domingo, 9 de febrero de 2014

El precio de un anhelo cumplido

Hacía 6 meses vivía en una comunidad de la amazonía de mi país en donde me interesaba conocer un huerto medicinal de una comunidad indígena. Desde mi llegada al lugar, había conocido al gobernador del cabildo y le había solicitado formalmente ir al huerto, pero su respuesta fue: "todo en su momento".

Sin embargo, ese momento no llegaba con la urgencia que yo quería. Mi impaciencia crecía, en especial, porque cada semana el grupo que trabajaba en el huerto pasaba frente a mi casa. Yo enloquecía de ganas por acompañarlos y con el paso del tiempo mis ansias se estaban convirtiendo en frustración.

Una mañana estaba sentada descalza en la puerta y de nuevo los vi pasar. Mi rostro no ocultaba mi pesadumbre; sin embargo, al final del grupo, el gobernador arrojó su azadón cerca de mis pies. Sin dudar de que se trataba de una invitación formal, me puse las botas, agarré el azadón y corrí detrás de ellos.

El huerto no me decepcionó en lo absoluto, pese a que las expectativas, cuando se mantienen por tanto tiempo, tienden a idealizar la realidad. Durante la jornada, comencé a sentir un olor agradable a sopa. A lo lejos vi un par de mujeres cocinando en una gran olla y me acerqué a ayudar.

A medida que me acercaba, vi que una de las mujeres bañaba a un bebé en la quebrada, al lado de donde cocinaban. Me preguntaba cómo no había notado la presencia de aquel bebé en el camino, así que me animé a saludar a la mamá y ver al bebé.

Ella estaba sentada en una piedra, le echaba agua al bebé en su pequeña cabeza y el agua bajaba por su espalda. Me acerqué con ternura para verlo y en ese instante giró al bebé; su cara era espantosa, tenía una cortada abierta desde la garganta hasta las piernas y en un abrir y cerrar de ojos lo echó en la olla hirviendo.

No lograba reaccionar del susto de ver aquello tan feo que resultó no ser un bebé sino un mono y que además era parte del almuerzo. Me acerqué para confirmar lo que había visto y efectivamente veía al monito bailar entre las burbujas del caldo en ebullición.

Aún no me recuperaba del sobresalto cuando comenzaron a repartir la sopa. Me pasaron el primer plato, que salió con la cabeza del mono como premio. Yo lo tomé en mis manos y mi preocupación se centró en: ¿cómo se come una cabeza?, ¿qué muerdo primero?, ¿las orejas, los cachetes?

Cuando tuve ocasión agradecí al gobernador y al grupo por la oportunidad de estar con ellos, declaré que no me merecía tan alto homenaje y le pasé mi plato al gobernador. Él lo aceptó gustoso, me dijo que era bienvenida y me dieron un segundo plato con el antebrazo del mono. Era como ver mi antebrazo, pero del tamaño de mi mano.


Lo tomé enseguida, probé el caldo, le di un buen mordisco al bracito y disfruté enormemente la compañía y el sancocho de mono. Me gané la confianza del grupo compartiendo este almuerzo y seguí visitando el huerto.

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