domingo, 15 de mayo de 2016

Señor Queso

Algo que he disfrutado desde mi llegada a México, es que en frente al lugar en que vivo se coloca un tianguis, que por cierto es una palabra nahualt que significa mercado.

 

Desde las cinco de la mañana empieza un barullo de voces, bocinas de camiones viejos, el hierro contra el piso y luego el chirrido armando los toldos y la música que va desde rancheras, corridos, boleros, hasta música moderna. Los golpazos que el carnicero da a los huesos y el canto desigual de cada puesto intentando llamar la atención del transeúnte para ofrecer su mercancía.

 

Todos los viernes sea o no necesario, me lo recorro completo como tomando lista de quiénes están presentes y de quiénes se ausentaron. Hay secciones de verduras, frutas, carnes y pescados, ropa juguetes, música, libros, plantas, trastes y mucho más.

 

Cuando hago este recorrido recuerdo a mi abuela. Ella aprovechaba mis visitas para que la acompañara al Samper Mendoza, una plaza de mercado situada en el centro de Bogotá, que quedaba a pocas cuadras de su casa.

 

El objetivo principal de ir al mercado siempre fue el queso. El infaltable queso. 

En mi familia el queso es un un alimento de primera necesidad y no se de dónde surgió la idea que no podíamos vivir sin queso, como si fuéramos ratones de película pues los ratones reales comen de todo.

 

El caso, ir al puesto del queso en el mercado no era uno de mis preferidos. Ese olor a rancio me mareaba e incluso me tapaba la nariz; pero mi abuela me decía que tenía que ser benevolente con el queso y con quien lo vendía.

 

Yo hacía de tripas corazón y aguantaba la respiración lo máximo que podía hasta que mi instinto de supervivencia sucumbaba ante el mal olor e inhalaba inevitablemente el vapor que expedían los quesos frescos y maduros.

 

El vendedor me daba una probadita de queso costeño, otra de doble crema, otra de quesillo, o cuajada o queso pera; en fin, mi sensación de asco ante el hedor que expedían los quesos supongo que iban anestesiando mi cerebro porque cuando el queso llegaba al paladar entendía porqué lo llaman regalo de los dioses.

 

Después de salir del mercado el festín seguía porque mi abuela me daba una rebanada de queso con dulce de guayaba, y hacía buñuelos con el queso costeño y algún plato gratinado.

 

Y este gusto trascendió dejándome llevar por sus aromas y sus propiedades. Ahora cuando visito el  tianguis” y paso por el puesto del queso, me quedo un buen rato mirando e inhalando el aroma distinguiendo los tipos de queso que el vendedor ofrece y agradeciéndole a mi abuela haberme despertado este gusto por el Señor Queso que acompañado de un buen vino es la mejor combinación.

 


2 comentarios:

  1. Hermoso !!!!!! La trampa de la nostalgia, que nos devuelve el valor, y el sabor, de lo amado en un color, en una frase, ....... en un olor.
    Los olores muchas veces son como las canciones. Como en el cuento de Hansel y Grettel, las vamos dejando por ahi regadas en el camino, para que luego nos muestren el camino de retorno a los primeros amores. Te quiero Hermanita !!!!!!

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  2. Que bella historia, nos permite recordar momentos que marcan nuestra infancia y a ciertas costumbres que cada familia tiene.

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