domingo, 6 de julio de 2014

Caminata ecológica

Con el deseo de cambiar de ambiente y conectarnos con la naturaleza, decidimos hacer un paseo por un sendero ecológico. El sendero quedaba en las afueras de la ciudad, en una zona boscosa que garantizaba un encuentro grato con la naturaleza. Tendríamos la oportunidad de ver ardillas, monos y diferentes clases de pájaros.

La recomendación era ir en grupo y con un guía, aunque el camino estaba bien marcado. En su recorrido de ocho kilómetros, tenía algunas estaciones de descanso con mapas y unos troncos para sentarse. También se podía disfrutar de unos culumpios gigantes y puentes colgantes con una vista sensacional.

Cuando iniciamos el recorrido, nos unieron a un grupo de la tercera edad que durante el trayecto cantaba alabanzas; así que dada nuestra juventud e ímpetu aventurero, decidimos tomar la delantera y seguir el camino por nuestra cuenta, dejando atrás al grupo y al guía.

La caminata era agradable y en un punto del sendero vimos una cascada cercana, así que nos desviamos para tomar fotos y remojarnos los pies. Después intentamos volver al sendero, pero no lo encontramos. Incluso perdimos de vista la cascada y los puntos de referencia que teníamos. La angustia empezó a hacer parte del paseo.

Sentíamos que los espacios abiertos nos alejaban y por eso decidimos meternos en la vegetación mas cerrada con la idea de estar acortando camino y volver al sendero.

Sin embargo, esta decisión era una locura, pues teníamos que luchar con los arbustos y abrir camino con nuestros cuerpos. Para pasar con mayor velocidad, era más facil caminar agachados por aquel túnel espeso de vegetación. En un momento, llegamos a un claro del bosque y sentimos alivio pensando que habíamos llegado al sendero, pero no fue así. Seguíamos perdidos.

Aproveché para estirar la espalda, pero apenas lo hice sentí un golpe en la cabeza. Era como si me hubieran lanzado una piedra. Me agaché para corrobar qué era y descubrí que me habían golpeado con un chontaduro. No hizo falta más análisis, pues empezó una lluvia de chontaduros y una gritería impresionante que nos apabullaron. Se trataba de una manada de monos que nos atacaron por invadir su lugar.

Huímos por donde llegamos muertos de miedo por los monos que nos atacaban. En la carrera, perdimos la botella de agua que nos garantizaba la hidratación y los ánimos estaban caldeados entre nosotros, pues cada quien quería liderar el rumbo y a esa altura no había acuerdos.

Cuando arribamos a un lugar seguro, me tumbé exhausta en el prado, mientras mis compañeros discutían cuál camino tomar. Yo sólo deseaba estar en casa y dormir. Mi cuerpo agradecía esta posición de descanso, en especial mi rodilla que justo quedó sobre un montículo acolchonado. En un par de minutos, comprendí que el montículo era una colonia de hormigas cuando sentí que me picaban por dañar su terreno. Di un salto y comencé a gritar y zarandearme para quitarme el ejército de hormigas, pero sus mandíbulas eran tan fuertes que salí corriendo sin rumbo hasta llegar a la cascada, en donde pude deshacerme de la mayoría.

Mis amigos corrieron detrás de mí y, al verme en el agua luchando contra las hormigas, se rieron, se metieron tambien en el agua y me abrazaron con alivio por haber encontrado de nuevo el punto inicial en que nos distanciamos del sendero.

Agotados por lo sucedido, sin saber para dónde ir, el cántico de los abuelos irrumpió en el bosque. Escuchamos sus voces y apresuramos el paso rogando que no se quedaran en silencio para poder encontrar de nuevo el sendero. 

Finalmente los encontramos. Al vernos mojados, embarrados, cansados y con lágrimas en los ojos, no hubo necesidad de disculparnos por nuestra jactancia juvenil, pues era obvio que habíamos pasado un mal rato. El resto del recorrido contamos nuestra historia varias veces, cada vez con nuevos detalles entreteniendo al grupo hasta el final del recorrido.



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