domingo, 3 de agosto de 2014

La entrevista

Me tomó un par de horas arreglarme para la entrevista. Tenía los requisitos básicos de la posición a la que aplicaba, pero sabía que la competencia era fuerte. Además, confiaba en mi experiencia y encanto personal. Cuando llegué a la sala de espera, vi que había otras personas interesadas en la posición, pero esta era mi oportunidad y nada podía echarla a perder.
 
Por fin escuché mi nombre y me hicieron pasar a la sala de juntas. Habían tres personas elegantemente vestidas que me recibieron con mucha cordialidad. Después del saludo y de llevar una conversación muy amena sobre el clima y el tránsito, iniciaron las preguntas de rigor.
 
Empecé a hablar sobre mi experiencia y estudios y la terna calificadora me bombardeaba con preguntas relativas al trabajo que tendría que realizar. No había llegado a la mitad de la entrevista cuando sentí que había algo en el ambiente que irritaba mi nariz. No sé si el perfume o colonia de alguno de ellos o el desinfectante del piso o el polvo del salón, pero algo provocó que estornudara.
 
Todos respondieron con un "salud" como la normas de cortesía lo demandan. Luego seguí adelante con mis respuestas, pero nuevamente otro estornudo me tomó por sorpresa y otra vez el "salud" apareció en la mesa.
 
Yo seguí respondiendo a sus preguntas, pero la sensación de estornudar continuaba y no la podía reprimir. Achú tras achú, era imposible de frenar y aunque después da cada  estornudo me disculpaba con la audiencia, mis interlocutores no me volvieron a decir "salud" después del tercer estornudo.
 
La entrevista siguió su curso, pero yo seguía lidiando con los estornudos; era la primera vez que me ocurría algo así. Saqué de mi bolso un pañuelo y apreté mi nariz con fuerza para parar los estornudos, pero todo era imposible.
 
A esa altura de la entrevista, estornudando cada tres segundos, mi atención estaba centrada en cómo detenerlos, aunque el panel seguía preguntando. Yo me sentía avergonzada y agotada por tanto estornudo. Del desespero, respondía a sus preguntas de una forma resumida para evitar estornudar más frente a ellos.
 
El tiempo se hizo eterno y no entendía cómo querían seguir adelante con la entrevista con  alguien que a duras penas podía responder a sus preguntas entre estornudos. De hecho, daba la impresión que no notaban que yo estuviera estornudando o en una fase de desespero.
 
Como no veía que la entrevista fuera a terminar, decidí levantarme y me excusé para ir al baño. Al mirarme en el espejo del baño, vi los estragos: la nariz roja  y los ojos hinchados. Llené el lavamanos con agua fría y metí mi cara en el agua unos minutos. Esto me refrescó un poco y me sentí aliviada.
 
Luego volví a la sala y en el trayecto eché una mirada a los demás postulantes. Recordé el objetivo que me había propuesto para el día y no podía dejarme ganar por los estornudos. Al regresar al salón, el panel siguió haciéndome preguntas y los estornudos se hicieron presentes de nuevo.
 
Era obvio que había algo en el ambiente que me causaba esa alergia imprevista. Así que para manejar mejor la situación y no caer en responder con monosílabos a sus preguntas, esperaba a que pasara el estornudo, tomaba aire, respondía rápidamente y en la pausa dejaba salir el siguiente estornudo.
 
Empecé a pasearme por la sala buscando el foco que causaba mi tragedia interna. Me acerqué a cada uno para ver si se aceleraban los estornudos; hice el mismo proceso con las cortinas y con unas flores buscando una causa.
 
Después de mi exhaustiva investigación por todo el salón sin obtener ningún indicio, recordé que en el colegio nos habían dicho que durante una batalla un emperador le hablaba a sus soldados y uno de ellos estornudó. El emperador interpretó este estornudo como una señal favorable de los dioses.
 
Por tanto, al igual que la audiencia, hice caso omiso a la alergia hasta que concluyó la entrevista. Cuando salí a la calle la alergia paró para siempre y una semana más tarde recibí una llamada en la que me indicaban que había sido seleccionada para el cargo confirmando que mi hipótesis era buena.

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