respondieron con un "salud" como la normas de cortesía lo demandan. Luego seguí adelante con mis respuestas, pero nuevamente otro estornudo me tomó por sorpresa y otra vez el "salud" apareció en la mesa.
 
Yo seguí respondiendo a sus preguntas, pero la sensación de estornudar continuaba y no la podía reprimir. Achú tras achú, era imposible de frenar y aunque después da cada  estornudo me disculpaba con la audiencia, mis interlocutores no me volvieron a decir "salud" después del tercer estornudo.
 
La entrevista siguió su curso, pero yo seguía lidiando con los estornudos; era la primera vez que me ocurría algo así. Saqué de mi bolso un pañuelo y apreté mi nariz con fuerza para parar los estornudos, pero todo era imposible.
 
A esa altura de la entrevista, estornudando cada tres segundos, mi atención estaba centrada en cómo detenerlos, aunque el panel seguía preguntando. Yo me sentía avergonzada y agotada por tanto estornudo. Del desespero, respondía a sus preguntas de una forma resumida para evitar estornudar más frente a ellos.
 
El tiempo se hizo eterno y no entendía cómo querían seguir adelante con la entrevista con  alguien que a duras penas podía responder a sus preguntas entre estornudos. De hecho, daba la impresión que no notaban que yo estuviera estornudando o en una fase de desespero.
 
Como no veía que la entrevista fuera a terminar, decidí levantarme y me excusé para ir al baño. Al mirarme en el espejo del baño, vi los estragos: la nariz roja  y los ojos hinchados. Llené el lavamanos con agua fría y metí mi cara en el agua unos minutos. Esto me refrescó un poco y me sentí aliviada.
 
Luego volví a la sala y en el trayecto eché una mirada a los demás postulantes. Recordé el objetivo que me había propuesto para el día y no podía dejarme ganar por los estornudos. Al regresar al salón, el panel siguió haciéndome preguntas y los estornudos se hicieron presentes de nuevo.
 
Era obvio que había algo en el ambiente que me causaba esa alergia imprevista. Así que para manejar mejor la situación y no caer en responder con monosílabos a sus preguntas, esperaba a que pasara el estornudo, tomaba aire, respondía rápidamente y en la pausa dejaba salir el siguiente estornudo.
 
Empecé a pasearme por la sala buscando el foco que causaba mi tragedia interna. Me acerqué a cada uno para ver si se aceleraban los estornudos; hice el mismo proceso con las cortinas y con unas flores buscando una causa.
 
Después de mi exhaustiva investigación por todo el salón sin obtener ningún indicio, recordé que en el colegio nos habían dicho que durante una batalla un emperador le hablaba a sus soldados y uno de ellos estornudó. El emperador interpretó este estornudo como una señal favorable de los dioses.
 
Por tanto, al igual que la audiencia, hice caso omiso a la alergia hasta que concluyó la entrevista. Cuando salí a la calle la alergia paró para siempre y una semana más tarde recibí una llamada en la que me indicaban que había sido seleccionada para el cargo confirmando que mi hipótesis era buena.