domingo, 12 de octubre de 2014

Detrás del discurso

Ayer, en su discurso, estuvo lúcido, espectacular. La gente sabía que iba a llegar a la ciudad y corrió para oírlo. Volvió a llenar la plaza, a expresar con mucha fuerza sus ideales y a remover los sentimientos de quienes lo escuchaban. 

Sus ideas, expresadas con tanta elocuencia, son compartidas por la mayoría. Sin embargo, no nos atrevemos a mencionarlas, porque van en contra de la sociedad imperante y, cuando las repetimos, mencionamos que provienen de él, pues preferimos escondernos detrás de las palabras de otro a admitir que pensamos igual. 

Hace rato que no se le veía tan apasionado y embebido en el tema. Volvió a animarnos para que no perdamos oportunidad de expresar lo que pensamos y actuar en conformidad. Cuestionó por qué nuevamente repetimos las prácticas vigentes cuando sabemos que van en contra de los derechos. 

En un punto de su disertación, criticó fuertemente nuestros actos, en especial el miedo a romper esquemas impuestos. Argumentó que por eso llevamos una máscara que no nos permite demostrar tristeza, pero que en el fondo sabemos que el llanto brota constantemente cuando nos sentimos desamparados, desprotegidos del papel básico que el Estado debe cumplir. 

Continuó diciendo que esa máscara tampoco nos permite expresar alegría, esa alegría profunda y satisfecha, no la que es producto de una algarabía y que, empujados por el alcohol, nos hace sonreír de forma pasajera. Por eso nuestros rostros son adustos, serios, pero formales para decir buenos días o gracias entre los dientes, casi de cajón, sin sentirlo. 

Finalizando el discurso, manifestó que se retiraba, que no quería seguir siendo el líder, pues había comprendido que detrás de su liderazgo se escondían muchos que lo veían como un caudillo, un nombre, una cara, pero que no estaban dispuestos a actuar en forma coherente. 

Se valían de su rostro para decir tal o cual cosa, pero sin ser capaces de sostener esa verdad, porque nos ganaba el miedo y preferíamos que nuestras acciones tomaran distancias de nuestras ideas. 

Cuando bajó del escenario, salió caminando de la plaza. Y nos quedamos atónitos, viendo cómo su figura se perdía. La multitud permaneció inmóvil, incluso cuando empezó la lluvia. Uno a uno empezamos a salir de la plaza, arrastrando los pies, con vergüenza, porque el miedo nos había vencido, éramos incapaces de ser líderes como él.

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