domingo, 20 de julio de 2014

Septiembre


Abel se peina con los dedos su cabellera ondulada y negra y arregla el cuello de su chaqueta. A pesar de que no puede evitar que le suden las manos y sienta temor de que alguien lo vea, su figura resuelta toca la puerta. Tiene confianza en sí mismo y una gran energía que lo cobija.
 
Toca nuevamente la puerta. Zaib frente al espejo, escucha desde dentro, pero no se afana en abrirla. Se mira fijamente al espejo y se ve encantadora. Siente que con su mirada lo puede todo. Nuevamente el aldabón hace sonar el frío hierro. Zaib acomoda sus rizos y le da brillo a sus labios. Camina hasta la puerta y torna sus ojos como pidiéndole al cielo que le conceda lo mejor para este encuentro.
 
Abel se siente impaciente. Ocho días atrás, en medio de un bombardeo, se habían declarado su amor, un amor que ambos sentían desde el momento en que se conocieron y ahora era imposible esconder. Sonreía al recordar el momento en el que se conocieron, cuando sus miradas se cruzaron. Descubrieron que cada cual defendía una bandera diferente, por eso pasaron largas horas explicando las razones que los llevó a empuñar su bandera.
 
Durante un largo año de encuentros y desencuentros, en el que ninguno de los dos expresaba sus sentimientos, se enfocaron en conocer sus argumentos. Esto los condujo a cuestionar sus propios ideales y dejar atrás su fanatismo, porque ambos coincidían en que las consecuencias de la guerra les había traído a ambos grandes dolores y pérdidas.
 
Zaib abrió la puerta y expresó algunas palabras aceleradas sin sentido. Abel dio un saludo corto y le dio un beso en la mejilla. Se sentía sorprendido por la desenvoltura de Zaib; a pesar de tener su misma edad, aparentaba ser más madura que él.
Zaib cerró la puerta y lo condujo  al cuarto del fondo sin formalismos de ninguna clase. Él la seguía con la mirada, la encontraba hermosa, llena de vida y sueños; sueños que él iba perdiendo desde su entrada al ejército.
 
Zaib vivía en una escuela que ahora era un albergue y se encargaba de cuidar a algunos niños huérfanos; sentía que el espacio era acogedor, pero a Abel toda la casa le parecía horrible; de hecho no la veía nada acogedora, pero eso no le importaba, lo único interesante era ella.
 
Se sentaron e iniciaron una conversación bastante animada, aunque ninguno de los dos prestaba atención a lo que hablaban. Sus corazones estaban conectados en descubrir los rasgos, ademanes y detalles del otro.
 
Zaib le comentó a Abel los retos que tenía con los huérfanos y su frustración por no poder lograr resultados.
 
Esa frustración fue la disculpa perfecta para que Zaib llorara y desahogara su rabia y dolor en contra de esa guerra absurda. Abel se acercó a ella y la consoló. De alguna forma se sentía responsable por tanta barbarie. La abrazó tiernamente. Luego le besó su cabellera, el cuello, su mejilla y por fin logró alcanzar esa boca que desde hace meses había querido besar. Zaib respondió a su beso, el cual pasó de tierno a pasional.
 
Ambos sentían que sus bocas se fundían como si fueran parte del otro. El beso se hacía suyo, se hacía música y legitimaba el amor que vivían. Se extasiaron en aquel beso por largo tiempo e hicieron caso omiso del zumbido del bombardeo que permitía a las personas salir corriendo y esconderse. Solo tomaron sus banderas y se abrazaron.
 
Días después, entre los escombros, los encontraron y esta historia septembrina, como muchas otras similares, fueron parte de las semillas que contribuyeron a repensar un camino dialogado hacia la paz.



 

1 comentario:

  1. Hola Diana,

    Me ha gustado mucho esta pequeña pieza literaria. Siento que las palabras encajaron perfectamente, cada una persiguiendo a la otra y entretejiendo una historia que no dan ganas de terminar de leer.

    El trasfondo ideológico me pareció muy oportuno; en especial porque es una problemática que permanece constante en el tiempo. La línea "sólo tomaron sus banderas y se abrazaron" me pareció excelente; una sóla frase que está tan cargada de significado.

    Felicidades y gracias por compartir!

    Stefy

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