A pesar de que quería encarnar el valor de la sencillez de un buen seguidor de Cristo, el cura que subía al barrio los domingos era bastante asquiento y melindroso. Desde que iniciaba su trayecto hasta su regreso, se esforzaba por no dejar ver la sensación de asco que lo acompañaba. En cierta forma, sentía que insertarse entre los pobres era el costo que debía pagar por ser un buen servidor de Dios.
Sólo los domingos visitaba el barrio. Cada minuto representaba una eternidad. Desde que tomaba el bus empezaba a sudar de miedo y ansiedad. Tragaba saliva ante el borracho, se ruborizaba con las prostitutas que lo saludaban y hacía grandes esfuerzos para que nadie lo tocara. Pero el domingo entrar al bus era cosa de locos; siempre iba repleto y tenía que padecer toda clase de tormentos: desde perros, gallinas y mercados, hasta ebrios, ladronzuelos y peleas; no podía apartar su mente de esa realidad escalofriante de pisotones, apretujamientos, tufos alcohólicos, miradas drogadictas, malos olores. Así era el trayecto de dos horas que conducía a un populoso sector en las afueras de la ciudad. ¡Pobre cura! Pero estar allí, de alguna manera lo santificaba.
Cuando por fin llegaba al barrio, su incomodidad no desaparecía. Se preocupaba por la limpieza de los zapatos en medio del barrizal ocasionado por la falta de alcantarillado, recordaba principios de higiene al recibir la taza desportillada de café que con dulzura le ofrecían en una casita de lata, maldecía la ineficiencia de los servicios públicos del sector cuando tenía que utilizar alguna letrina; en fin, todo le parecía un infierno. En la eucaristía, ese infierno, extrañamente, se esfumaba; tal vez sólo en ese instante se olvidaba del suplicio del barrio.
Entendía las causas económicas y políticas de aquella pobreza y con su bagaje intelectual podía ofrecer una luz, pero su sermón no ofrecía alternativas, siempre era el mismo: "Hijos míos, sufran con amor su miseria que después recibirán en el cielo la recompensa".
El cura que subía al barrio los domingos no necesitó hacer más sacrificios, pues unos meses después se fue a estudiar a Europa, esa fue su recompensa.

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