domingo, 23 de febrero de 2014

Rata

Uno de los animales que menos me gustan son las ratas y aunque intenten dibujarlas con dulzura en cuentos o en algunas películas igual me causan una impresión horrible.

En la infancia me habían marcado esas historias macabras de prensa amarillista que narraban cómo las ratas se comen las orejas de los bebés. Mis principios ecologistas me indicaban que no debía ser tan despiadada en mi descripción de este animal sin conocerlo bien; no era justo dejarme llevar por ideas de otros.

Quería entender por qué algunas culturas idealizaban a las ratas, les tenían santuarios e incluso las ponían como dignas representantes de sus calendarios. Sin duda su agilidad e inteligencia es admirable y reconocer que un hámster y una ardilla son sus primas ayudaba a verlas de forma diferente.

Un día visitaba a una señora que acababa de dar a luz a un bebé. Su casa bastante humilde tenía solo una habitación en la que ella y su pequeño vivían. En la esquina de la habitación había un colchón en el suelo en donde el bebé dormía. Después de contemplar un rato al recién nacido, nos sentamos en una mesa que estaba a pocos metros del lugar.

Mientras charlábamos, noté que algo se movía en la penumbra. Entre las sombras, logré ver a una rata y justo iba en dirección del bebé. Tomé una escoba y la embestí. La rata se irguió en dos patas; me pareció que medía un metro y me miró desafiante. Yo, aterrada, solté la escoba y subí las manos como si me estuvieran asaltando. La rata bajó su cuerpo y sin perderme de vista empezó a devolverse por donde entró.

Yo la seguía atónita con la mirada y empecé a bajar las manos, pero nuevamente se irguió en dos patas y volví a subir las manos; la rata hizo un gesto con su hocico y yo respondí con otro de aprobación. La rata salió despacio del lugar malhumorada e indicando que se iba porque quería y no porque yo se lo indicaba. Nunca entendí qué me quiso decir, porque su expresión no fue sólo de desafío. 


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