Soy una mujer y por nada del mundo cambiaría esta condición, aunque debo confesar que algo que envidio de los hombres es la facilidad para orinar de pie.
Parte de mi trabajo consistía en visitar comunidades campesinas y muchas veces debía caminar largas horas por veredas antes de encontrar una escuela o una casa en donde se tuviera un baño o al menos una letrina. Desafortunadamente, en muchos casos, cuando arribaba al lugar de destino, me encontraba con la noticia de que no había baño y era cuesion de buscar un lugar "por ahí".
Aunque en el campo la nauraleza es amplia y hay un millón de posibilidades de encontrar un lugar, no siempre es sencillo. Primero hay que buscar un lugar seguro e íntimo donde nadie pueda verte. Segundo, verificar que el lugar elegido no tenga elementos sorpresa, porque en plena función no se puede salir corriendo si se pisa un hormiguero, aparece un sapo o una serpiente o te roza una hoja que atente contra tu vida, como la ortiga. Por último, acuclillarte sin perder el equlibrio para cumplir con esta función natural.
Después de hacer este proceso de forma repetitiva ya me sentía una experta y no me tomaba mucho tiempo decidir el "por ahí".
Un día fui a una comunidad, cuyos líderes estaban firmando un acuerdo para el cese de la violencia. El lugar elegido fue el límite comunitario, donde no había casas, ni escuela, ni siquiera árboles o arbustos. Simplemente era un lugar abierto, neutral, para dar posibilidad a las partes de resolver sus conflictos.
Los líderes llevaron algunas sillas plásticas, que se colocaron en medio de la nada para las conversaciones, y unas ollas de barro con una bebida alcohólica no destilada hecha a base de plátano. A esta bebida la llamaban "Alcides".
También llevaron una vaca, clavaron una estaca como a unos diez metros del lugar y la amarraron allí. Porque al final, si todo salía bien, la vaca sería sacrificada y las dos comunidades harían una celebración. Éramos 10 o 12 personas y sólo estábamos dos mujeres: una señora que tenía a su hijo de 8 años a la par, quien tomaba las notas, y yo.
Se inició la reunión, retomando el contexto histórico, narrando las dificultades vividas, los horrores de sus actos violentos y las formas de reconstruir la paz. Mientras cada líder habalaba, se iba rotando el cuenco con el "Alcides".
Con tanto "Alcides", las ganas de orinar se incrementan y los hombres se alejaban del grupo unos metros, orinaban y volvían al lugar. Mi vejiga estaba llena y sobrepasaba el umbral de retención. Era imposible aguantar más, así que empecé a considerar mis posibilidades: el entono estaba desierto, no tenía opción de esperar más, así que mi única alternativa era hacer lo que ellos hacían o esconderme detrás de la vaca.
La vaca estaba sentada y dormida, era lo suficientemente grande para taparme, así que no lo dudé. Me levanté decidida, me oculté detrás de la vaca, vi que este era un lugar seguro y no vi ningún elemento sopresa, así que me acuclillé y liberé el líquido.
En el momento en que comencé a orinar, el ruidito asustó a la vaca, que mugió y se levantó asustada atrayendo la atención del grupo. Cuando me vieron acuclillada, no tuve otra opción que mover mi mano en señal de saludo y terminar lo que había comenzado llena de vergüenza y con mi dignidad herida.
Mientras me vestía, le vociferaba a la vaca por su poca complicidad. Al regresar no mencionaron nada, sólo dijeron que ya podíamos proceder a la firma del acuerdo y le dijeron a la señora que fuera a avisar a la comunidad. La señora codeó al niño y le dijo: "avísales". El niño se levantó y preguntó a la mamá: "¿les digo que la seño asustó a la vaca?" La madre respondió: "No, que ya pueden venir a la celebracion". En ese instante todos se carcajearon por lo ocurrido y no tuve más remedio que reír con ellos. Desde entonces envidio esa opción de orinar de pie.

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