domingo, 25 de mayo de 2014

Bandido

La última parada de bus es la más agradable. Allí donde inicia y termina el recorrido es donde las ventas de carnitas, helados y atoles pululan. Es el punto donde además la gente se conoce y hay más camaradería y confianza, aunque, como en toda ciudad, no se deja de sentir en ese fin del recorrido que también la violencia, los robos y el miedo siguen presentes.
 
En uno de esos lugares conocí a Gin. Su aspecto elegante, confiado y cariñoso le permite pasar desapercibido entre los peatones, pero si alguien se descuida, Gin no deja pasar la oportunidad para robar lo que puede. Cada quien debe sobrevivir de la mejor manera y Gin ha encontrado ésta.
 
Él nació en el barrio, pero fue regalado a una pareja francesa para que tuviera mejor suerte y así fue. Aprendió francés y sobre la buena vida. Cada capricho era satisfecho al momento; pero luego vino algo que no se esperaba. La pareja de franceses decidió devolverlo al barrio. Se dieron cuenta de que su capacidad intelectual no era muy buena, no lograba retener órdenes y la alimentación solo lo volvía más fuerte.
 
En aquella etapa de su vida le salían los dientes y la molestia de las encías hacía que cualquier cojín, mueble u objeto sirviera de rascador; en pocas semanas destruyó la casa de la pareja. Al barrio regresó más grande y saludable que sus hermanos, pero sin habilidades de supervivencia.
 
Sus hermanos se burlaban, porque no le gustaba la comida que encontraban en el basurero y era presa fácil de los guerreros de la cuadra. Poco a poco, sin amigos, sin incentivos, cayó en la depresión y el paso siguiente fue la perrera municipal; su vida estaba sentenciada a terminar incinerado.
 
Cuando me enteré, fui a buscarlo con el carnet de vacunas en mano y gritaba por las celdas: "Gin, séance, encore" como si entendiera lo que decía en francés, pero era la forma de identificarlo. Este gesto, más una palanca en el ministerio de salud, ayudó a que Gin regresara al barrio. Pero esta vez ya no era el mismo.
 
Después de este mal episodio, la vida de Gin cambió para siempre. Entendió que era más fuerte que otros perros y empezó a ser respetado y hasta temido. Ahora se da el gusto de escoger su comida y sólo algunos que ya saben sus viejas mañas lo vigilan desde lejos para espantarlo.

Pero su agilidad es buena y no es raro verlo correr con un tira de longaniza en su hocico. Cuando esto sucede, me preguntan si conozco a Gin y yo solo afirmo: ese perro no es mío.

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