Cantar es un placer que bien puede hacerse desde cualquier escenario. Y cuando cantamos desde el alma siempre lo hacemos bien, pese a que otros lo escuchen mal.
Después de examinar mis miedos, pero con el deseo férreo de pasar a la posteridad, decidí presentarme en el coro del colegio. Para poder entrar, tuve que hacer la prueba entonando uno de los tangos que le había aprendido a mi padre.
La directora del coro me dijo que era una excelente interpretación y que, como el coro sólo tenía sopranos y mezzosopranos, yo sería la única contralto, una de las voces más graves. No comprendía mucho del asunto, pero la directora del coro me dio la bienvenida y me aseguró que sería una pieza clave. Y efectivamente así fue.
En los primeros ensayos comprendí que las dulces voces de mis compañeras lucían más cuando se apoyaban en el ritmo o la percusión del coro. Yo era esa percusión. La encargada del bom bom, del chaa chaaa chachachá, del mmmmmmmmm o del parapapá.
Me encantaba el rol que jugaba, pero a veces la directora me decía que mi vozarrón era muy fuerte y opacaba las otras voces, así que debía cantar muy suave, de forma casi imperceptible.
Me aburría ser imperceptible y además, dado mi papel, nunca pude interpretar una canción completa. De hecho ahora, cuando recuerdo alguna canción del coro, rápidamente llegan a mi mente los sonidos que hacía pero no la letra completa de la canción.
Un día la directora del coro, preparándonos para un concurso, me dio un estrellato. A mitad de la canción, debía aparecer recitando un poema con mi vozarrón. Fue un momento espectacular, pero una semana antes me dio laringitis y no pude lucirme.
Luego el coro fue cancelado y mis expectativas de cantante fueron diluidas.
Después de esa experiencia, nunca más volví a cantar. Sólo los domingos bajo la ducha y por fuerza mayor cuando en alguna reunión social alguien me da espacio y vuelvo a entonar el tango, como uno de esos chistes viejos que uno tiene en la manga para salir del paso.

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