De regreso a casa, después de una ardua labor, me sentía satisfecha por el trabajo realizado y con ganas de abrazar a los míos.
El vuelo había salido a tiempo y la hora del trayecto se fue pasando rápidamente.
La visibilidad era grandiosa y lograba contemplar las montañas, los ríos y las ciudades a su paso. La luz del sol nos acompañaba y se sentía el calor de sus rayos en la cabina creando una atmósfera de paz y tranqulidad.
Cuando nos fuimos acercando a nuestro destino, el capitán del avión llamó nuestra atención diciendo que las condiciones climáticas en la ciudad no eran las adecuadas y teníamos que aterrizar en otra.
Este mensaje provocó un pesar colectivo y la gente empezó a compartir sus sentimientos de tristeza, rabia y decepción por no llegar a su destino.
Mientras cada quien murmuraba su sinsabor, un pitido chillón silenció a los pasajeros y escuchamos una discusión, que no debimos escuchar, entre el piloto y el copiloto. Claramente estaban en desacuerdo por la decisión de aterrizar en una ciudad diferente.
La discusión versaba sobre la posibilidad o no de aterrizar en ese instante y las consecuencias de atravesar o no una nube negra que impedía la visibilidad. Nuevamente escuchamos al capitán decir en tono de poco amigos: "Señores pasajeros, les informo que aterrizaremos en la ciudad de destino, pero no me hago responsable de lo que pase".
Justo en ese instante, cuando nos preguntábamos qué podía pasar, el avión entró en la nube negra, la cabina se oscureció y el avión se estremeció de tal forma que se abrieron algunos compartimentos y se cayeron algunas maletas. El pánico se apoderó de la gente como un virus y los rezos y gritos auguraban el fin de la vida a 10 mil metros de altura. Los "te amo" y los "perdón" se hicieron escuchar y el miedo nos unía como si fuéramos amigos.
Tras cruzar la nube todo volvió a la calma. El capitan siguió el protocolo de aterizaje y cuando tocamos tierra respiramos hondo. Algunos pasajeros denunciaron el hecho y otros salimos del avión como si nada hubiera pasado. Nuevamente pasamos a ser extraños, nadie quería recordar cómo, en un segundo de pánico colectivo, se había perdido la compostura.

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