domingo, 2 de noviembre de 2014

Limosna

Me partía el corazón ver a aquella viejecita sentada en el atrio de la iglesia, extendiendo su mano para recibir alguna limosna. Su semblante daba lástima, con sus zapatos viejos, su ropa desgastada y esa cara de ternura que me recordaba a mi abuela.
 
Algunas veces, al darle unas monedas, aprovechaba para sacarle conversación y me contaba sus tristezas. Sus hijos la habían abandonado a su suerte y no tenía un lugar donde recostar su cabeza. Lo que más me impactaba eran sus historias sobre las noches frías y lluviosas que sorteaba deambulando por el parque.
 
Diariamente pasaba por aquel lugar; algunas veces tan solo la veía desde la distancia y otras aprovechaba para brindarle algo de comida o simplemente conversar.
 
Un día noté que la anciana no estaba en el atrio, como de costumbre. Era como si faltara una parte del paisaje y me extrañé de no verla sentada allí. Los días fueron pasando y su ausencia me producía muchas preguntas. ¿Será que está enferma? ¿Quién podrá brindarle abrigo? ¿Será que murió y nadie ha notado su partida?
 
Pasó más del mes sin volverla a ver y decidí entrar a la iglesia y elevar una plegaria por ella. A mi salida de la iglesia, me encontré con el sacerdote, le pregunté por la anciana y le comenté mi conjetura sobre su deceso. El sacerdote me respondió que la viejita a veces se perdía unos meses, pero luego regresaba a su puesto como si fuera parte de la decoración del atrio.
 
Meses después, se cumplió el vaticinio del sacerdote y volví a ver a la abuela en su lugar pidiendo limosna a los transeúntes. Mi corazón se animó de verla, compré café y pan para compartir con ella y me senté a su lado preguntándole qué se había hecho.
 
Me respondió que tenía un secreto y que le encantaría compartirlo conmigo; me pidió que le regalara un pedazo de papel, en él anotó una dirección y me dijo que nos encontráramos allí en la noche.
 
Intrigada y con suspicacia llegué al lugar, toqué el timbre y me abrió una señora muy afable que se veía elegante y refinada y me hizo pasar. Le pregunté por la anciana, comentándole que ella me había dado esa dirección y me respondió: "¿acaso no me reconoces?" Yo no salía de mi sorpresa.
 
El lugar donde vivía era sencillo, cómodo, sin opulencias, pero sin pobrezas. Su trabajo era sentarse en el atrio de la iglesia, como cualquier empleado público, cumpliendo un horario, recibiendo su sueldo en cada limosna y luego sacaba vacaciones. Ese año había viajado a Tierra Santa. Me enseñó su pasaporte y fotos y me contó muchas historias divertidas. No logré modular palabra, tan sólo agradecer por el té con leche y las galleticas que me brindó.
 
A la mañana siguiente, en mi ruta hacia el trabajo, volví a verla ataviada con su uniforme de harapos, trabajando con su cara lastimera y viendo cómo recolectaba su sueldo. Decidí cambiar mi ruta hacia el trabajo y olvidarme del secreto contado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario