domingo, 26 de octubre de 2014

Quiromancia

Camino al trabajo, conversaba con una compañera en el bus. No recuerdo exactamente el tema de conversación, pero, como siempre, gesticulaba con las manos para enfatizar mis ideas.
 
A nuestro lado, había un hombre con una túnica color naranja, con su cabeza rasurada, excepto por un mechón de cabello que salía de la parte posterior de su cabeza y que estaba anudado con una cinta dorada. Este monje hare krishna me observaba.
 
Para confirmar que mi apreciación era correcta, empecé a exagerar mis movimientos y confirmé que el hombre se fijaba en mis manos. Estiré mi mano tan alta como pude y sus ojos la siguieron hasta que con ellas conduje su mirada a mi cara e hice un ademán de saludo: el tipo enrojeció al ver que lo había descubierto.
 
Se disculpó indicándome que le habían atraído mis manos y que si podía verlas en detalle. Mi amiga señaló la banca de atrás que acababa de desocuparse para que nos sentáramos juntos, y así lo hicimos.
 
El tipo tomó mis manos y dijo que mis líneas eran fascinantes. Nos explicó que los surcos y pliegues de las palmas de las manos muestran el perfil psicológico de una persona y que entre más líneas tuviera la persona significaba que había vivido más reencarnaciones.
 
En mi caso, según él, era la primera vez que veía a una persona con tantas reencarnaciones y por eso se había sentido atraído: sin duda tenía una misión que cumplir y posiblemente ésta podría ser mi última reencarnación.
 
Continuó su discurso afirmando que mi alma había viajado por distintos cuerpos, aprendiendo en diversas vidas las lecciones que proporciona la existencia terrena y que ya era hora de alcanzar una forma de unión con un estado de conciencia más alto.
 
Yo le respondí que era bastante escéptica a sus palabras y que sin duda simplemente tenían arrugas como las de cualquier persona. Él estiró sus manos, me mostró las suyas y noté que efectivamente las líneas de sus manos no estaban tan marcadas como las mías o como las de mi amiga, y eso que ambos tenían la misma edad que yo.
 
Nuevamente tomó mis manos, me preguntó si tenía alguna idea sobre mi misión y le respondí, para salir del paso, que tan solo quería hacer algo glorioso para que la gente sonriera. En una actitud de oración, tomó mis manos entre las suyas y dijo que no debía desafiar la energía divina y que debía aceptar mi misión.
 
Cuando me esaba diciendo estas palabras, el conductor frenó con tal fuerza que el monje soltó mis manos para agarrarse de un tubo, mientras yo rodaba por el corredor y terminaba al pie de la puerta de entrada. Debí perder la conciencia unos segundos, pues cuando abrí los ojos había muchas personas a mi alrededor y exclamé: "morí y resucité". La gente comenzó a reír mientras me ayudaban a ponerme en pie.
 
Caí en cuenta que mi misión se había cumplido y después de tremendo golpe era como que naciera de nuevo reencarnada en el mismo cuerpo con el imperativo de pensar de forma mesurada en mi verdadera misión.

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