domingo, 30 de noviembre de 2014

Poeta frustrado

Durante la década de los 50, cuando el mundo empezó a conocer el significado de la Guerra Fría, en el país se vivía una convulsión política tras la muerte de un líder político liberal y sobrevino la dictadura de un militar. En esos días, un joven empezaba sus estudios en la universidad, lejos de su ciudad de origen.
 
Atrás había dejado a sus padres, que con gran esfuerzo le enviaban cada mes dinero para su sustento a través del correo. También había dejado una novia, a la que prometió escribirle versos de amor para que su llama no se apagara.
 
Pese a que sus estudios no tenían nada que ver con las letras, su pasión se desbordaba en ellas y se veía a sí mismo como un poeta incurable. La poesía le permitía desnudar las cosas y aclarar sus sentimientos sin reservas.
 
De hecho, ese amor por las letras lo hizo famoso entre sus compañeros y amigos,  que después de alguna fiesta al son de la guarachera o de boleros se sentaban a disfrutar del ocio escuchando algunos de sus escritos.
 
Esos mismos versos los reprochaba su familia, dado que la poesía era mal vista por la sociedad y quien la escribía estaba condenado al fracaso.
 
Sin embargo, el joven sabía que sus poemas nutrían su relación amorosa y confiaba en la agilidad y prontitud del correo para mantener viva la relación, aunque sus amigos se quejaban del servicio, en especial porque las cartas se perdían.
 
Cada mes, recibía dos cartas: una de su novia y otra de su padre con su mesada. En el instante, se sentaba a responder las cartas, detallando a su padre los avances de sus estudios y otra a su novia enviando sus inspiraciones más sentidas.
 
Su vida en la gran ciudad lo contagiaba de un ritmo acelerado en donde de manera mecánica, después de responder las cartas, compraba en el correo los sobres, se aseguraba de escribir correctamente el destinatario, le ponía las estampillas y enviaba las cartas.
 
Una mañana, el joven se apresura al correo y recibe carta de su amada y de su padre. Su corazón palpita con emoción. Abre la carta de su novia, quien le da consejos de cómo seguir sus estudios, incluyendo cómo terminar su relación con ella; al final firma con ironía: “Tu padre”. Presuroso abre la carta de su padre, quien en versos asonantes le pide que no pierda tiempo con poesías insulsas y que estudie.
 
Las cartas que envió siguieron su ruta pasando por cerca de 15 manos antes de llegar a su destino. Aunque algunas de ellas se perdían, éstas no fueron la excepción porque había claridad en el destinatario y ahora el  joven comprendía que en medio de la prisa él intercambió su contenido perdiendo un amor y olvidándose para siempre de las letras.






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