domingo, 22 de junio de 2014

Inadvertido

Tomás partía de la premisa de que cualquier mortal tiene conciencia de la finitud de su existencia, aunque nadie sabe cuándo le llega el fin. Afirmaba que mientras llega ese momento nos entretenemos en miles de opciones para darle sentido a nuestra vida y por eso se nos olvida ese detalle del tiempo limitado.
 
A sus 66 años, sentía que ya había cumplido con sus metas y por eso decidió descifrar cuándo llegaría el fin de su vida para dejar su testamento y otros asuntos en orden antes de ser acechado por la muerte. No era que tuviera deseos de morirse, simplemente quería prepararse para que la muerte no lo tomara por sorpresa y, aunque sabía que no podría detener ningún tipo de catástrofe accidental, sí podría detectar el final si empezaba a fallarle alguno de sus órganos.
 
Se volvió bastante minucioso en su cuidado personal y cualquier leve cambio lo interpretaba como un síntoma que podría ser el inicio de su desenlace. Revisaba si sus lunares cambiaban de tamaño, se medía los signos básicos: la tensión arterial, temperatura y pulsaciones, y acudía con frecuencia al médico para constatar que sus exámenes de laboratorio no arrojaran información preocupante.
 
Llevar al extremo algún síntoma, le permitía adelantarse a los hechos y por eso, si en su rutina diaria sentía cierta fatiga, asociaba que ésta podría tratarse del inicio de una diabetes, o un dolor de cabeza podría ser un síntoma de un tumor cerebral, o un dolor abdominal podría ser el origen de una peritonitis.
 
Tomás compartía sus ideas con sus familiares y amigos, quienes empezaron a tildarlo de hiponcondriaco. Él refutaba este término, pues su interés y conciencia en la finitud humana distaban bastante de la hipersensibilidad a síntomas inexistentes que de manera infundada podría considerar que padecía una enfermedad grave.
 
Tomás no se sentía enfermo, sólo quería atrapar el inicio de aquello que culminaría su vida. "De algo tendrá uno que morirse", se repetía, "y yo estaré preparado para eso".
 
Así que para no especular sobre enfermedades y la posible relación de éstas con su muerte, su vida como contador quedó relegada, y empezó a visitar la biblioteca para conocer más sobre anatomía y el diagnóstico y tratamiento de enfermedades raras y comunes; y decidió comprarse un vademécum, que se convirtió en su libro de cabecera.
 
Dado que su salud era como la de un roble, para poder seguirle la pista a su consumación y evitar el sarcasmo de sus allegados, decidió continuar con su propósito, pero cambió de estrategia. En vez de autoexaminarse, empezó a observar los síntomas de otros para que el principio de comparación le ayudara a determinar la proximidad de su muerte.
 
Esta aventura lo llevó a ser muy popular entre sus vecinos, a iniciar conversaciones de forma espontánea en un bus o en una cafetería y a abordar personas que consideraba que pudieran estar en un punto sin retorno y que le darían información precisa sobre su propio deceso.
 
Su experimento empezó a salirse de proporción, pues cuando la gente veía su interés en indagar sobre sus síntomas, le pedían consejo y le contaban los resultados de los exámenes y consultas médicas para saber qué opinaba él.
 
Incluso lo llamaban para consultarle sobre dolencias y las personas comenzaron a llamarlo "Doc". Este apodo lo desvió del objetivo trazado, entreteniéndose con las consultas y enfermedades de otros, guiando a las personas a estar atentas a los síntomas y remitirlas al doctor, encontrando para él mismo una nueva meta.
 
Pero para morir sólo basta con estar vivo. La muerte no le dio la oportunidad a Tomás de despedirse, simplemente lo encontró distraído replanteándose su existencia, con una sonrisa en sus labios y creyendo en la eternidad de la vida.

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