A sus 83 años, Adela le contaba a sus nietos historias sobre su infancia: la casa en la que vivió, los juegos con sus hermanos, las aventuras en la escuela y las travesuras que hacía.
Sus historias deleitaban a los pequeños y su ánimo revivía en aquellos recuerdos. Incluso ella se admiraba de que a su edad aún recordara detalles con las preguntas de sus nietos y lograra conectar cada uno de sus sentidos con ese instante de su pasado.
Un día, sus nietos fueron a visitarla y le llevaron unas flores silvetres, que ella las conocía con el nombre de campanillas. Inmediatamentamente su mente viajó en el tiempo y recordó que a sus siete años estaba en una competencia con su hermana para saber cúal de las dos recogía más campanillas. Esas flores silvestres sobresalían del prado donde jugaban y era muy raro verlas. Adela iba perdiendo; apenas tenía dos campanillas en su mano, mientras que su hermana ya tenía cinco.
Su padre, que las acompañaba, les dio la señal de regresar a casa. En ese momento, Adela vio una última campanilla. Ambas corrieron a atraparla y Adela, al ver que su hermana se quedaba atrás, sintió que la victoria era suya. Alcanzó a rozar la campanilla con sus dedos, pero no logró arrancarla, pues unos centímetros antes cayó en un hoyo profundo.
En esa época el lote donde jugaban se había vendido y sin ningún tipo de advertencia comenzaron a cavar los cimientos de una nueva casa.
Metida en la zanja, Adela lloraba por los raspones en brazos y piernas, por la impotencia de intentar escalar la pared de barro lodosa sin ningún éxito, por el olor a humedad que no la dejaba respirar con comodidad y por el miedo producido por la poca luz que había. Cada segundo era una eternidad y mientras gritaba auxilio pensaba que podría encontrarse con algún animal peligroso, que nadie podría sacarla de allí, que los bomberos tardarían mucho en llegar y terminaría asfixiada o que simplemente seguirían construyendo la casa encima de ella.
Mientras su cabeza giraba en torno a miles de posibilidades, vio que su padre entró en el hoyo para rescatarla. Al salir, sintió que tenía una nueva oportunidad, que su vida tenía un antes y un después de esa caída.
Al llegar a casa su madre limpió sus heridas y al escuchar la historia que su padre y hermana le narraban a su familia supo que su aventura no había durado más de tres minutos, que su padre también había sido víctima del hoyo, que perdió sus campanillas y que su hermana había aprovechado la situación para arrancar la última campanilla completando así la media docena que le regaló a su madre.

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