Los grandes inversionistas del país se reunieron para discutir la factibilidad de invertir en responsabilidad social; algunos por moda y otros porque de alguna forma ya habían visto experiencias en las que podían incrementar sus utilidades.
El sitio de reunión no podía ser otro que el Salón Dorado de la empresa más prestigiosa del país en donde el derroche hacía gala del poder.
Por sugerencia del presidente de la cámara de industria, se había invitado a un experto para hablar sobre el tema. La reunión había comenzado y el experto no llegaba, lo cual impacientaba a la audiencia mientras se hablaba de banalidades de la vida.
Cuando finalmente apareció el experto, fue anunciado por una de las asistentes, como si fuera un acto solemne. Los ojos atónitos del grupo veían aparecer a una mujer regordeta, bajita, empapada de los pies a la cabeza, que a los ojos de los industriales venía vestida con harapos.
La asistente le indicó dónde sentarse. Ella iba dejando a su paso un rastro de huellas de lodo, exprimía las gotas de lluvia de su gorra de lana y sacudía una gabardina vieja. Esto ponía nerviosos a los asistentes.
Ella empezó a organizar sus papeles y los meseros le ofrecieron un trago, pero ella quería un chocolate caliente y, como no había, finalmente le dieron un té. Luego le ofrecieron caviar y al ver su rostro de incertidumbre el mesero le explicó que eran huevos de esturión; ella lo rechazó, pese al hambre que tenía. Sólo veía cómo los industriales disfrutaban de estas boquitas y solicitaban a los meseros más whisky.
Al iniciar su disertación, el lenguaje corporal de los industriales y de la experta cambió y sus mentes se sintonizaron en la realidad del país. La lucidez con la que exponía logró despertar el interés, lo cual se manifestaba en preguntas legítimas que buscaban alternativas. El diálogo surgió de forma inesperada y la discusión parecía que construía puentes entre dos mundos divorciados. Incluso las alternativas que la experta presentaba eran vistas por los industriales como caminos posibles para contribuir al desarrollo.
En el momento en que la discusión llegaba a buenas conclusiones, los meseros pasaron de nuevo a su lado y la experta decidió probar las boquitas. Tomó la galleta, le colocó caviar encima y se la metió en la boca. El sabor del caviar le pareció desagradable e inmediatamente tomó una servilleta, escupió el bocado y agarró una manotada de galletas para quitarse el mal sabor.
Era como si esta acción los hubiera despertado a los industriales del letargo de la disertación. Ellos volvieron a su fría postura inicial y sus rostros adustos criticaban la reacción de la experta. La experta también cambió su lenguaje corporal y reflejaba incomodidad de estar en medio de tanto glamour y superficialidad.
La experta se despidió convencida de que su influencia no había sido efectiva y había perdido su tiempo aceptando esta invitación; y los industriales se quedaron comentando el episodio del caviar antes de reconocer que su disertación los había cuestionado y alguno de ellos probarían las alternativas sin que nadie notara cambios en su rutina.

No hay comentarios:
Publicar un comentario