domingo, 10 de agosto de 2014

Ciudad enladrillada

A sus 6 años parecía un anciano. Sus manos se veían desproporcionadas en relación a su cuerpo. Esas manos llenas de ampollas, carrasposas, hablaban de sus hazañas y de la dureza de su existencia. 

Desde que nació vivía en los chircales, el lugar en donde se fabrican ladrillos, y desde bebé ya hacía parte de la fuerza laboral. Sus dedos se veían deformados de tanto apilar y cargar ladrillos. Tenía sus dedos mutilados como parte del trabajo. Incluso, cuando se lastimaba, solito se amarraba un pedazo de trapo y seguía su trabajo sin dejar que la herida lo distrajera.

Sus padres sólo le pedían que tuviera más cuidado, pues ya sabían de las vicisitudes de este trabajo. Aunque perder un dedo no era lo importante, allí lo crucial era cumplir con la cuota asignada para recibir el pago diario, que el niño entregaba a su mamá para comprar algo de comida para todos.

Él era el mayor de 4 hermanos y, mientras su papá vendía los ladrillos, él manejaba la fábrica como un experto e instruía a sus hermanos en lo que tenían que hacer. Dando órdenes a los demás, se veía como un capataz enano.

Mi invitación a jugar lo tomó por sorpresa, aunque no la aceptó de inmediato. Él sentía que debía continuar con su jornada y sólo cuando su madre accedió, se unió al grupo casi a regañadientes.

Cuando vi que se acercaba, le tendí mi mano y él gustoso la aceptó. Sentir su mano fría, tosca, agrietada, hacía un gran contraste con la mía. 

Él, por su parte, no soltaba mi mano y con sus dedos acariciaba el dorso de mi mano. Cuando podía, acercaba mi mano a su mejilla, que era igual de arcillosa que el material con el que hacían los ladrillos.

Después de varios juegos, en los que recobró su esencia de niño y conocí su sonrisa, su padre apareció en el horizonte y empezó a gritarle que regresara a trabajar, mientras su madre le explicaba que ella le había dado permiso de jugar. El niño, con los ojos llenos de lágrimas, comenzó a temblar y me dijo que tenía que regresar a su labor.

Yo lo acompañé de vuelta a su trabajo y su padre me dijo que no volviera a ese lugar, pues distraía a los niños y ellos debían continuar la jornada. No había lugar para un discurso sobre derechos, pues era obvio que el niño sufriría las consecuencias de cualquier cuestionamiento.

Sólo atiné a estirar mi mano para despedirme del  niño y él estiró la suya. Juntamos nuestros dedos y se entrelazaron con fuerza. Nunca más volví a saber de él, pero siempre lo recuerdo cuando contemplo el ladrillo de mi ciudad. De la misma manera, pienso en los miles de niños y niñas que como él se mutilaron sus manos en el silencio cómplice de una ciudad que crece.

No hay comentarios:

Publicar un comentario