Hacía 6
meses vivía en una comunidad de la amazonía de
mi país en donde me interesaba conocer un huerto medicinal de una comunidad
indígena. Desde mi llegada al lugar,
había conocido al gobernador del cabildo y le había solicitado formalmente ir
al huerto, pero su
respuesta fue: "todo en su momento".
Sin embargo, ese
momento no llegaba con la urgencia que yo quería. Mi
impaciencia crecía, en
especial, porque cada semana el
grupo que trabajaba en el huerto pasaba
frente a mi casa. Yo
enloquecía de ganas por acompañarlos y con el paso del tiempo mis ansias se estaban convirtiendo en frustración.
Una mañana estaba
sentada descalza en la puerta y de nuevo los vi pasar. Mi rostro no ocultaba mi pesadumbre; sin
embargo, al final del grupo, el gobernador arrojó su azadón cerca de mis pies. Sin dudar de que se trataba de una
invitación formal, me puse
las botas, agarré el azadón y corrí
detrás de ellos.
El huerto no me
decepcionó en lo absoluto, pese a que las expectativas, cuando se
mantienen por tanto tiempo, tienden a
idealizar la realidad. Durante la jornada, comencé a sentir un olor agradable a sopa. A lo lejos vi un par de mujeres cocinando en
una gran olla y me acerqué a ayudar.
A medida que
me acercaba, vi que una
de las mujeres bañaba a un bebé en la quebrada, al lado de
donde cocinaban. Me
preguntaba cómo no había notado la presencia de aquel bebé en el camino, así
que me animé a saludar a la mamá y ver al bebé.
Ella estaba sentada en
una piedra, le echaba
agua al bebé en su pequeña cabeza y el agua bajaba por su espalda. Me
acerqué con ternura para verlo y en ese instante giró al bebé; su cara era espantosa, tenía una cortada abierta desde la garganta hasta
las piernas y en un abrir y cerrar de ojos lo echó en la olla hirviendo.
No lograba reaccionar
del susto de ver aquello tan feo que resultó no ser un bebé
sino un mono y que además era parte del almuerzo. Me
acerqué para confirmar lo que había visto y efectivamente veía al monito bailar entre las burbujas del caldo en ebullición.
Aún no me recuperaba del sobresalto cuando comenzaron a repartir la sopa. Me pasaron el primer plato, que salió con la cabeza del mono como premio.
Yo lo tomé en mis manos y mi preocupación se centró en: ¿cómo se come una cabeza?, ¿qué muerdo
primero?, ¿las orejas, los cachetes?
Cuando tuve ocasión agradecí al
gobernador y al grupo por la oportunidad de estar con ellos, declaré que no me
merecía tan alto homenaje y le
pasé mi plato al gobernador. Él lo aceptó
gustoso, me dijo
que era bienvenida y me dieron un segundo plato con el antebrazo del mono. Era como ver mi antebrazo, pero del tamaño de mi mano.

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