Me defino como miedosa. Sin embargo, con el paso del tiempo me reconozco como miedosa contrafóbica. Esto significa que, pese al miedo, soy de las personas que en vez de huir o esconderme me enfrento al miedo; no por valentía, sino como reacción espontánea. Como un día en el bus, que un señor metió su mano en mi bolso escolar buscando algo de valor. Mi reacción fue halar con fuerza la cinta que cierra el bolso y atrapé su brazo dentro de la mochila mientras le preguntaba en voz alta: "¿se le perdió algo en mi bolso?". Él intentaba zafarse con una expresión de angustia y yo apretaba más fuerte el bolso; esto provocó que lo bajaran del bus a punta de coscorrones.
En otra ocasión, sentí que alguien intentaba meterse por la ventana de la casa y de forma sigilosa me acerqué a él y le pregunté qué estaba haciendo. El tipo del susto se resbaló y el pie se le quedó trabado en la reja de la ventana hasta que llegó la policía a zafarlo. De estas experiencias aprendí que el miedo no sólo estaba presenté en mí, sino también en quienes aprovechan una oportunidad para hacer alguna fechoría.
Yo estudiaba en la jornada vespertina y llegar al barrio en la noche ya implicaba un riesgo. Se escuchaba el rumor de una pandilla que robaba a quienes llegaban después de las nueve. Esa era mi hora de llegada y tenía que caminar unas cinco cuadras de la parada del bus a mi casa. La calle por la que subía era oscura, pues la pandilla había quebrado los focos de los postes, y tenía que atravesar, antes de llegar a la primera casa y sentirme segura, una cuadra larga que tenía un muro perimetral de un lado y barranco del otro.
Justo cuando iba a mitad del trayecto, la pandilla saltó del muro y me rodearon. Eran cinco muchachos. Empuñaban navajas y se fueron acercando. En la penumbra, reconocí al hijo de una de las mujeres del barrio y me dirigi a él: "hola, chico, ¿cómo anda doña María?". En ese instante, los muchachos se frenaron y se miraron desconcertados. Yo seguí hablando como si nada pasara, aunque mis piernas temblaban de terror. Les dije que me habían asustado saltando del muro, que pensaba que eran la pandilla que azotaba al barrio y los invité a que me acompañaran hasta la casa.
El camino se hizo eterno y los jóvenes no hablaban. Al llegar a la casa, los hice seguir y les ofrecí chocolate con pan. Yo hablaba sin tener claro lo que decía, pues en mi cabeza había un murmullo imparable que me cuestionaba por qué les había ofrecido chocolate, por qué les había pedido acompañarme a casa, por qué se me había ocurrido meter a la pandilla en la casa.
Mientras repartía el chocolate y el pan, notaba que ellos se hacían gestos y eso incrementaba mi angustia. Finalmente, uno de ellos dijo gracias y los demás asentaron con la cabeza y se fueron con sus miradas clavadas en el suelo. La noche fue cómplice de un posible asalto que terminó en una historia que tanto la pandilla como yo borramos de la memoria para continuar viviendo en el barrio sin miedo.

Genial como siempre, querida Dianita, Un abrazo!!
ResponderEliminarQue miedo ni que nada estas mas bien loca... eres una berraca.
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