sábado, 16 de abril de 2016

Amor propio

Recordé que a mis ocho años de edad, un día sin importancia, mis lágrimas salían sin control de rabia y de dolor mientras mi hermana se reía sin remedio. 

Supongo que el llanto y la risa de ambas alertaron a mi madre, quien se apresuró a ir a la cocina. Mi hermana rápidamente le explicó a mi mamá que me había caído de la silla mientras tomaba la sopa.

-Me imagino -dijo mi mamá con reproche- que fue por sentarte en el borde del asiento y jugar como si fuera una silla mecedora.

Sus palabras me hicieron sentir vergüenza, pues ya varias veces me había advertido que podía caerme. 

Yo seguía bajo la mesa llorando sin consuelo. No cabía duda de que me dolían mis posaderas y algunas otras partes de mi cuerpo que aún no determinaba. Mi madre descorrió el mantel para ayudarme a parar y esbozó una leve sonrisa que se fue ampliando hasta convertirse en una gran carcajada.

Miré mi reflejo en la ventana que me quedaba enfrente para comprender su risa y vi que el plato de sopa estaba sobre mi cabeza como un sombrero y su contenido se escurría por mi pelo y mi vestido. Las carcajadas al unísono de mi mamá y mi hermana me fueron contagiando.

Al levantarme, aún adolorida, pero queriendo levantar mi orgullo, decidí desfilar frente a ellas como si se tratara de un concurso de sombreros y aplaudieron con entusiasmo. 

Luego mi madre me dijo que jamás volviera a jugar con la silla y que limpiara el caos ocasionado. Nuevamente el llanto apareció como queriendo librarme del castigo, pero la risa delató que el golpe no había sido tan fuerte y que lo único que aún me dolía era mi dignidad.


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