Último eclipse de sol del milenio y muchos amantes de los fenómeos naturales no iban a perderse de esta maravillosa función. Sebastián era uno de ellos y sin importarle los costos, las penurias o sacrificios, hizo lo posible e imposible para vivir el encuentro romántico entre el sol y la luna sumergido en una quebrada.
Apenas escuchó la noticia en la que señalaban el día y la hora del suceso, abrió un mapa y determinó el lugar más estratégico según las coordenadas publicadas por la NASA para presenciar el eclipse total.
Llegado el día, tuvo que viajar 18 horas en bus y luego caminar otras tres y media para llegar al lugar que había elegido.
La prensa dedicó espacio a hacerle publicidad al eclipse y sacaron notas que hablaban de los riesgos para los ojos o de las desgracias que, según Nostradamus, vendrían después de este evento y de las diferentes interpretaciones culturales. Los comerciantes también sacaron provecho vendiendo souvenirs y paquetes turísticos para disfrutar del eclipse desde lugares clave; pero Sebastián quería vivir este proceso solo, ser un simple observador, como buen ecologista.
Arribó a la quebrada hacia el medio día en que el sol estaba brillante y alto. Se detuvo a contemplar su entorno: algunas aves buscando alimento, uno que otro pez en la quebrada, las flores y plantas en medio de su fotosíntesis y el viento cálido.
Se desnudó y entró a la quebrada; a medio día empezó a atardecer. Sumergido en el agua, la noche producida por el eclipse llegó y pudo ver más peces en la quebrada, observó cómo las aves volvían a sus nidos, las plantas se desgonzaban y aparecían animales nocturnos, como búhos, roedores y murciélagos. Los sonidos de la naturaleza fueron cambiando al igual que los aromas.
La noche duró siete minutos y la temperatura descendió casi unos nueve grados. Pasado este corto plazo, empezó a amanecer y, ante sus ojos, de nuevo la naturaleza se despertaba de la corta noche. Se sintió complacido por presenciar el día y la noche en fracciones de segundo en medio de aquella quebrada.
A su regreso a la ciudad, no podía borrar esa sonrisa de satisfacción por la cantidad de sensaciones acumuladas por sus sentidos. Su jefe lo recibió con regaños y reclamos por abandonar el puesto; sus amigos y novia, por perderse sin avisar; y sus familiares, por reconfirmar que así era él. Sin embargo, nada de eso pudo sacarlo de su conexión eclipsar.

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